El lado bueno de las cosas

 Cuestionando convenciones se reinventa el género – Segunda parte

Así como en El luchador David O. Russell nos presentó la clásica familia americana desde el punto de vista opuesto a aquel con el que estamos familiarizados, en El lado bueno de las cosas se ha decidido a desdibujar los rasgos principales de la clásica historieta romántica. En esta película, la convencional pareja feliz surgida del amor a primera vista, o en su defecto el manido proceso mediante el cual dos personas que se odian acaban amándose, se ve aquí sustituida por el encuentro entre dos personajes psicológicamente desequilibrados cuyo principal problema es su desencaje en la sociedad.

Pat (Bradley Coooper) padece las consecuencias de la sacudida emocional que le supuso descubrir la infidelidad de su ex-esposa, y Tiffany (Jennifer Lawrence) se encuentra a medio camino de superar una depresión causada por la muerte de su marido. El clásico “don Juan” juerguista que logra reencaminar su vida gracias al amor es ahora un personaje bipolar obsesionado por recuperar a su ex-esposa; y la bella e inmaculada “Julieta” deseosa de encontrar a su príncipe azul pasa a ser una viuda depresiva atrapada en las garras de la ninfomanía.

El director de Tres Reyes ha decidido renovar el género romántico reivindicando la humanidad de sus personajes, de ahí el exagerado contraste pretendidamente buscado entre la imperfección de sus protagonistas y la pulcritud de los que estamos acostumbrados a encontrar. Para exponer su planteamiento, Russell hace uso de la cámara en mano y del montaje desordenado, a modo de recurso narrativo para reforzar su reflexión sobre al desequilibrio mental. Y el empleo de este sistema, en realidad acorde con su intención, va creando una extraña y confusa sensación de descontrol que – en un principio – ayuda a situar el relato.

Pero a pesar de todo, David O. Russell quiere contarnos una historia de amor. Su intención es reinventar, sí, pero siempre dentro de unos parámetros que respeten los mecanismos básicos del género, algo que hace inevitable que los dos protagonistas acaben juntos en un dulce “happy end”. Y esto no es un problema cuando el carácter mitológico del relato asume tales proporciones que el público se aleja sin darse cuenta del cuestionamiento realista. Pero en este caso se nos ha presentado una situación terriblemente creíble y de difícil resolución, más aún cuando se pretende que el único elemento curativo sea el amor.

De modo que El lado bueno de las cosas acaba pareciendo un ejercicio narrativo consistente en presentar la historia de dos personajes con problemas psicológicos e interrumpirla de repente con un tópico desenlace de cuento de hadas, algo que solo podría funcionar si la totalidad del relato estuviera presentada en acorde con este carácter fantástico que pone fin al conflicto. Lamentablemente, la (valiente) propuesta de Russell, consistente en mezclar el aspecto más crudo del realismo con el carácter más tópico de la género romántico, no encuentra encaje en esta película, ya que el exagerado choque de contrastes acaba por evidenciar los defectos de uno y otro estilo.

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