Django desencadenado

Spielberg y Tarantino, antiguos reformadores de la narrativa – Primera parte. 

Este fin de semana han llegado a nuestras pantallas dos piezas cinematográficas de temática y contexto similar. Ambas se sitúan a mediados del siglo XIX para hablarnos de la esclavitud desde un punto de vista disconforme. La diferencia fundamental entre ellas está en que mientras una presenta un combate agresivo al margen de la ley hacia dicha disconformidad en la otra se opta por la reforma legal mediante un proceso democrático. El caso es que, si prestamos algo de atención, descubrimos cómo estas discrepancias resultan una útil herramienta descriptiva de los rasgos principales del cine de uno y otro director.

Tarantino irrumpió en las salas de cine de igual modo que lo haría un caza-recompensas en un bar a finales de siglo XIX. Sus explosiones de violencia explícita precedidas por largos diálogos, y sobretodo su fragmentación espacio-temporal en la que el desenlace podía aparecer a principio de relato y los personajes podían concluir la aventura con vida habiendo muerto en mitad de la misma, causaron una impactante sorpresa. Se trataba de un agresivo golpe de estado narrativo decidido a romper las reglas convencionales e instaurar a la fuerza un nuevo y eficaz método discursivo. Y lo cierto es que funcionó.

La fórmula tarantiniana que condujo al éxito su arriesgada propuesta consistió en el empleo de un punto de vista más próximo al espectador cinéfilo que al director profesional obsesionado por la transparencia (algo presente en todas sus películas). Es decir, Tarantino siempre rueda la película que a él le gustaría ir a ver. Digamos que su aportación cinematográfica consistió en llevar a las máximas consecuencias la condición de director amante del cine que ya habían asumido en los años setenta los visionarios Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, George Lucas y Steven Spielberg (atención con este último). Como si el director tomara asiento a nuestro lado para ofrecernos una mirada de complicidad, sabedora de nuestros deseos como público. Y esto mismo es lo que, a mi parecer, termina por llevar a la perdición a su último trabajo.

Y es que esta vez Tarantino ha ido demasiado lejos. Los tics característicos de su autoría que antes aparecían bajo el camuflaje de mero dispositivo narrativo contextual se presentan ahora como el objetivo en sí, dejando al descubierto una exagerada vaciedad de contenido. Su dirección gamberra, característica en esta condición de autor mitad director y mitad espectador, parece haber olvidado los obligados ejercicios de toda buena obra destinados a crear empatía hacia los personajes antes de exhibir su condición de orador malabarista. Lo cierto es que resulta casi imposible sentirse identificado con los personajes cuando el drama se ve constantemente interrumpido por filigranas visuales innecesarias acompañadas por una inoportuna música igualmente innecesaria.

En mi opinión existen dos posibles explicaciones sobre el reciente fracaso (desde mi punto de vista, su primera realización fallida) del prestigioso director. La primera es sencilla. Tarantino, como director caracterizado por una clara pretensión en destacar mediante una aptitud provocadora, supo encontrar las seis únicas formas existentes de aunar dichas características con la calidad. Una vez agotadas las posibilidades de tan concreto estilo, el autor se dio de narices ante el sólido muro de realidad ya imposible de traspasar, provocando el considerable castañazo que es su último trabajo. La otra explicación está más relacionada con ciertas elecciones narrativas hechas voluntariamente por parte de este mismo director.

Si repasamos un poco la carrera del mismo, podemos observar cómo el provocador acento tarantiniano ha realizado un cambio de posición en sus películas. Se trata de un traslado que parte del orden estructural de la historia para terminar en el apartado formal en lo que se refiere a la resolución narrativa de las secuencias. Comparemos, por ejemplo, sus primeros trabajos con los últimos. Las exageradas explosiones de violencia de Malditos bastardos y Django desencadenado se ven sustituidas en Reservoir dogs y Pulp Fiction por la fragmentación temporal del relato. En sus dos últimas realizaciones, en cambio, parece como si la sutil agresividad de los inicios consistente en un cambio de esquemas narrativos empleado para desarrollar una serie de secuencias de forma acertadamente contenida, pasara al terreno de la evidencia visual para olvidar estructura y contenido.

Un cambio de esquemas que, otra vez desde mi punto de vista, dio resultado en su película anterior, pero no en la que nos ocupa. ¿A qué puede deberse el buen resultado de una y el tropiezo de la otra? Pues probablemente, por irónico que parezca, al mal empleado interés de Tarantino por introducir seriedad en la segunda. Expliquémonos. El caso del holocausto judío cuenta con incontables antecedentes cinematográficos que conviertan dicha tragedia en un posible contexto circunstancial, ya explotado en películas como La gran evasión o Indiana Jones en busca del arca perdida. Pero la esclavitud de mediados de siglo XIX aun es un tema relativamente virgen dentro del terreno no dramático. Y ahí es donde Tarantino, tratando de mostrar tan crudo contexto con respeto y dramatismo, choca de bruces con la imposibilidad de convivencia entre la seriedad y su estilo gamberro políticamente incorrecto.

Y es que las tristes escenas de injusticia racial resultan incompatibles con el estilo bizarra del director, ya que todo el aspecto emocional que pudieran contener se ve obstaculizado por  malabarismos visuales en lo que parece una lucha de protagonismos entre drama y estética. A decir verdad, Tarantino nunca ha sido un director profundo, pero hasta ahora había sabido encontrar el modo de compensarlo. Desafortunadamente, este no es el caso.

Y llegados a este punto, me resulta imposible evitar la comparativa entre los dos estrenos mencionados nada más empezar la crítica, a saber, el que nos ocupa y Lincoln. Es francamente sorprendente descubrir cómo mientras el primero resulta un importante resbalón en la ambiciosa carrera de un director que hasta ahora había sabido hablar de forma contenida, el segundo supone el regreso a las pantallas de un gran autor gracias a una clara contención narrativa tras años y años de incontinencia formal que eliminaba toda profundidad de sus realizaciones. El estilo clásico perdura y, nos guste o no, esta vez la victoria es para la democracia.

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