Una casa en Córcega (de Pierre Duculot)

Una casa en Córcega

Lo que convierte Una casa en Córcega en una película preciosa no es ni su fotografía, ni su tipología de planos ni nada referente a este tipo de tecnicismos. Pues este es un trabajo que propone un estilo de narrativa que construye tranquilamente pero con paso firme una historia que se gana la atención del espectador por el propio interés de su tesis. Pues en realidad la sencillez es una pieza clave en este relato, ya éste que viene a plantearnos un ejercicio de despoje de lo innecesario, un desprendimiento de todo tipo de elementos sobrantes que nos ayude a encontrar la felicidad en nosotros mismos. De ahí que el tratamiento visual del segundo trabajo de Pierre Duculot sea tan modesto; algo que a su vez ayuda a desnudar a sus personajes, permitiéndonos descubrir la insospechada complejidad que se esconde en ellos. Es esta complejidad y la mano firme del director lo que nos hace sospechar desde el primer fotograma que Una casa en Córcega esconde algo interesante, algo que nos invita a querer saber más sobre la película y que convierte en placentero todo su visionado.

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Un placer que va acompañado por unas hermosas vistas montañosas que aparecen tímidamente al principio y con todo su esplendor más adelante; como imitando el avance de la joven protagonista que paso a paso descubre el placer de construir su propia vida. Y es que la sencillez de la que hablábamos anteriormente no impide al director mostrar la inmensa belleza de los paisajes de Córcega, algo que hace sin convertir su película en una postal ni en un panfleto turístico. Sencillamente se trata de un hermoso descubrimiento que la protagonista comparte con nosotros, algo que puede incluso entenderse como una alegoría de la belleza interior del personaje que va aflorando poco poco. Como si con un cuentagotas se nos fueran dando pequeñas dosis de belleza que actúan como imagen metafórica de la situación espiritual de la mencionada protagonista, en definitiva, hermosas imágenes paisajísticas que aumentan o disminuyen su tamaño según la situación del mismo. Un hermoso trabajo de fotografía realizado, nuevamente, con toda modestia y sin ninguna necesidad de resaltar.

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Y mientras el paisaje inunda con ternura el fluir de los acontecimientos, los personajes actúan de forma autónoma, desplegando su personalidad y logrando transmitir la sensación de que cuando los vemos tan solo descubrimos puntuales momentos de una inmensa vida que únicamente les pertenece a ellos. Es decir, nunca tenemos la sensación de que los personajes cumplan con un papel diseñado para el guión, sino que siempre parecen actuar de acuerdo con sus propias necesidades (pensemos, por ejemplo, en Pascal, el personaje interpretado por François Vincentelli). De ello nacen interesantes situaciones conflictivas en que uno, por extraño que parezca, entiende el posicionamiento de ambas partes e incluso simpatiza con ellas (nuevamente, recordemos a Pascal y su reencuentro con Christina). Sin duda, se trata de un excelente trabajo que logra embellecer una sencilla historia de superación que, contada de otro modo, probablemente carecería de interés. Una hermosa forma de recordarnos que a menudo la sencillez es la mejor herramienta para plasmar la pureza, y de que cuando uno tiene algo que decir, la modestia es uno de los recursos más fiables.

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