Gracias, Michael

Llamando al espectador se plantea el conflicto

Michael Haneke siempre ha experimentado con la interacción entre cine y espectador. Obviando los casos más evidentes comentados ya hasta la saciedad (Funny Games, El Video de Benny) me remito a la introducción de su penúltimo trabajo, La cinta Blanca. La película empezaba con un pausado esclarecimiento de imagen desde el negro acompañada por una sutil aparición sonora de volumen tan bajo que el público casi podía oír su propia respiración. Aquello creaba una terrible sensación de complicidad, pues de repente era preciso guardar absoluto silencio para fundirse en el anonimato si se quería prestar atención al relato (algo que pocos segundos antes no era necesario gracias al alto volumen de los trailers).

Amour también cuenta con una presentación orientada a establecer dicho vínculo, pero esta vez se trata de un recurso no tan sensorial y más narrativo. Tras una impecable introducción cuyo contenido nos guardamos de desvelar, Haneke nos sitúa encima de un escenario en la posición del concertista, des de un punto de vista en que tan solo podemos ver al público sentado en sus butacas. Así es como nos convertimos en espectadores del espectador, y cuando este segundo empieza a guardar silencio al apagarse las luces para dar paso al artista y deja al descubierto las típicas toses individuales propias de cualquier espectáculo multitudinario, la complicidad es tal que de nuevo debemos guardar silencio al sentirnos reflejo de un público de repente mudo. Y así es como Haneke logra nuestra máxima concentración.

Pero esta introducción no sólo sirve para conectarnos con el relato. Se trata también del planteamiento de una situación que está a punto de dar un giro radical: se nos habla de un personaje y de su relación con el mundo que lo rodea, algo que en muy poco tiempo pasará de ser para él un mero contexto sutil apenas perceptible a convertirse en una carga tan evidente como pesada. De ahí el contraste astutamente planteado por Haneke: el que no podamos ver a la concertista (aun oyendo su música y observando las reacciones de sus oyentes) nos hace entender cómo ni siquiera centenares de personas observándola harán de su existencia algo tan tangible y opaco como lo hará una enfermedad que la aparte de los ojos de su público. Y es entonces cuando llega el gran conflicto: la obligación de interactuar con el mundo cuando el único deseo es pasar desapercibido.

Respeto

Esta obligación y todo el peso que conlleva es presentada con absoluto respeto. Mediante una cámara debidamente distante que nunca se acerca más de lo necesario, el director evita violar la intimidad de sus personajes y permite que estos entren en sus respectivos dormitorios y cuartos de baño quedando nosotros apartados de su privacidad. Tan solo nos acercamos a ellos mediante el primer plano cuando se nos pretende transmitir sensaciones que sólo puedan comprenderse por vía de la expresión facial, y lo mejor de todo es que nunca tenemos la sensación de estarles importunando, sino sencillamente de acompañarles en su estado anímico.

No sólo los personajes son tratados con respeto, y en este punto es donde Haneke logra lo casi imposible. Las escenas de convivencia entre los dos ancianos resultan conmovedoras, como también lo resultan los planos estáticos mediante los cuales se nos muestra el sufrimiento de uno y la firme determinación del otro para transmitirle su amor… pero el verdadero logro está en que todo ello es mostrado con absoluta seriedad, serenidad y realismo. Por ejemplo, tras una conversación entre Anne y su marido, Haneke prolonga un poco la escena para mostrarnos cómo ella, una vez su marido se ha ido, se esfuerza con dificultad en pasar las paginas de un libro con su mano izquierda. No hace falta ningún plano detalle ni que el libro se le caiga al suelo (algo altamente tentador para todo narrador), este plano general es suficiente para que comprendamos que Anne ha perdido la movilidad de su mano derecha. Y es que Haneke logra evitar absolutamente todos los tópicos que pudieran amenazar su historia. El espectador también es tratado con máximo respeto.

Amor

Lo más notable de este fenomenal trabajo es que, contra todo pronóstico y a pesar de lo que hasta ahora nos ha vendido la crítica (¡!), no es esta exactamente una historia triste. La muerte, la vejez y la enfermedad son aspectos conocidos por todo el mundo, es decir, su existencia no es ninguna novedad. Otro tema es nuestra insistente voluntad por negarlos y evitar que ocupen parte de nuestros pensamientos, pero en todo caso Haneke no nos muestra más que la realidad, adaptada a una hermosa historia de amor con un desenlace que, aunque impactante, muchos desearían como conclusión del viaje. Ello no quiere decir que este film no cuente con momentos impactantes, como tampoco niega todo el envoltorio nostálgico que cubre al relato (puesto que, no lo olvidemos, se nos habla de la conclusión de la vida). Aun así, todo ello aparece en mi mente como algo mucho más bello que triste o de extrema dureza.

Y es que el tema al que hace referencia el director no es para nada triste. Como su título nos indica, no se nos habla de otra cosa que del amor. De cómo el afecto puede ser el mejor antídoto para las experiencias tristes. De cómo la compañía de un ser querido puede ser el único remedio ante la desesperación causada por una dura realidad que no depende de nosotros. De cómo incluso ante situaciones indeseables de imposible reparación una sonrisa puede curar nuestros males para conducirnos hacia el plácido descanso, como bien nos demuestra su poético (y excelente) final. Por ello lanzo desde aquí una petición hacia críticos y futuros espectadores del trabajo: por favor, cesen de gritar una y otra vez qué tan duro, triste y enfermizo es el último trabajo de Michael Haneke. Pues Amour no es otra cosa que una tierna, poética y hermosa historia de amor

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