Siete Psicópatas

Nuevos tópicos para nuevas épocas

Creo que ya va siendo hora de dar un nombre a este género cinematográfico que Quentin Tarantino descubrió a mediados de los años noventa. Hablo de estas películas sin tesis pero extrañamente profundas, estas películas simples pero al mismo tiempo complejas, excesivas pero igualmente contenidas, películas que aunque su verdadero objetivo se reduce a entretener, logran hacerse un hueco en nuestra memoria para aparecer en ella como trabajos que de algún modo alcanzan la trascendencia. No hablamos de dramas ni tampoco de comedias. No son películas de acción pero tampoco contemplativas. Hablamos de historietas imprevisibles protagonizadas por personajes bien caracterizados cuya integridad será puesta a prueba de un modo inimaginable. En pocas palabras, películas sin moraleja pero para nada vacías cuya trascendencia resulta de la suma de lo cotidiano con lo épico.

Desde la aparición de Pulp Fiction (Quentin Tarantino) en 1994 este género ha sido explotado desde múltiples puntos de vista, en films tan dispares como El rostro, (Antonia Bird, 1997), Un romance muy peligroso (Steven Soderberg, 1998), Lock’n’Stock (Guy Ritchie, 1998), Snatch, cerdos y diamantes (ídem, 2000), Sin City (Robert Rodriguez, Frank Miller, 2005) o incluso en la película de Martin McDonagh precedente a la que nos ocupa, Escondidos en Brujas (2008). En ellas encontramos ciertas características comunes, como la exaltación del “glamour mafioso” que tan buenos resultados da en el cine, siempre desde la plena conciencia de estar beneficiándose de un cliché.

Y aquí es donde aparece el aspecto metalingüístico que tanta presencia adquiere en Siete Psicópatas: puesto que la intención no es otra que entretener, nada impide a estas películas que para lograr su propósito se sirvan de todo tipo de dispositivos narrativos cinematográficos (zoom, imagen congelada, montaje paralelo, montaje hiperfragmentado, sincronización de música e imagen, movimientos de cámara agresivos, puntos de vista imposibles…), pues la transparencia realista propia del cine clásico puede resultar innecesaria cuando no se pretende exponer ninguna tesis. De modo que podemos referirnos a estas películas como trabajos autoconscientes que asumen su condición ficticia para sacar el máximo jugo de las posibilidades que les brinda su carácter caricaturesco. De hecho, lo más interesante del último trabajo de Martin McDonagh es que esta autoconciencia alcanza en él una nueva fase: la de cuestionar las principales características de dicho género tarantiniano para evidenciar la necesidad de reformar las bases de un estilo que hoy en día se ve tan tópico como fuera de lugar.

Y es que podríamos incluso decir que el metalenguaje de Siete Psicópatas adquiere un carácter tridimensional. Veamos. El objetivo del protagonista Marty (Colin Farrel) es escribir un guión, proceso que, como es predecible, está destinado a coexistir con el auténtico guión de la película. Al mismo tiempo, su compañero Billy (Sam Rokwell) está decidido a convertir su realidad en el argumento épico de un film de buenos y malos. Y por último, los continuos fracasos de Billy en sus “actos heroicos” dan al film un carácter autoparódico que cuestiona todos los tópicos habidos y por haber. Es decir, tenemos el relato dentro del relato (primera dimensión), el interés consciente de un personaje en convertir la película en una cruzada de héroes y villanos (segunda dimensión) y los imprevistos contratiempos que desautorizan el carácter heroico que Billy se otorga a si mismo (tercera dimensión).

Es cierto que en Siete Psicópatas encontramos los rasgos más tópicos del metalenguaje, como la falta de inspiración resuelta mediante el empleo de la realidad. Pero la novedad está en que esta vez ya no se trata de la mera historia acerca de un conflicto de creatividad resuelto gracias a una inesperada experiencia personal (como podía suceder en Barton Fink, Desmontando a Harry o Los soldados de Salemina), si no de la coalición de tres caminos que se retroalimentan entre sí hasta perder de vista cual es la realidad. Por ejemplo, la pretensión por parte de Marty de escribir un guión conduce a Billy a convertir su vida en una película criminalista, y al mismo tiempo la experiencia criminal de Billy nutre la historia escrita por Marty; pero al ser descubierta su doble vida, la reacción disconforme de Marty nos da este desenlace que desmitifica el supuesto heroísmo de Billy. Y de este cruce de dimensiones, desplegado de forma magistral, nace una no menos magistral reforma estilística.

Para entender a que nos referimos basta con decir que el protagonista de Siete Psicópatas no empuña un arma en todo el metraje. De hecho, este es uno de los conflictos sobre los que discuten los dos personajes: ¿deben o no deben haber tiroteos en la película? Y de la suma de dos posicionamientos radicalmente opuestos (Billy tiene claro que sí mientras que Marty asegura lo contrario) resulta una respuesta tan acertada como ambigua que no da la razón a ninguno de ellos, sino que consolida la tesis ya apuntada por dicha tridimensionalidad metalingüística: como dijera Woody Allen en una de sus películas, “whatever works”. Y curiosamente, de este experimento acaba surgiendo algo nuevo: el héroe gangsteril capaz de imponer su presencia sin necesidad de pegar tiros.

Si los personajes de Quentin Tarantino soltaban interminables discursos antes de de disparar, los gángsters de Martin McDonagh pronuncian una larga parrafada antes de recibir el disparo. Si la unión de historias paralelas formaba la totalidad de los filmes de Guy Ritchie, los múltiples ecos de las acciones de un personaje derivan en las distintas historias de Siete Psicópatas. Y si Tarantino y compañía reivindicaban el glamour de los disparos como herramienta indispensable para lograr una película impactante y provocativa, Martin McDonagh reivindica la originalidad y el buen despliegue de personajes como verdaderos elementos imprescindibles para conseguir un buen trabajo. Señoras y señores, a esto se le llama reformar.

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Un comentario el “Siete Psicópatas

  1. […] en territorio inglés, a saber, la confirmación de Martin McDonagh con la muy entretenida Siete Psicópatas o la infravalorada filigrana 360. juego de destinos firmada por Fernando Meirelles. No demasiado […]

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