Crónicas Diplomáticas (Bertrand Tavernier)

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Al pensar en Crónicas Diplomáticas acuden a mi memoria tres títulos cinematográficos considerablemente distintos entre ellos, pero en ciertos aspectos fuertemente arraigados al último trabajo de Bertrand Tavernier. Ellos son La cortina de humo (Barri Levinson, 1997), The Office (Ricky Gervais, Stephen Merchant, 1991) y El ala oeste de la Casa Blanca (Aaron Sorkin, 1999). El elemento común más evidente que comparten es la importancia que tienen los personajes en estos trabajos, este punto de partida argumental que centra su interés en construir una relación indestructible entre la personalidad de los protagonistas y las situaciones a las que estos se exponen. Desde un punto de vista cómico en la serie de Ricky Gervais, una perspectiva analítica en la creación de Aaron Sorkin y a través de la sátira en el caso de la película de Levinson, los tres títulos contienen esta pretensión de dibujar perfiles de caracteres mediante la presentación de un seguido de sucesos que desnudan inevitablemente a los personajes. Y esta llamativa característica de los tres films es, en cierto modo, el punto de partida de la película que nos ocupa.

Pensemos, sin ir más lejos, en la posición en que se encuentra Arthur Vlaminck, protagonista del film interpretado por Raphaël Personnaz. La urgencia con que sus superiores le exigen que complete una tarea de condiciones radicalmente abstractas, la presión a la que se ve sometido ante la incoherencia de las peticiones del senador para el que trabaja, la flexible, imprevisible y camaleónica lógica que define al discurso del mismo… Situaciones extremas ante las que Arthur debe responder con rapidez y sin rechistar, sacando lo mejor (o lo peor) de sus (supuestas) cualidades de redactor. Situaciones, en definitiva, que conducen al protagonista por caminos imprevisibles, haciendo surgir de su persona determinados aspectos de su verdadera personalidad, como frutos de un árbol desprendiéndose de sus ramas tras una fuerte sacudida. Es en estas condiciones, nos recuerda Tavenrier, en las que debe trabajar Arthur Vlaminck, un joven redactor al que se le encarga elaborar los discursos de un importante senador. No hace falta ser un lumbreras para deducir cuál es la posición ideológica de Tavernier respecto al sistema político contemporáneo…

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Pero este no es el único aspecto que Crónicas Diplomáticas comparte con los títulos de Barri Levinson, Ricky Gervais y Aaron Sorkin: cada uno de ellos posee un rasgo particular que fácilmente puede identificarse con la película de Tavernier. En el caso (evidente) de La cortina de humo, encontramos este tipo de sátira alocada, este “gamberrismo” que apela a lo esperpéntico para dibujar desde un punto de vista crítico los tejemanejes que hay detrás de determinados sectores aparentemente serios. Es decir, todo el (caótico -e invisible-) proceso de construcción que se esconde detrás de los mítines políticos, campañas electorales y demás eventos políticos que pretenden ser actividades altamente legítimas y merecedoras de todo nuestro respeto. Por otra parte, la Crónicas Diplomáticas comparte con The Office esta presentación de situaciones absurdas que, precisamente por su aspecto surrealista, resultan preocupantemente creíbles. Me refiero a este tipo de secuencias que tan fácilmente provocan vergüenza ajena, ante las cuales uno no sabe si reírse o llorar.

En el caso de El ala oeste de la casa blanca, ocurre algo curioso. Dicha producción está dotada de un admirable ritmo narrativo y también de un minucioso desglose de múltiples aspectos que rodean el mundo político; pasando por determinadas maniobras electorales y también por ciertos conflictos morales. Pero la serie de Aaron Sorkin peca de tópica, de pretender vendernos una visión paradisíaca del sistema político perfecto. En el caso de Crónicas Diplomáticas, encontramos el dinamismo que caracteriza a la serie mencionada y también este ahondamiento en determinados sectores con los que la política debe convivir, pero los propósitos de ambas producciones son radicalmente distintos. Pues (a diferencia de Sorkin) Tabernier no pretende dar testimonio del “duro trabajo” que llevan a cabo toda una serie de profesionales altamente competentes, sino desautorizar la credibilidad del discurso político y desmentir toda clase de epicidad que pueda rodearlo. En este sentido, la película de Tavernier gana la partida por lograr presentar en proporciones iguales dinamismo y sátira en una película dispuesta a ser igualmente odiada y elogiada.

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