La caza

Imatge

La caza es una de estas películas con personajes tan meticulosamente definidos y situaciones tan terriblemente creíbles que uno puede valorar su atractivo perfil casi olvidándose de la tesis. Con ello no pretendo restar importancia al -interesantísimo- discurso que el director de Celebration nos plantea, sino sencillamente señalar que el mundo “ficticio” creado por Vinterberg es tan completo que sólo por el hecho de descubrirlo merece la pena ver su película. Hablamos, en resumen, de un conjunto de – magníficos – personajes relacionados entre si con los que empatizamos por igual, aun siendo testigos de la triste situación que le toca vivir al protagonista principal: de un inocente malentendido se da una situación en la que solo parece existir un posicionamiento válido, lo que divide a los personajes en dos bandos claramente opuestos. Y aún así, decía, nuestra empatía sigue siendo para todos.

Pero centrémonos en el contenido. Desde mi punto de vista, el último trabajo del director danés posee una interesantísima reflexión sobre dos tendencias de la sociedad contemporánea. Y esto es lo que marca la gran diferencia entre la dura crítica social que es La caza y los morbosos ejercicios sadomasoquistas que son las películas de su “dogmático” compañero, Lars von Trier. Vaya por delante, me considero un gran admirador de buena parte de la obra del segundo; pero en cualquier caso no debemos olvidar cual es la verdadera esencia de su cine: el objetivo principal del autor de El anticristo no es otro que regocijarse en el morbo de la desgracia ajena. Y esta característica, tan distintiva en sus trabajos, puede entenderse como la antítesis exacta del aura anticonformista que rodea al nuevo trabajo de Thomas Vinterberg.

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Hay que reconocer que, en realidad, el caso que nos ocupa sí presenta ciertas similitudes con trabajos como Rompiendo las olas o Bailar en la oscuridad, pues lo que Vinterberg nos plantea es la historia de un bondadoso personaje que de la noche a la mañana es objeto de incontables injusticias a resultas de un triste mal entendido. Pero mientras que en el caso de los títulos de von Trier este último parece disfrutar mostrándonos la desgracia de sus personajes, en el film presente predomina una clara intención de denuncia hacia la injusticia de la que es víctima el protagonista. No existe recreación en La caza, solo una dura verdad planteada de la forma más creíble posible, siempre desde un punto de vista disconforme. Y aquí es donde topamos con la primera (y predominante en la película) tendencia social sobre la que reflexiona el director. Dice así: la facilidad con que las personas se unen a un linchamiento es infinita.

Y este linchamiento se hace sin necesidad de conocimientos previos sobre la causa, ni de conceder la oportunidad de defenderse al sujeto al que se decide odiar. Sencillamente, se le odia porque es lo que toca. Recordemos cómo Lucas es irremediablemente tachado de pedófilo incluso sin contar con ningún indicio sobre la acusación y negándosele desde el primer momento toda oportunidad de defenderse. En este punto puede decirse que el discurso de Vinterbergh recuerda en cierto modo a la novela 1984: uno ya no decide sobre su vida, sino que lo hacen por él, incluso en lo concerniente a su propia personalidad. Y esto último está directamente vinculado a la segunda reflexión: ahora hablamos de la brutal ligereza con que los adultos imponen su propia lógica a la de los niños, llegando incluso a decidir por ellos cuales son sus experiencias vividas. Pensemos en la escena en que la pequeña Klara termina por dudar de sus propios recuerdos al ser rechazado su intento de deshacer el inocente malentendido que sin querer provocó.

En definitiva, una muestra más de la incondicional insistencia con que la sociedad se niega a replantear las normas preestablecidas, de la cobardía que mostramos les persones cuando se trata de reflexionar sobre la validez del discurso propio.

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