Super 8: Nostalgia y renovación

Nunca he creído en la veracidad de la tópica frase “antes se hacia mejor cine”. Creo que tal afirmación es solo el resultado de dejarnos llevar por la nostalgia y hablar de nuestro pasado como el modelo de vida perfecta que jamás regresará.

De modo que, evitando entrar en aspectos más concretos y dirigiendo mí atención hacia el cine, opino abiertamente que siempre se han hecho buenas y malas películas.

Aun así, seria injusto no reconocer que este tópico esconde cierta verdad en el caso del cine. La evidente escasez de buenas piezas cómicas, terror o acción dan buen ejemplo de como el cine de calidad cada vez está más lejos del puro entretenimiento.
Eso nos conduce a mirar hacia el pasado para encontrar entrañables piezas como fueran Indiana Jones, Regreso al FuturoStar WarsAlien o La Cosa  y reconocer que, efectivamente, ya no se hace el cine de antes (especificando ahora en el de género).

Es cierto que fui sorprendido en casos puntuales como la saga Bourne (Doug Liman / Paul Greengras), X-Men: First Class (Matthew Vaughn), [Rec] (Jaume Balagueró y Paco Plaza) o Casino Royale (Martin Campbell), pero a pesar de ser fantásticas piezas de puro entretenimiento hay que reconocer que no hablamos precisamente de joyas para toda la familia.
En el caso del último trabajo de J.J. Abrams hablamos de un fantástico trabajo que recoge lo mejor del cine clásico con bien escogidas dosis de suspense, aventuras y terror resultando una pulida y refinada obra para disfrutar de inicio a fin con amigos y familia.

Algo admirable de Super 8 es la contención con que está hecha. Toda ella se desarrolla con un impecable tempo, las escenas duran ni más ni menos de lo necesario, cada situación está planteada con la tensión, humor, sensibilidad o espectacularidad requerida sin una gota de más ni de menos (salvo alguna que otra escena un poco demasiado lacrimógena y especialmente la del accidente de tren, momento en que el film se balancea un poco en la cuerda floja).

Con esta misma contención está tratado el misterio que rodea la aventura: algunos interrogantes se cierran y otros no, hecho que, por un lado, da veracidad al relato y salva en cierto modo detalles que de otra forma podrían considerarse lagunas, y por otro, convierte a la inmensa criatura venida de otro planeta en un sugerente símbolo metafórico: ese monstruo que todos llevamos dentro y nos esforzamos en retener provocando dolor y destrozos en lugar de descubrirlo sin temor a dejarlo marchar (pues, no lo olvidemos, de eso trata realmente la película).

Es gracias a esta contención y seguridad que J.J. Abrams puede permitirse reconocer abiertamente estar homenajeando directamente a todo un estilo de cine característico de los años ochenta. Y es que la cinefília con que está pensada la película se aprecia con claridad hasta el punto de formar parte del argumento casi con descaro: todos los sucesos transcurren durante el intento de rodar un cortometraje por parte de los protagonistas.

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