El hombre de acero (de Zack Snyder)

Man of steel

Se me ocurren tres puntos de partida desde los que enfocar el estreno de El hombre de Acero, primera re-interpretación cinematográfica en cuarenta años del origen del superhéroe más conocido del mundo. En primer lugar, está la mano de Zack Snyder, que se percibe a quilómetros de distancia. Hablo de esta forma hiperactiva de dirigir las escenas de acción, de los rápidos saltos de espacio y de la espectacularidad visual abarrotada de infografía, entre otros de sus rasgos. En segundo lugar, tenemos la no menos evidente producción y participación en el argumento de Christopher Nolan y su guionista habitual, sin duda responsables de los conflictos sociales con que choca el superhéroe y de su desencaje en el mundo que lo rodea. En tercer lugar, estamos hablando de la reaparición de Superman en una película que se propone consolidar la atmósfera DC y desmarcarla definitivamente del colorido estilo “marveliano” (recordemos que ya está en marcha la adaptación al cine del grupo de superhéroes de DC, la Liga de la Justicia). Y si se quiere, podemos decir que en cuarto lugar están las grandes expectativas generadas por la unión de estos tres hechos.

No es ningún secreto que la sutileza no se encuentra entre los adjetivos que definen el estilo de Zack Snyder. Más bien todo lo contrario: al moderno realizador le gusta evidenciar las acciones, jugar a descubrir cuanto es capaz de abarcar cada plano, ver cómo de espectacular puede llegar a ser cada escena. De hecho, en su cine todo recurso es válido cuando se trata de maximizar el impacto: ralentización i aceleración de la imagen, acompañamiento de exagerados sonidos graves, rápidos cambios de perspectiva visual… En resumen, la coherencia del guión y la profundidad de los personajes son algo secundario cuando se trata de un film de Snyder: lo principal es impresionar. De ahí que la elección de un personaje superpoderoso cargado de habilidades sobrenaturales como protagonista pueda antojarse ante los ojos de algunos como una magnífica oportunidad para explotar todo su potencial creativo. Desde mi perspectiva, no obstante, se trata de un acto indudablemente irresponsable, muy parecido al de confiar una cerilla y un bote de gasolina a un pirómano.

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Pero en cualquier caso, ¿que es lo que resulta de la apuesta de dejar en manos de Zack Snyder las herramientas principales (guión de David S. Goyer, producción de Christopher Nolan y banda sonora de Hans Zimmer) con las que el director de Origen construyó su trilogía del hombre murciélago? Pues, desgraciadamente, un amorfo rompecabezas sobrecargado de acción y carente de contenido. La presentación de Clark Kent, por ejemplo, hecha mediante la mezcla de imágenes actuales y flashbaks de su niñez, está diseñada con tal empeño para denotar agilidad y una tan clara intención de recrearse con los malabarismos estructurales que toda identificación con el personaje resulta sencillamente imposible. Por otra parte, es tan poco el tiempo que Snyder dedica entre una escena y otra a la interacción entre personajes que tampoco parece existir ningún tipo de complicidad o relación entrañable entre ellos. En resumen, tan solo contamos con una esquemática presentación de roles totalmente desprovista de alma; eso sí, cargada de visibilísimos recursos formales destinados a evidenciar la presencia del director (en realidad el auténtico protagonista de la película).

Con todo, esta presentación de la sociedad como ente catastrofico que choca con los intereses del superheroe (es decir, todo lo aportado por Christopher Nolan) tan solo sirve para reducir todavía más la caracterización del protagonista principal. Pues esta capacidad para asombrar a las masas, esta condición omnipresente que caracteriza al hombre de acero y este famoso posicionamiento jerárquico social del que antaño salieran las palabras “¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Superman” es borrado del mapa para reducir al personaje en un hombre que sencillamente vuela: en la película de Snyder, Superman es un escurridizo individuo al que nadie conoce hasta la llegada de su enemigo, quien logra poner al mundo en su contra. De modo que el rasgo principal por el que reconocíamos al personaje desaparece y lo convierte en un hiperactivo monigote volador, desprovisto de personalidad y que no hace más que causar explosiones y derrumbamientos de edificios. Si esto es lo que debemos entender que el universo DC plantea para sus futuras producciones, la compañía puede estar segura de que la oscura fama que precede su universo cobrará un nuevo significado.

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