El atlas de las nubes

Imatge

Lo primero que hace de El atlas de las nubes una película cuya visión no molesta en absoluto es que sus tres horas de metraje son un delicioso entretenimiento. Se trata de una aventura de diversión permanente lograda mediante una propuesta sólida y directa que no deja espacio para resbalones argumentales ni formales. Tal vez la tesis sea simple, pero sin duda está muy bien expuesta y el resultado no roza ni por asomo el ridículo.

De acuerdo, estamos ante una película para ver y olvidar. Ni el argumento ni la puesta en escena suponen una gran revelación cinematográfica, como tampoco cabe destacar el trabajo de ningún actor. Esta película no es más que una recopilación de tópicos novelísticos y cinematográficos utilizados como conjunto global para representar el peor aspecto del ser humano, existente en todas las épocas de su historia. Pero dicho coqueteo con lo mitológico tiene una explicación: lo que interesa a los directores no es el realismo, sino los ecos que puede llegar a provocar un acto real dentro de un campo más metafísico.

Hemos dicho que la tesis de este film es simple. Cierto, pero esto no significa que sea sencilla. Expliquémonos. “Nuestros actos resuenan en el tiempo”. Bien, tesis resuelta. Simple, ¿verdad? Ahora háganme una película con ella. ¿Que les parece? Pues en efecto, el logro de este título no está en la originalidad del argumento ni tampoco en su forma de narrar los hechos. Donde los directores demuestran su talento es en la increíble habilidad con que cruzan continuamente distintas aventuras sin llegar a asentarse en ninguna de ellas pero logrando que el espectador empatice con todas. Que por cierto, son seis.

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En un primer momento, este cruce de relatos puede parecer caótico, pero lo cierto es que está medido con sumo cuidado. De hecho, da la sensación de que saltamos de una aventura a otra en una especie de rácord sensorial, pues cada fragmento de historieta complementa de un modo u otro al anterior y en ningún momento parece dejarse nada a medias. Dicha unión de relatos dota al film de tal unanimidad que uno acaba teniendo la sensación de seguir un solo argumento, subiendo y bajando en una veloz montaña rusa dotada de sus secuencias trepidantes y sus puntuales momentos emotivos.

Podemos decirlo otra vez: la tesis es simple. Pero ello tampoco significa que sea ingenua. De hecho, el discurso de Tykwer y los hermanos Wachowski (en realidad, de David Mitchell, autor de la novela en la que se basan) se remite a una de las teorías más bellas de la filosofía moderna: el eterno retorno. Entonces, las aventuras no siempre deben terminar bien, pues estas se repetirán una y otra vez en la historia de la humanidad hasta concluir de todas las formas posibles. Esta ambigüedad que no se casa con el tópico final feliz ni con el pesimismo radical permite a la película desprenderse de todo tipo de moralismo y dejar fluir naturalmente a cada aventura en su propio universo.

De lo que resulta una historia simple pero redonda, poco profunda pero cuando menos simpática. Tenemos, con todo, una modesta reflexión sobre la vida que no destapa grandes verdades pero que tampoco cae en ningún convencionalismo. Una experiencia interesante que no hace ningún mal y que nos asegura tres horas de honesta y saludable distracción. 

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