Señoría, nada más que añadir

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Uno de los encantos del cine de Jacques Audiard es su capacidad para mostrar con absoluta objetividad los aspectos más feroces de la vida. El director asume tal distanciamiento ante los personajes que su punto de vista no parece ni siquiera pesimista. Viendo sus películas uno tiene la sensación de que Audiard sencillamente habla de la vida, sin necesidad de ocultar sus partes más desagradables. Y hasta en ellas parece encontrar (no diremos belleza) algo de dignidad e incluso elegancia (me refiero, por ejemplo, a las escenas de lucha libre de la pieza que nos ocupa). Y lo cierto es que, aun estando presente dicho aspecto en la mayor parte de su obra, sería del todo incorrecto afirmar que el director de Un Profeta da siempre el mismo mensaje (sí, a pesar de las -falsas- afirmaciones de algunos críticos que lo acusan de rodar continuamente la misma película).

Este rasgo es, en mí opinión, la firma inconfundible de un autor, con las consecuencias más positivas que ello pueda conllevar. Por ese motivo no entiendo la insistencia de sus seguidores en afirmar que lo peor de la película es su final. Sí, es cierto, la descripción de personajes es fantástica, el ritmo inicial del impecable, la profundidad implícita en las imágenes aparentemente sencillas resulta hipnótica… pero es precisamente gracias a ellas que llegamos a un lógico desenlace que resulta con toda naturalidad de los acontecimientos expuestos hasta entonces. Como he dicho, Audiard expone una situación y nos cuenta sus consecuencias, pero sabe mantener su condición de narrador antes que de juez, por lo que, a pesar de conmover, este final puede ser entendido como algo positivo tanto como negativo (tal vez no el final en sí, pero sí lo que conduce al personaje principal a poder reaccionar como lo hace ante el clímax final, es decir, el desenlace, que no desvelaremos aquí). Por eso reivindico que, contra lo que pueda parecer, el resultado no es ni mucho menos una película lacrimógena o sensiblera, y para verlo solo hay que leer entre líneas.

Recordemos, por ejemplo, el proceso de recuperación de Stéphanie tras sufrir el accidente (magnífica ocasión para reconciliarse con Marion Cotillard después de su desafortunada aparición en El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace). Conocedora tan solo de la belleza más superficial y acostumbrada a ser valorada igualmente por la superficie (domadora de orcas de día y juerguista políticamente incorrecta de noche), la dificultad que encuentra para imaginar una vida placentera tras pearder sus dos piernas no resulta para nada sorprendente (dificultad, por otra parte, más que comprensible en cualquiera de los casos). Es el descubrir la belleza en lo sencillo, la diversión en lo espontáneo y la profundidad en lo cotidiano (gracias a la aparición del simplista personaje Alain, magníficamente interpretado por Matthias Schoenaerts) lo que la conduce a reconstruir su vida pieza por pieza. Y, curiosamente, el punto culminante (que no desenlace) de este proceso es sin duda la salvaje pelea de lucha libre protagonizada por Alain que Stépahnie presencia: así es como comprende que debe existir una forma de encontrar felicidad en una vida sin piernas si Alain es capaz de encontrarla en una vida instalada en la violencia.

Hay una evolución en ambos personajes, pero ello no los convierte en personas perfectas. Y es que, como insinuamos con anterioridad, la resolución del clímax final está fuertemente vinculada con la violencia tan presente en la vida de Alain, de la misma forma que lo está la recuperación de Stéphanie. Recordemos que los dos personajes encuentran el camino hacia la maduración gracias a ella, y sin duda, tal desenlace forma parte de la mencionada firma del director, esta cualidad que le permite narrar y encontrar resoluciones efectivas sin para ello aleccionar a nadie. ¿Final trágico o feliz? Decida cada uno lo que quiera.

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Un comentario el “Señoría, nada más que añadir

  1. […] De Rouille et d’Os: similar a Tyrannosaur. Una mica més impactant per les situacions extremes dels protagonistes. És imprevisible, sorprèn constantment i la sordidesa dels esdeveniments va en augment, fins al tram final, que sembla digne de Spielberg en un mal dia. En Martí en va escriure la crítica. […]

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