Aprender a tolerar la imagen

(Segundo artículo del Ciclo de Cine Mudo)Imatge

Como es lógico, la conversión de la imagen no estática en dispositivo narrativo fue un proceso que estuvo acompañado por cierto miedo sobre si el nuevo lenguaje podría ser comprendido sin la ayuda de la palabra. Este sencillo hecho explica la aparición de los intertítulos, y con ello me remito al bombardeo de palabras que precede al inicio de la pieza que nos ocupa: en él no solo se nos cuenta cuál va a ser la estructura de la película (cuatro relatos de temática compartida) sino que se nos desvela de antemano la tesis de la misma. Entonces, ¿cuál es el camino a recorrer – mediante las imágenes – si gracias a la palabra ya hemos llegado al final?El uso simultáneo de palabra e imagen supuso en cierto modo una reiteración narrativa, debido a que en ocasiones ambas decían prácticamente lo mismo. Pero si prestamos algo de atención, podemos observar cómo en el caso de Intolerancia ello no es del todo cierto. A grandes rasgos, digamos que la palabra actúa como base encima de la cual construirá su discurso la imagen. Es decir, nace una especie de experimento consistente en cubrirse las espaldas mediante el intertítulo para poder jugar a descubrir hasta donde llega el poder de la imagen. Con ello se pone a prueba tanto al lenguaje visual como al espectador: cuanta información puede dar la imagen y hasta qué punto es capaz de contribuir el público – con su interpretación – para completar el discurso.

Hagamos una pequeña pausa para recordar que hablamos de un momento en el cine en que imagen e intertítulo no habían descubierto aún su auténtica función. Intolerancia es una de esas películas mediante las cuales se definió qué parte de la narrativa correspondía a la imagen y que otra parte a la palabra. Evidentemente, ello contribuyó a dar poder a ambas. Veamos las primeras consecuencias.

Al parecer, el primer descubrimiento de dicho doble juego fue la capacidad para deslumbrar que posee la imagen. La palabra se limita a narrar los acontecimientos mientras que la imagen se dedica a descubrir su belleza. Como ya hiciera en su trabajo anterior (El Nacimiento de una Nación), Griffith nos deslumbra con cuadros impresionantes de multitudes y construcciones gigantescas. Se puede decir que, de algún modo, las palabras explican y las imágenes causan impacto. Y puliendo un poco este anunciado, digamos que las palabras narran y las imágenes describen.

Imatge
Intentemos ahora tomar el punto de vista del espectador de principios de siglo. Descubrir el potencial de la imagen descriptiva (o al menos buena parte de él) abría un amplio abanico de posibilidades, puesto que demostrando al público de lo que esta era capaz se generaba hambre de nuevos visionados deslumbrantes. Y es entonces cuando nace en el individuo el interrogante deseado: el “como”. Ya no es un obstáculo el que el espectador conozca de antemano lo que va a visionar, puesto que el motivo por el que permanecerá ante la pantalla será el deseo de conocer la forma de plasmar en imágenes lo leído. Es decir, tenemos una vaga idea del acontecimiento que nos disponemos a presenciar, pero desconocemos cuál será la forma que adoptará.Y aquí despega el verdadero desafío: Griffith asume el reto de componer cada imagen de forma más sorprendente que la anterior. Ya no es tan solo la pregunta “cómo logrará plasmar lo dicho en imágenes” sino “cómo logrará seguir impresionando siendo el listón cada vez más alto”. Y ahora ya no hablamos solamente de sorprender visualmente. Ahí es precisamente donde el director de Lirios rotos hace el malabarismo imperceptible de su juego de manos: a medida que avanza la película los intertítulos son cada vez más abstractos, de modo que pasamos a anticipar, más que el echo, el concepto. Por ejemplo, si un personaje se encuentra en apuros, las palabras tan solo són “fulanito tiene problemas”. ¿Qué problemas? De responder a ello se encarga la imagen. Así es como, de forma progresiva, esta adquiere el papel principal, algo que llega a su punto culminante en la maravillosa escena del confuso tiroteo: mediante una fantástica planificación y sin la ayuda de la palabra, entendemos cuál es el hecho aparente y cuál el verdadero. Inconscientemente empezamos a asimilar el auténtico lenguaje de la imagen.

Llegados a este punto, la pregunta planteada inicialmente (cuál es el camino a seguir mediante las imágenes cuando sabemos desde el principio adonde nos pretenden conducir) es fácil de responder. Tomándome ciertas licencias de dudosa validez, me atrevo a decir que la verdadera tesis de Intolerancia sí reside en realidad en las imágenes, siendo en verdad muy distinta a la que se nos anunció en el inicio. Se trata, al fin y al cavo, de demostrar al espectador cómo la imagen en movimiento posee la capacidad de describir la realidad mediante la transmisión de sensaciones y emociones que la palabra no es capaz de plasmar. Y ello solo es comprendido cuando, gracias al cuidado montaje de Griffith, hemos a aprendido a entender la narrativa visual y pasamos a asociar la experiencia vivida con las imágenes (hablando siempre desde los ojos del espectador contemporáneo a la pieza). Y esta sensación, por imposible que parezca, permanece a día de hoy. Compruébenlo.

Esta fue la gran contribución de Intolerancia al nacimiento de un nuevo dispositivo narrativo, y es por ella que resulta casi imposible encontrar una pieza cinematográfica que nada le deba.

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