Hitchcock

Lo que sucede cuando se imita a Alfred Hitchcock sin ser Brian de Palma

Es cierto que la verdadera innovación narrativa suele ser en realidad un reencuentro de lo clásico. Es decir, el avance artístico muchas veces es el que reconcilia las formas actuales con el fondo convencional arropado por las masas. No me harto de poner como ejemplo el caso de El Padrino, película que en los años setenta reivindicó el potencial cinematográfico del personaje mafioso propio de los años treinta. Hablamos de nuevos métodos discursivos que actualizan la historia de siempre, nuevas fórmulas para contar las mismas aventuras – ahora solo me remito al campo comercial, pues en otros terrenos cinematográfico también existe otro tipo de innovación, algo que en ocasiones repercute en el campo comercial como sucediera con la Nouvelle Vague-.

En todo caso, hablamos de un reencuentro con el fondo y no con las formas, ya que el aspecto formal es el que se ocupa de la innovación. Por ejemplo, en las películas El enemigo público o Scarface, el terror del hampa presenciamos la ascensión de un personaje callejero en la jerarquía mafiosa, igual que en las posteriores El Padrino o El precio del poder; pero mientras que en las primeras encontramos una cámara estática que se hace a un lado para evitar presenciar las imágenes sangrientas, en las segundas descubrimos una cámara subjetiva sin miedo a mostrar explosiones de violencia. Se trata de la búsqueda de fórmulas lingüísticas actuales para dirigirse al público contemporáneo en su propio lenguaje.

Por desgracia, son muchos los cineastas que confunden este reciclaje conceptual con la repetición formal, algo que acaba por convertir su obra en un mero producto prefabricado. Y este es el caso de Hitchcock, una película tan preocupada en recopilar todos los tópicos formales del legendario cineasta que olvida el fondo de su discurso, resultando al final un envoltorio sin contenido. Y es que los guiños a la tipología de planos hitchcockianos y la constante referencia visual a las películas más célebres del autor son tan abundantes que eclipsan la interesante aventura que fue el atropellado rodaje de Psycho. Aun así, ello no quita que la película pueda ser un pasatiempos  entretenido.

El continuo descubrimiento de diversas referencias cinematográficas resulta (para aquellos que la conocen) divertido y la reivindicación de la esposa del director como pieza clave de su brillante carrera (lo más parecido a un fondo que podemos encontrar en Hitchcock) despierta cierta simpatía. Y es que el plan de “” en realidad puede resultar muy atrevido: dar testimonio de las innovadoras y anti-convencionales gestas cinematográficas que se esconden tras una de sus películas de mayor éxito comercial mediante las formas clásicas que él mismo rechazó. Pero a la hora de la verdad, esta inversión de papeles (replanteamiento del fondo mediante la repetición de fórmulas) se convierte en una reiterativa exhibición de formas que anula toda la originalidad que pudiera existir en el proyecto.

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