Trance (de Danny Boyle)

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A decir verdad, nunca vi en Danny Boyle el mesías cinematográfico ante el que tantos críticos y cinéfilos babearon hasta la saciedad por sus autocomplacientes trabajos Transpotting, La playa y 28 días después. Pues en realidad dichas películas siempre me han parecido una hortera exposición de manierismo al más puro estilo kitsch. A pesar de ello, debo reconocer que existen dos títulos en la filmografía del director que sí lograron sorprenderme muy gratamente. Hablo de dos títulos en que, mal que me pese, la autoría del director pareció consolidarse logrando sacar lo mejor de todo su potencial. Como puede presuponerse, me estoy refiriendo a las notables Slumdog Millionaire y 127 horas, ambas películas presentes en las nominaciones de los Oscars de 2009 y una de ellas ganadora de la estatuilla en calidad de mejor película, dirección y tantas otras categorías. La razón por la que estos dos títulos claramente despertaron mi interés mientras que el resto tan solo lograron despertar mi sueño es muy sencilla: al descubrirlas sentí que el director inglés accedía en ajustar su manierismo en favor de las necesidades del trabajo.

Para ser algo más precisos, digamos que en el caso de Slumdog Millionaire Boyle debió de entender que tenía en sus manos un guión cuya historia resplandecía por su propia fuerza, una especie de encanto fabulesco que tan solo debía permitirse que aflorase con la máxima naturalidad posible. Sobre 127 horas, mi sensación es que el realizador inglés logró conectar con una angustiosa historia de supervivencia que, esta vez sí, requería ser contada mediante formas claramente extremas. En resumen, se trata de dos películas en las que, desde mi punto de vista, sí se logró una sólida harmonía entre el estilo del director y la naturaleza de las mismas. Dos trabajos que, a pesar de la evidente autoría que puede apreciarse en ellas, logran trasladar al espectador al escenario deseado. Dos ejemplos de cine que, en fin, contrastan fuertemente con el último trabajo de Danny Boyle, Trance, una película con la que el aclamado director se propone regresar a sus orígenes mediante una innecesaria chapuza esquizofrénica que tiene el pretencioso objetivo (o al menos esto dicen) de reformar el género noir.

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Como en los viejos tiempos, las innecesarias filigranas manieristas del pretencioso director aparecen en Trance nada más empezar la película. Pienso en el grandilocuente arranque acompañado por la omnipresente voz en off de James McAvoy; a través de la cuál el protagonista nos describe detalladamente cómo era robar una obra de arte en el pasado y cómo es hacerlo en la actualidad. Una información muy interesante… solo que dicho tema no vuelve a mencionarse en toda la película, ya que en realidad los acontecimientos que se suceden a partir de entonces no solo no tienen absolutamente nada que ver con ello sino que olvidan por completo este sello “scorsessiano” (tal vez el director tuviera un antojo tras revisionar la muy superior Casino) con que parecía desplegarse la introducción. De modo que una vez concluida la película uno sigue sin entender a qué carajo se debió el dar tanto énfasis a un acontecimiento tan trivial para el argumento. Aunque si se piensa fríamente, en realidad esta introducción no es más que el aperitivo de un festival de formalismos pretenciosos cuya verdadera función resulta muy dudosa.

Lo que sigue a este arranque es una hortera y retorcida telenovela sobre psicología para párvulos, carente de cualquier tipo de interés y protagonizada por un conjunto de personajes tan vacíos como la propia trama. Pero lo peor es que, lejos de desarrollar su trabajo con modestia, Danny Boyle centra todo el foco de interés en una serie de surrealistas giros de guión (tan poco creíbles como la historia) e innecesarias composiciones visuales que no hacen más que ensombrecer cualquiera que sea el verdadero relato. No me queda más que decir que es una verdadera lástima descubrir cómo un director que parecía haber autocorregido su rumbo para conducir su carrera hacia interesantísimos horizontes pega un brusco volantazo para deshacer el camino recorrido y encerrarse definitivamente en su propia autocomplacencia.

kinopoisk.ru

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