Rush (de Ron Howard)

Rush

Crítica patrocinada por C de còmic

Una de las mayores curiosidades de la ola cinematográfica denominada Nuevo Cine del Siglo XXI es que, a pesar de romper con ciertas costumbres preestablecidas durante largo tiempo, dicha corriente no está compuesta únicamente por directores contemporáneos dispuestos a aportar ideas innovadoras, sino que cuenta con buena parte de los directores que antaño llevaron al cine a la cansina monotonía a la que un día casi nos acostumbramos. Me estoy refiriendo a una serie de autores que recientemente y de forma inesperada resurgieron para replantear las fórmulas narrativas. En la lista se encuentran, entre otros, Danni Boyle (Slumdog millionaire y 127 hours), Kathryn Bigelow (En tierra hostil y La noche más oscura), James Cameron (Avatar), Steven Spielberg (Lincoln) y Robert Zemeckis (El vuelo). Hablo de directores que a lo largo de los años noventa orientaron al cine hacia la simplicidad, algunos mediante la exaltación de los efectos especiales generados por ordenador y otros sencillamente reduciendo al mínimo exponente el argumento. Y de la misma forma, todos ellos regresaron a finales de la primera década de los 2000 con nuevas y refrescantes propuestas para reconciliarse con el buen cine.

El caso es que, al parecer, la nueva película del veterano director Ron Howard viene a reivindicar a este último como nuevo fichaje en la lista de autores resurgidos. Estamos hablando de un cineasta que en su momento colaboró notablemente en la mencionada simplificación narrativa cinematográfica (con títulos como Rescate, Una mente maravillosa, Cinderella Man o El código Da Vinci) pero que hace un par de años ya nos sorprendió con El desafío: Frost contra Nixon y que ahora vuelve para reafirmarse con el título que nos ocupa. Y es que la nueva cinta del director de Apolo XIII posee tantos aciertos como despropósitos podían encontrarse en sus trabajos anteriores. Donde antes había un argumento infantil ahora encontramos una interesante reflexión sobre rivalidades que tiene como soporte una ambigua tesis relacionada con la rivalidad. Allí donde antaño encontramos historias de personajes ficticios cuyas acciones respondían únicamente a estereotipos prefabricados ahora descubrimos una historia profundamente humana que emociona por su credibilidad (no en vano se trata de una historia real). En resumen, allí donde antes había una dirección mediocre ahora encontramos genialidad.

Daniel Brühl as Niki Lauda in Rush: 'Niki is very sharp and honest, he never repeats himself.'

Y es que uno de los atractivos principales de Rush es la atención que Ron Howard dedica a plasmar la personalidad de los protagonistas principales. Es justo decir que, sorprendentemente, nunca da la sensación de que ninguno de los dos pierda el tiempo tratando de caer bien al público: el director sencillamente deja al descubierto sus rasgos más característicos permitiendo que la audiencia se interese por ambos sin ganchos artificiosos. Y la estrategia funciona maravillosamente. Gracias a esa cuidada presentación, el enfrentamiento que nace entre ambas personalidades resulta creíble; y es precisamente ahí donde Ron Howard tira con maestría su gancho. De repente uno se encuentra atrapado en la historia de dos personajes que dificílmente caen bien pero cuya rivalidad despierta una increíble ansiedad por conocer el desenlace de los hechos. Al parecer el director ha descubierto que una elegante presentación de personajes poco deseables es capaz de despertar mucho más interés que un vergonzoso intento de llevar a los mismos al gran público mediante el endulzamiento. En cualquier caso, no deja de ser sorprendente que la historia de dos personajes tan poco entrañables sea capaz de despertar tanto interés.

Un interés que se ve incrementado por la fluidez con que se dan de los hechos, pues Rush está dotada de un perfecto dominio del tempo y también de un gran equilibrio entre acción y atención a los personajes: a pesar de que hablamos de una trepidante película que se despliega ante nosotros a gran velocidad, el director nunca olvida el punto en que se encuentran los protagonistas, prestándoles en cada momento la atención necesaria. Como si se hubiera hecho un cuidado trabajo de medición para lograr un trabajo en que las dosis de adrenalina y seriedad reflexiva estuvieran repartidas a partes iguales. El resultado es una emocionante experiencia a toda velocidad que no deja de sorprender en ningún momento. En definitiva, una hermosa forma de plasmar a la gran pantalla los acontecimientos que en 1976 marcaron un punto y aparte en la historia de F1 y una muestra más de todo lo que le queda por explorar al cine si este se decide a traspasar las fronteras que en los años noventa se auto-impuso. Vamos, una muestra más de la grandiosidad del Nuevo Cine del Siglo XXI.

rush 2

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