Blade Runner

 

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¿Realmente tengo algo que decir sobre la indiscutible obra maestra de Ridley Scott? Bueno, vamos a probar. La decisión de mezclar ciencia ficción con novela negra es sin duda una apuesta arriesgada que logra excelentes resultados. La reflexión existencialista acerca de la deshumanización del ser humano (valga la redundancia) es espeluznante. Los abundantes simbolismos referentes a la historia de la humanidad vinculada a la teología son tan enigmáticos como deliciosamente sugerentes. Qué más… ¡Ah, sí! El eternamente debatido final según el cuál Dekard puede o no ser un replicante nos ofrece un amplio abanico de inacabables reflexiones y poéticas conclusiones. Bien, creo que ya he mencionado todos los clichés. Veamos si existe algo más allá. No me mal interpreten: todo lo mencionado hasta ahora puede parecerme fascinante, pero son aspectos comentados con tanta frecuencia que no encuentro descabellado decir que hoy en día ocupan el apartado de los tópicos del cine.

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En realidad existen múltiples particularidades raramente comentadas de la joya que nos ocupa. Una de ellas es su protagonista, Harrison Ford, cuya relación con el director se dice que fue poco menos que una catástrofe; pues al parecer, el primero esperaba ser el héroe de un film de aventuras mientras que el segundo pretendía dar al personaje un carácter sombrío, deshumanizado y pesimista. Pues bien, la particularidad del film a la que ahora me refiero es que Ridley Scott se salió con la suya, algo que en realidad no era nada fácil. Recordemos que en menos de cinco años Harrison Ford protagonizó cinco títulos inolvidables, cuatro de los cuales pasarían a la historia como el mejor cine de aventuras. Y por si fuera poco, Blade Runner se encuentra justo en medio del bombardeo, pues el orden de estrenos es el siguiente: Star Wars: El imperio contraataca (1980), Indiana Jones en busca del arca perdida (1981), Blade Runner (1982), Star Wars: El retorno del Jedi (1983) e Indiana Jones y el templo maldito (1984).

Entonces, tenemos a un personaje oscuro y solitario justo en medio de cuatro títulos en los que el mismo actor interpreta a personajes heroicos, simpáticos y claramente superficiales. Además, hablamos de un actor de escaso repertorio de gestos y (me perdonarán sus seguidores) de talento limitado. Y es que en realidad el buen resultado del experimento no se da gracias a una magnífica actuación por su parte, sino más bien gracias a todos aquellos interrogantes que el director se ocupa de plantear sutilmente sobre él: ¿qué hacía Dekard antes de emprender la aventura? ¿Existe realmente un pasado para él? ¿De donde salen todas las fotos que colecciona? En el momento en que pronuncia las palabras “No tengo elección, ¿verdad?” ¿a qué se refiere? Por supuesto, todo este halo de misterio se encuentra fuertemente atado a la teoría mencionada más arriba, según la cual éste podría es un replicante. Pero incluso si fuera así, las preguntas siguen siendo infinitas, y en todo caso, se trata de un logrado trabajo de construcción de personaje mediante la utilización de un actor encasillado en un papel totalmente distinto. Bravo.

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Otro aspecto a mencionar, directamente relacionado con lo que no sabemos, es aquello que no vemos. Me refiero a la construcción de un espacio futurista que adquiere su totalidad gracias a un infinito fuera de campo que tan solo imaginamos. Sí, lo sé. Está el anuncio flotante, la ciudad humeante, las pirámides resplandecientes, los mercados superpoblados… Pero todas estas imágenes presentadas mediante el empleo de planos generales no son más que recursos puntuales que se repiten una y otra vez, y si se presta atención, se observa que el resto de planos son radicalmente cerrados, algo que nos obliga a imaginar el contexto que rodea a los personajes. Ello no le quita mérito al trabajo, todo lo contrario, pues tenemos ante nosotros una clase magistral de selección de imágenes suficientemente sugerentes para que cuando estas desaparezcan no sea necesario mostrar nada más para describir todo aquello que las rodea.

Y puestos a hablar de lo que no es, hablemos también de lo que no hizo el director. Para empezar, no hizo ni una sola película interesante una vez concluida la que nos ocupa (perdónenme los fans de Telma y Louise, Gladiator o American Gangster). Curioso, ¿verdad? Pues la historia sigue. Y es que la mayoría de los aciertos de Blade Runner son resultado de permitir al público entender por sí solo lo que no se cuenta en palabras (exceptuemos la malograda voz en off de la primera versión). Por ejemplo, el temido replicante salva al protagonista de caer al vacío sin explicación aparente. Por otra parte, no sabemos nada de la vida de los personajes que protagonizan el film, algo que contribuye a ensanchar la frialdad del tipo de ser humano que se nos presenta. Y por último, se agradece profundamente la ausencia de heroicidades por parte del aparente “bueno del film”, como tampoco existe un épico desenlace en el cuál el “malo” es destruido. Todos estos detalles nos conducen a pensar que la dirección que el consagrado autor aportó a la excelente fotografía, la acertada banda sonora, al cuidado montaje y a la bien escogida planificación que forman Blade Runner tal vez se pueda resumir en “lo que Ridley Scott no hizo”.  

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