El impostor

Imatge

Bart Layton abre su película con imágenes conceptuales de estética deslumbrante y una cuidada selección de impactantes declaraciones. Una contundente banda sonora marca el tempo del relato con la clara intención de inquietarnos. En las entrevistas los personajes reciben el mismo trato que las imágenes conceptuales: la estética está por encima del contenido. Todo lo que vemos y oímos parece diseñado para llegar a nuestra sangre por la vía rápida. En pocas palabras, la desvergonzada grandilocuencia de El impostor es palpable desde el primer fotograma. No existe ningún tipo de acercamiento hacia los personajes. Las entrevistas carecen de sinceridad. Layton parece decidido a defender su posicionamiento a cualquier precio; y con este objetivo descarta toda declaración que pueda contradecir su tesis y opta por mostrar únicamente aquellas cuatro palabras de significado ambiguo fácilmente manipulable mediante la magia del montaje. Y por si fuera poco, su posicionamiento parece más interesado en explotar la morbosidad de los hechos que en encontrar su verdadera explicación.

Para legitimar el relato que se propone construir, Layton se sirve de uno de los recursos más manidos de la historia del documental: tomar prestados determinados recursos de la ficción. Una decisión del todo válida, si no fuera porque el director sustituye toda sinceridad de las entrevistas por la reproducción ficticia de cada situación narrada, como si el hecho de visionar los acontecimientos los convirtiera en irrefutables. Entendámonos, no quiero decir que recurrir al lenguaje de las imágenes esté prohibido, sino que sustituir la mirada sincera de un entrevistado por la reconstrucción visual de su relato me parece poco menos que hacer trampa. No es ningún secreto que la entrevista constituye un recurso narrativo muy poco cinematográfico, a pesar de lo cuál a menudo resulta imprescindible. En estas ocasiones, la única arma válida para combatir el conflicto es lograr la máxima sinceridad por parte del entrevistado. En el caso de El impostor, las entrevistas no sinceras mezcladas con imágenes puramente estéticas y carentes de contenido logran la unión de los peores aspectos de la ficción y el documental.

Imatge

Pero lo más indignante del caso es que Layton no se conforma con la artificiosa exposición de unos hechos, sino que convierte su grandilocuente discurso en una grave acusación. Una acusación que, si bien cuenta con determinadas pruebas aun en vía de investigación, es planteada mediante recursos narrativos sensacionalistas y rechazando cualquier tipo de investigación que desentrañe la verdad. Antes teníamos la reconstrucción visual de los hechos en sustitución de la mirada sincera del entrevistado. Ahora tenemos primeros planos iluminados de forma descaradamente sombría acompañados por una hortera música misteriosa en lugar de la exposición de algún tipo de indicio que respalde la teoría del director (quien, por cierto, nunca realiza verbalmente sus acusaciones, no fuera a proporcionar a los acusados la oportunidad de defenderse). Puede entenderse que el director no consiguiera pruebas definitivas que respaldasen su teoría, hasta es posible que un final ambiguo sea la mejor opción para esta historia inconclusa. Lo que sin duda no es aceptable es la presentación de un ataque tan descarado como éste para luego terminar el film pretendiéndose neutral.

Así es cómo El impostor acaba siendo una película que desperdicia todo el jugo de su historia para convertirse en un vulgar panfleto sensacionalista. En resumen, una película cuyo único sustento acaba siendo el potencial del hecho, una muestra de cómo los recursos narrativos pueden eliminar todo el interés de un acontecimiento descaradamente interesante. Y por encima de todo, una lección de cómo desvirtuar una historia escalofriante que en realidad no necesitaba ningún artificio.

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Un comentario el “El impostor

  1. […] *Hace un par de semanas se estrenó en España el primer largometraje del director Bart Layton, documental sobre la desaparición de Nicholas Barclay titulado El impostor (Leer la crítica aquí).  […]

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