El riesgo de describir lo incierto

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Zero Dark Thirty es una obra hecha sin maniqueísmos ni escenas vergonzosas, totalmente desmitificadora y que por momentos roza la excelencia. No obstante, en mi opinión se trata de una película fallida, y los más llamativo es que discernir lo mejor de ella de lo que casi la  convierte en una ópera menor me resulta harto difícil. Veamos si con una prudente disección de sus características desentrañamos el misterio.

Objetividad y realismo

Salta a la vista que el objetivo principal de Bigelow es relatar sin adornos los hechos que conducieron a la CIA hasta la (supuesta) captura de Bin Laden hace apenas año y medio. Sí, lo sé: en ciertas ocasiones se ha acusado a la directora de posicionarse con el bando americano, y a ello respondo que, más allá de mi discrepancia sobre tales afirmaciones, en primer lugar Zero Dark Thirty muestra sin timidez los brutales métodos empleados por parte de la CIA para conseguir la información deseada (es decir, las torturas), y en segundo, la (fantástica) secuencia final no puede verse de otro modo que como un valiente cuestionamiento sobre la legitimidad de la operación mediante la cual se detuvo al terrorista, secuencia que, cuando menos, deja claro que dicha operación se cobró la vida de más de un inocente. De modo que, sea cual sea la posición de Bigelow, es indudable que nos ofrece la libertad de juzgar los hechos desde todas sus caras.

Con relatar la operación sin adornos no me refiero únicamente al crudo realismo con que se reproduce todo el proceso (algo bastante admirable), sino que también me refiero a cómo el film muestra sin miedo la incertidumbre y absoluta falta de conocimiento que acompañó la operación de búsqueda y captura del famoso talibán, algo aún presente tras su ejecución e incluso a día de hoy. De hecho, lo más escalofriante de esta pieza es que nos muestra cómo los responsables del golpe irrumpieron por la fuerza en una propiedad privada sin la seguridad de estar acorralando a un criminal y no a una desconcertada familia que nada tenia que ver con su cometido. Incluso una vez finalizado el golpe se nos permite poner en duda si la persona abatida es realmente la buscada, y lo más importante, se nos plantea una interesante pregunta: el hecho de que lo fuera, ¿realmente cambiaría algo?

Hasta aquí todo va bien. Realismo, fidelidad a los hechos, un tratamiento serio y maduro de los acontecimientos, ausencia de heroicidades… ¿Qué es lo que falla, entonces?

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Desinformación: retrato de la incertidumbre

Para definir con precisión la última pieza de Bigelow creo que deberíamos quedarnos con la mencionada pretensión de dibujar una persecución a oscuras, es decir, ese proceso de tratar de acorralar a un concepto más que a una persona cuyo paradero es prácticamente tan incierto como su propia existencia. Resumiendo, contemplamos algo muy parecido a lo que ya vimos en la primera temporada de The Wire: la búsqueda del sujeto mediante el mismo descubrimiento de su existencia.

Sin duda es una apuesta interesante y hay que reconocerle a la veterana directora los esfuerzos empleados para realizarla de forma objetiva y creíble. Pero mi sensación es que, aún tratándose de una obra realizada con el máximo cuidado, Bigelow no ha tenido del todo en cuenta la herramienta más importante para relatar con fidelidad unos hechos tan polémicos: el distanciamiento. Y con él no me refiero precisamente al personal. Para entender al tipo de distanciamiento al que me refiero, recuérdese cómo la irregularidad de la película se acreciente cuanto más próximos nos resultan los acontecimientos narrados, especialmente en su última hora (a pesar de la magnífica secuencia final ya mencionada).

A todo el largometraje lo acompaña una misma sensación: “aquí falta algo”. ¿El qué? Vaya usted a saber. Tal vez existan futuras fuentes de información conocedoras de verdades esenciales para entender la totalidad del proceso, o tal vez tuvieran lugar entramados políticos aun desconocidos que obstaculizaron las investigaciones. En todo caso, mi sensación es que hay cierta vaciedad en Zero Dark Thirty que con toda probabilidad habría sido resuelta en caso de haberse realizada algunos años más tarde. Y es que, a decir verdad, parece como si dicha pretensión de dibujar la abstracta búsqueda de lo invisible se apodere del relato creando vacíos difícilmente identificables pero que dejan una extraña sensación de falta de contenido.

Lo dicho pues: tal vez la recientemente galardonada directora se haya precipitado al decidir abordar tan tempranamente un tema como este, y tal vez de haber esperado un poco más habría contado con el conocimiento de algún detalle importante para comprender los verdaderos hechos, o como mínimo, con el suficiente distanciamiento temporal para narrarlos con un esqueleto más sólido, detalle aparentemente pequeño pero que probablemente podría convertir esta buena película en una obra maestra.

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