Imágenes con valor oculto

Imatge

Determinadas imágenes iniciales que en un primer momento me parecieron tópicas e insustanciales son las que acuden a mí memoria con dulzura cuando pienso ahora en La vida de Pi. Y es que estas tienen una belleza inmaterial tan solo apreciable cuando se comprende, al finalizar el metraje, su verdadero significado. Son esas mismas imágenes que en un primer momento acepté como una concesión molesta y chirriante las que me hicieron derramar lágrimas cuando volvieron a mí mente cargadas de significado al concluir el filme. 

Hay muchos aspectos meritorios en la cuidada dirección que nos ofrece Ang Lee con su último trabajo. Uno de ellos es la suave técnica narrativa con que se desarrolla la aventura, comparable con las mejores narraciones literarias. Me explico. Los escenarios, situaciones y personajes (el que sean animales solo añade aun más mérito al trabajo) son presentados de forma poética y elegante gracias a una puesta en escena medida con tanta precisión y delicadeza (desde la composición fotográfica de los planos hasta los ágiles pero contenidos movimientos de cámara) que todo parece estar rodeado por un aire literario-fabulesco, como si se pretendiera evidenciar que el origen del relato se encuentra en una novela y respetar así su carácter esencial. 

Seguramente, el mérito más evidente de la pieza se encuentra en su condición de película llena de simbolismos, reflexiones y para nada repetitiva cuyo desarrollo se da mayoritariamente en un único escenario y solo con dos personajes (repetimos, uno de ellos animal). Pero centrarse en ello sería quedarse en la superficie. Des de mí punto de vista, el mayor mérito se encuentra en la casi inimaginable harmonía con que conviven espectáculo y profundidad en una película de tales dimensiones. Y es que durante los primeros minutos del metraje, uno tiene la sensación de disponerse a ver una buena película de aventuras; y por ello y con la esperanza de pasar un buen rato, se hace la vista gorda ante ciertos aspectos aparentemente tratados con superficialidad. Nada más lejos.

La película avanza y el espectáculo visual (que sigue allí de forma igualmente deslumbrante) va perdiendo fuerza para ceder terreno al desarrollo personal del protagonista. Cada vez estamos más cerca del personaje y finalmente espectáculo y reflexión coinciden en un mismo punto logrando una fantástica complementación: las escenas deslumbrantes ya no impresionan tan solo por su apariencia, sino que contienen una magnífica carga emocional que conduce el relato hacia un profundo y emotivo desenlace. Son muchos los momentos en que Ang Lee nos deslumbra con movimientos de cámara imposibles y secuencias de pura belleza visual, pero ello no solo no le impide llevar a cabo una preciosa reflexión existencialista, sino que una cosa y otra se complementan a la perfección como solo logran las grandes películas de directores como fuera por ejemplo David Lean (salvando, si uno quiere, las distancias).

Siempre es un placer descubrir joyas sencillas a la vez que profundas dirigidas a todo el público sin miedo a la innovación, joyas que dejan al espectador con aquella hermosa sensación agridulce que solo poseen las películas que nunca pasarán de moda.

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La Cueva de Los Sueños Olvidados: 3D Reinventado

Iré directamente al grano: La cueva de los sueños olvidados me parece una pieza cinematográfica espléndida e inolvidable. Vamos allá.

Nada más empezar, la voz en off de Herzog nos cuenta brevemente qué es Chauvet: una cueva situada en Francia que contiene las más antiguas pinturas rupestres conocidas, así como otras manifestaciones de la vida del Paleolítico Superior.

Sus palabras son profundas pero humildes e invitan a la reflexión sin imponer discurso alguno, siempre sugiriendo antes que señalando. Las magníficas imágenes exteriores de la cueva, acompañadas por dicha voz y guarnecidas por un acertado uso del 3D, están tomadas por una cámara que se balancea con suavidad conduciendo los curiosos ojos del espectador hacia el interior de lo desconocido.

El resultado de todo ello es una belleza magistral que va mucho más allá del simple esteticismo y que consigue una profundidad tridimensional mucho más compleja que el mero espectáculo visual.

Herzog pretende transmitir con fidelidad las sensaciones experimentadas dentro de la cueva, y para ello no descuida detalle alguno. No solo nos permite explorar Chauvet hasta su último rincón, sino que además nos da un minuto para escuchar su silencio e incluso nos habla del olor que desprende (atención al personaje entrevistado especializado en perfumes). La experiencia es tan cercana que uno tiene que reprimir el impulso de incorporarse para acariciar las rocas pintadas.

Pero La cueva de los sueños olvidados no sólo guarda su belleza en el interior de la cueva. En primer lugar está el exterior, fantásticamente dibujado de forma visual (excelentes tomas del bosque y río que rodean Chauvet; imágenes de ensueño conseguidas mediante el balanceo de un helicóptero teledirigido), así como también oralmente (otra vez la mencionada voz en off) y mediante un impecable tratamiento de sonido directo (cuidadísimo detalle que acompaña todo el documental).

En segundo lugar, están los personajes, que gracias a las bien escogidas preguntas del director, desprenden profundidad y calidez. De este modo, Herzog no sólo busca su testimonio, sino que también despierta nuestro interés hacia ellos como personas independientes del contexto en que se encuentran (está el pasado de malabarista de uno de ellos, los – fracasados – intentos de tirar una lanza prehistórica tal y como lo hacían los neandertales de otro, las melodías sacadas de una flauta prehistórica por parte de un individuo vestido con ropajes igualmente prehistóricos…).

Mención especial merece el empleo del 3D que, siempre al servicio de la película, saca el máximo jugo de cada plano sin que su evidencia resulte incómoda en ningún momento.

Por último, la conclusión de la película resulta conmovedora. Sin desvelar detalles significativos que merezcan ser vistos personalmente, mencionar la vertiginosa (pero magnífica) sensación al comprender que Chauvet no es solamente una puerta hacia el pasado, sino un espacio multitemporal donde nuestro tiempo también quedará encerrado, un espacio donde en un futuro alguien descubrirá evidencias sobre la existencia de nuestro presente. Aquí es donde reside la verdadera tridimensionalidad de la película.

Martí Sala

Avatar (2009)

L’espectacularitat és l’exemple perfecte per entendre com els mètodes que escull un director suposen un risc que a vegades resulta fins i tot contraproduent per al seu treball (entenent els “mètodes” com a forma a través de la qual un cineasta estableix un vincle entre l’estètica o apartat visual i el tema que engloba el seu film).

L’any 2004 Clint Eastwood estrenava Million Dollar Baby. La pel•lícula fou aclamada per la crítica. Fantàstica fotografía, diàlegs estudiats, àcting delicat i contingut fins al punt d’arribar a crear un ritme intern que no perd el tempo en cap compàs… En resum, una pel•lícula manierista en tota regla.

Tantmateix, encara avui no aconsegueixo descobrir cap vincle entre l’apartat estètic o visual de la pel•lícula i la temàtica que s’hi “amaga” (no hi ha altre paraula): la perfecció del treball de Clint Eastwood acaba eliminant tota naturalitat i impedeix transmetre la misèria i tristesa de la que l’autor es proposava parlar. Vet aquí un exemple de mètode (l’exagerat manierisme clàssic) arriscat amb resultats negatius.

Igual que passa amb la comèdia i el terror, actualment estem tan acostumats a que se’ns bombardegi amb pel•lícules farcides d’espectacularitat com a únic ganxo d’atracció comercial que s’acaben establint relacions entre mètodes i talent (espectacularitat és sinònim de mala qualitat i artesania de bona). Acabem oblidant que els mètodes no determinen la qualitat d’un treball, sinó la manera que té el director d’usar-los.

Avatar és, abans que res, una pel•lícula espectacular. Gran part d’ella ha estat generada per ordinador i aquesta no es queda curta pel que fa a efectes especials i impacte visual. Està justificada, però, tal espectacularitat? Hi ha una explicació que ens condueixi a pensar que els mètodes escollits no estan sinó al seu servei?

James Cameron es proposa descobrir-nos un món, i per fer-ho, va a poc a poc. Jake Sully (Sam Worthington, protagonista del film) ha estat escollit per endinsar-se a Pandora, planeta habitat per unes criatures anomenades Na’vi, i des del moment en què aquest inicia el seu viatge, el públic l’acompanya.

L’impacte visual va introduint-se de manera progressiva. Juntament amb Sully, l’observador del film s’endinsa a poc a poc en el món de Cameron. La presentació del planeta i tota la seva atmosfera és tan gradual que l’espectador pràcticament no té temps de sorprendre’s: aquest s’acaba descobrint a si mateix integrat en un film, o més aviat, en un món impressionant.

Jake Sully, protagonista de la pel·lícula, és un ex-marine paraplègic. No és estrany, doncs, que en el moment en què aquest entra dins del seu avatar (cos artificial semblant al dels Na’vi que els humans fan servir per desplaçar-se per Pandora) la seva reacció sigui posar-se a córrer, seqüència reproduida amb tanta agilitat i carisma que aconsegueix transmetre la sensació (inexistent) de trobar-se en un cos que no és el seu. De la mateixa manera, no és estrany apreciar durant tot el film com el protagonista explota tant com pot la mobilitat que el seu cos humà no té.

A mesura que el relat avança, el públic perd de vista el món real i passa a formar part de Pandora, i quan això succeeix, descobreix que aquest té la seva lògica, les seves normes i la seva vida. Sent així, un entén per què James Cameron ha decidit construïr un món generat per ordinador: aquest món ja existia dins del cap del director, de manera que la realitat no li servia per representar-lo.

Jake Sully va descobrint Pandora i el públic també. L’agilitat amb què la història està narrada mou el públic d’un cantó cap a l’altre com si el bressolés amb tendresa procurant no provocar mareigs ni incomoditats (cal no oblidar que es tracta d’un film rodat en tres dimensions) fins que aquest s’hi acostuma i hi pot caminar, moment en què la muntanya russa pren força i l’espectacularitat mostra totes les seves cartes (sempre al servei del què el públic desitja i mai resultant excessiva ni desfassada).

Així doncs, un cop entès el mètode que utilitza James Cameron, les ulleres acaben sent tan sols un mitjà per aproximar-se encara més a l’esdeveniment: la pel•lícula funciona per si sola, està ben realitzada i sap fer-se entendre, les ulleres són el farcit del pastís que l’acaba de fer perfecte. En altres paraules, les ulleres no són l’atracció de la pel•lícula en si, sinó que senzillament la fan millor del què per si sola ja és.

Com a resultat, quan un acaba de veure Avatar té la sensació d’haver estat presenciant un esdeveniment gens habitual: James Cameron s’ha arriscat recorrent a un dels recursos més inestables del cinema i ha demostrat no tan sols haver encertat sinó ser un dels directors més visionaris del moment. James Cameron ha aconseguit una èpica història d’aventures per a tots els públics com n’hi ha hagut poques en els últims anys i que, n’estic segur, trigarà a tornar-n’hi a haver.

Martí Sala