El silencio de los corderos

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Prólogo [a mis amigos de Frikinomikon ] 

En la última crítica que escribí para los desvergonzados aspirantes al club de subcinéfilos dirigentes del (supuesto) programa de radio Frikinomikon se me acusó de ser un “gafapasta” (algo motivado por el hecho de poseer un ordenador mac, asociación solo concebible en la mente de los envidiosos de la tecnología apple y defensores de la obsoleta campaña pro-PC) y de escribir artículos que no tienen “chicha” (para los seres humanos conocedores de aquello que algunos llaman literatura, lo que los apreciados amigos de Palau de plegamans pretendieron decir fue “tus críticas carecen de contenido”). Sobre lo primero, no puedo más que sentir lástima hacia el triste desconocimiento de aquellos que todavía hoy se resisten a reconocer la gran utilidad de los ordenadores MacIntosh y cubren el sinsentido de su conservadurismo con burdos insultos como del que hace un par de semanas fue víctima un servidor. Sobre lo segundo, no teman, en seguida lo arreglamos.

Película “multiclasificable”

Aprovechando la ocasión para barrer un poco para casa, El silencio de los corderos posee la virtud de ser catalogable al menos a tres movimientos cinematográficos citados anteriormente por el mismo indeseable que ahora escribe este artículo. El primero y más evidente es el de las cintas post-newhollywood cuyo acto de presencia tubo lugar pocos años después de la aparición del New Hollywood (por si se os escapa, queridos subcinéfilos de Palau, entendemos por new hollywood la quinta de directores aparecida a mediados setenta y formada por sujetos como Steve Spielberg, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, George Lucas y compañía), en ocasiones llamadas películas del “New New Hollywood” como pueden ser Blade RunnerRegreso al FuturoTerminatorLa jungla de cristalEduardo Manos Tijeras o Forest Gump.

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El segundo movimiento es el de películas hechas por directores (frecuentes en los años noventa) cuyo canto de cisne se da de forma aleatoria y prematura con una película que pasa a ser recordado muy por encima del propio director, como los casos de Bailando con lobosCadena PerpetuaBabe, el cerdito valienteBraveheart (ya sé que ustedes, queridos subcinéfilos radiofónicos, a esto último también lo llamáis “película”), PlatoonBlade Runner o El paciente inglés. Y por último, también podemos situar el trabajo de Jonathan Demme al lado de esta serie de películas noventeras reduccionistas que condujeron al cine de antaño hacia la simplificación de trama y personajes (¿quieren hacer el favor de callarse, charlatanes? ¡Ya sé que El silencio de los corderos es una película profunda, de modo que aparten de una vez su pico palomitero de los micrófonos y escuchen!).

El caso es que Jonathan Demme explota estos tres aspectos de forma magistral y logra sacar lo mejor de cada uno de ellos. Veamos. Como cinta post-new hollywood (recuerden, queridos locutores, que la característica más elemental de esta corriente es que tiende a explotar al máximo las posibilidades del dispositivo cinematográfico sin que la verosimilitud sea un obstáculo), la película de Jonathan Demme cuenta con las famosas escenas que solo pueden ser definidas como cine en estado puro y que convirtieron El silencio de los corderos en la pieza de culto que es hoy en día. Me estoy refiriendo, por supuesto, a momentos como la célebre secuencia en la que Hanibal Lecter logra penetrar en la mente de Clarice, el confuso montaje en paralelo durante el clímax final del metraje o la inquietante secuencia de desenlace resuelta de forma tan imprevisible como loable.

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Sobre el segundo aspecto y centrándonos concretamente en los tres últimos ejemplos (PlatoonBlade Runner y El paciente inglés), hablamos de títulos que concentran todo su potencial en la contención, cine de expresividad modesta pero que logra una considerable espectacularidad. Por ejemplo, la cinta que nos ocupa comparte con Blade Runner una atmósfera claustrofóbica que a pesar de imponerse con sutileza logra una presencia más que notable. Se trata (en ambos casos) de un lenguaje que juega con aquello que vemos y aquello que no; un escenario dibujado mediante pequeñas pinceladas que nos conducen a construir con la imaginación lo que no llegamos a ver. En resumen, un aunamiento de pequeñas virtudes con el mismo sello que constituyen un todo casi perfecto como uno de estos Macs secretamente envidiados por determinado sector social.

Hablemos ahora del sello “noventero reduccionista”. Lo sé, queridos “palauenses”, Hanibal Lecter es un asesino que lo es todo menos simple y muy poco menos podemos decir de la fascinante Clarice Starling. Pero en todo caso hablamos de una tipología de personajes facilmente reconocible a simple vista y a los que el film se cuida de dar profundidad posteriormente a su presentación. Es decir, cuando vemos por primera vez a Hanibal identificamos automáticamente su condición de psicopata desquiciado, a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, con los asesinos de films como PsicosisSe7en o Milenium. Un personaje, a fin de cuentas, cuya profundidad no evita su “tópico” perfil de malvado. Y lo mismo sucede con Clarís, un personaje de psicología compleja pero de rasgos claramente identificables que definen sin peros su condición de “joven aprendiz con talento”.

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Estos rasgos tan distinguibles de ambos personajes son los mismos que más adelante serían explotados por otras películas sin el cuidado tratamiento psicológico que ofrece El silencio de los corderos, transformándolos así en simples marionetas de un rompecabezas sin sentido, como son los casos de ScreamCopycat, El coleccionista de huesos o Saw. He aquí la (involuntaria y para nada reprobable) aportación reduccionista de la pieza de Jonathan Demme al cine de los años noventa (e inicios 2000). Pero lo más curioso es que dicho aspecto sienta de maravilla a la película, pues del contraste que se da entre las crueles y amenazantes expresiones faciales de Anthony Hopkins frente el inocente rostro de Jodie Foster nace una (brillante) relación de personajes que no puede definirse de otro modo que fascinante.

El sorprendente resultado de la unión de estas tres categorías sitúa al film en la posición de obras imprescindibles en la historia del cine, al mismo tiempo que lo introduce en otro colectivo solo atribuible a genialidades como PsicosisEl PadrinoTiburón o El club de la lucha: el de las adaptaciones cinematográficas de piezas literarias cuyo prestigio y reconocimiento termina por superar con creces a la obra adaptada. Solo espero que esta vez los queridos amigos de Palau no me comparen esta joya con Se lo que hicisteis el último verano, siendo el caso que la última vez ya me compararon Toy Story con Shreck.

[ http://www.facebook.com/frikinomikon.programa?fref=ts ]

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