El regreso de la calidad

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Recuperando terreno

Como ya entredije, este año hemos presenciado la reaparición del buen cine comercial con dos remarcables superproducciones: Los Vengadores y La Vida de Pi. Ambas piezas cubrieron un importante hueco genérico en el campo comercial, existente desde hacia varios años. Siendo igualmente la película que nos ocupa una brillante superproducción genérica comercial, tratemos de buscar el lugar al que corresponde junto a las otras dos. Empecemos por situar a las primeras.Con el trabajo de Whedon descubrimos una nueva fórmula comercial de puro entretenimiento gratuito. Allí estaban sus secuencias de acción, sus gamberradas y sus chistes auto-paródicos. Así fue cómo reconquistamos el espacio del que años atrás fueron expulsadas franquicias como Star Wars o Indiana Jones: personajes poco profundos pero bien caracterizados, trama superficial pero bien construida y una relación cómica, aunque no por ello ingenua, entre película y espectador.

Por lo que respecta a La Vida de Pi, fuimos testigos de un nuevo estilo de “aventura existencial”. La metafísica y la reflexión trascendental volvieron a formar parte de la cartelera comercial, como pasara años atrás gracias a Forrest Gump, Contact o El Paciente Inglés. Bien pues, hemos reencontrado el entretenimiento y la reflexión. ¿Nada más? Pues lo cierto es que aun queda espacio para un estilo comercial perdido, y aquí es donde entra en acción Los Miserables de Tom Hooper. Y no me refiero al género musical.

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Superproducción y personajes

Digámoslo nada más empezar: hacía años que no descubría una superproducción de anchas dimensiones tan cercana a sus personajes como la que nos ocupa. La relación entre estos y su entorno está dibujada con tanta minuciosidad como profunda es su personalidad. A ello contribuye la magnífica puesta en escena, que en cada número musical actúa según lo convenido: increíblemente ágil cuando la situación lo requiere y estática y modesta en los momentos íntimos. En estos últimos, además, Tom Hooper se acerca sin miedo a los protagonistas y nos deleita con su magnifica dirección de actores, que es tan espectacular que las emociones casi adquieren vida propia. Es en parte gracias a ella que la construcción de cada personalidad cubre todos los detalles; desde el carácter y forma de actuar hasta las vivencias personales de cada uno.

Música e imagen

El director de El Discurso del Rey, al parecer más arriesgado de lo que cabía esperar, ha decidido adaptar el musical sin hacer trampa: en su película apenas existen cuatro frases mal contadas que se pronuncien sin cántico alguno. De este modo construye un lenguaje uniforme mediante el cual se expresa toda la narración, salvando así el salto inverosímil del diálogo hablado a la canción, algo que ha traído problemas a más de una película. Además, ello dota a la película de un tempo excepcional perfectamente complementado con la imagen, resultando del experimento un ambiente único y compacto que reinventa el concepto del musical.

La recreación histórica está compuesta por breves pinceladas que aúnan a la perfección dinamismo y caracterización. En definitiva, arte en estado puro. Hooper construye los espacios con soltura y dinamismo, y a pesar de la larga durada de su trabajo este no resulta repetitivo, puesto que todo tiene su función.
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Nueva reconquista

La puesta en escena consigue un grado de realismo sorprendente al mismo tiempo que conserva su condición poética. El montaje desordenado encaja maravillosamente con el caos callejero y las desigualdades sociales que se nos muestran. Pero en esta producción hay sobre todo dos aspectos que, en parte por ir de la mano, destacan como en ninguna otra y la desmarcan de los dos títulos mencionados en el inicio (Los Vengadores y La Vida de Pi): su carácter de superproducción de época y el peso ya mencionado de sus personajes. Estos últimos, como hemos dicho, están cuidados hasta el último detalle y ello incluye su clase social, que es, en el fondo, la que determina su conducta. Y este es el verdadero tema de la película.

Pues ahí lo tenemos. El estreno del último trabajo de Tom Hooper supone la reconquista de un territorio perdido mucho antes que la aventura y la reflexión existencial: el drama social. Gracias a Los Miserables, que hace convivir con perfecta armonía el respeto hacia lo clásico y la introducción de nuevos estilos narrativos (camera en mano constante, mucha proximidad con los actores, montaje desordenado), volvemos a tener en nuestras pantallas una fantástica superproducción profunda y nada conformista dirigida al gran público, como las tuvo nuestra anterior generación gracias a Las Amistades Peligrosas, Amadeus o La Misión.

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