Noticias frescas con El gran Gatsby

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Introducción: los tiempos que vivimos

Una de las particularidades de la corriente cinematográfica del Nuevo Cine del Siglo XXI es que está formada por una serie de películas cuyos directores pueden dividirse en dos colectivos: el de los directores debutantes y el de los directores de resurgimiento inesperado. Estos últimos son un conjunto de autores que, tras dar sus primeros frutos, o bien cayeron en el olvido o parecieron agotar prematuramente su creatividad; no obstante, a mediados de la primera década del 2000 reaparecieron convertidos en referentes principales. Son los casos de David O. Russell, que tras su estrepitoso fracaso con Extrañas coincidencias resurgió de las cenizas con El luchador; o Stefen Daldrey, quien regresó a las pantallas con la aclamada El lector tras seis años de inactividad desde Las horas. Otro ejemplo puede ser Danny Boyle, a quien público y crítica casi habían olvidado por culpa de títulos como La playa o Sunshine pero que de un día para el otro conquistó los corazones de la academia con Slumdog Millionair; o Darren Aronofsky, que se deshizo del crucifijo recibido por La fuente de la vida gracias a El luchador y Cisne negro. Habían llegado nuevos tiempos de reinvención.

Los Hermanos Coen reapareciendo con No es país para viejos, Alexander Paine recuperando su prestigio con Los descendientes, David Fincher deshaciéndose del mal gusto de La habitación del pánico con Zodiac y El curioso caso de Benjamin Button, James Cameron regresando a las pantallas con Avatar tras doce años de inactividad… Podemos decir que en la segunda mitad de la primera década del 2000 tuvo lugar un extraño resurgimiento cinematográfico que pareció llenar de inspiración a todo un conjunto de directores que aparentemente habían perdido toda su creatividad. Y lo más curioso es que de este fenómeno brotó una nueva corriente estilística (a la que un servidor ya se ha referido como Nuevo Cine del Siglo XXI) que, entre otras cosas, nutrió de nueva inspiración a directores muy anteriores a los que acabamos de citar; directores cuya aportación creativa dábamos por terminada desde hacia años. Son los casos de Martin Scorsese con La invención de Hugo, Ang Lee con La vida de Pi, Steven Spielberg con Lincoln, Robert Zemekis con El vuelo y el reciente caso de Baz Luhrman con El gran Gatsby.

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Los cuatro jinetes y el llanero solitario 

Hablamos de un conjunto de autores que, como resultado de su fuerte arraigamiento a la industria, acaban por depender de la situación cinematográfica vigente. Por ejemplo, podemos observar cómo a partir del momento en que el cine empieza a magnificar al individuo con títulos de falsa épica como Gladiator o El último Samurai Scorsese parece perder el sentido de las proporciones con sus fallidas Gangs of New York y El aviador. Del mismo modo que cuando irrumpe en las salas de cine la primera oleada de superhéroes, Ang Lee no tarda en hacer su aportación con Hulk; y tan pronto como los efectos especiales generados por ordenador secuestran al cine de espectáculo, Spielberg y Zemeckis se suben al carro con las exageradas I.E. Inteligencia artificial, Minority Report y los títulos de motion-capture Polar Express y Beowulf. Lo que ocurre con Baz Luhrman durante este período es que brilla por su ausencia. Ang Lee da su canto de cisne con La tormenta de hielo, Spielberg con Salvar al soldado Ryan, Scorsese con Al límite, Zemekis con Náufrago y Luhrman con Moulin Rouge. Después de ello, los cuatro primeros empiezan a divagar de formas extrañas y Luhrman sencillamente desaparece.

Poco después de la reaparición del director de Romeo y Julieta con la olvidable Australia (película dotada de todos los tópicos que puedan encontrarse en la corriente cinematográfica habida en la ausencia del director – es decir, desde 2001 hasta 2008 -) tiene lugar la nueva oleada de creatividad mencionada más arriba (de la que es testigo la significativa selección de candidatas a los Oscars 2008). Esta oleada se encarga básicamente de devolver al cine los personajes creíbles y elimina la tendencia a magnificar los acontecimientos, conviertiendo al mismo tiempo a las imágenes generadas por ordenador en un recurso modesto al servicio de la película. Todo ello y mucho más puede apreciarse en la nada convencional El Gran Gatsby, película que, como hicieran las ya mencionadas La invención de Hugo, La vida de Pi, Lincoln o El vuelo se nutre de los mejores frutos del Nuevo Cine del Siglo XXI para convertirse en un trabajo tan deslumbrante como personal.

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Imágenes con valor oculto

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Determinadas imágenes iniciales que en un primer momento me parecieron tópicas e insustanciales son las que acuden a mí memoria con dulzura cuando pienso ahora en La vida de Pi. Y es que estas tienen una belleza inmaterial tan solo apreciable cuando se comprende, al finalizar el metraje, su verdadero significado. Son esas mismas imágenes que en un primer momento acepté como una concesión molesta y chirriante las que me hicieron derramar lágrimas cuando volvieron a mí mente cargadas de significado al concluir el filme. 

Hay muchos aspectos meritorios en la cuidada dirección que nos ofrece Ang Lee con su último trabajo. Uno de ellos es la suave técnica narrativa con que se desarrolla la aventura, comparable con las mejores narraciones literarias. Me explico. Los escenarios, situaciones y personajes (el que sean animales solo añade aun más mérito al trabajo) son presentados de forma poética y elegante gracias a una puesta en escena medida con tanta precisión y delicadeza (desde la composición fotográfica de los planos hasta los ágiles pero contenidos movimientos de cámara) que todo parece estar rodeado por un aire literario-fabulesco, como si se pretendiera evidenciar que el origen del relato se encuentra en una novela y respetar así su carácter esencial. 

Seguramente, el mérito más evidente de la pieza se encuentra en su condición de película llena de simbolismos, reflexiones y para nada repetitiva cuyo desarrollo se da mayoritariamente en un único escenario y solo con dos personajes (repetimos, uno de ellos animal). Pero centrarse en ello sería quedarse en la superficie. Des de mí punto de vista, el mayor mérito se encuentra en la casi inimaginable harmonía con que conviven espectáculo y profundidad en una película de tales dimensiones. Y es que durante los primeros minutos del metraje, uno tiene la sensación de disponerse a ver una buena película de aventuras; y por ello y con la esperanza de pasar un buen rato, se hace la vista gorda ante ciertos aspectos aparentemente tratados con superficialidad. Nada más lejos.

La película avanza y el espectáculo visual (que sigue allí de forma igualmente deslumbrante) va perdiendo fuerza para ceder terreno al desarrollo personal del protagonista. Cada vez estamos más cerca del personaje y finalmente espectáculo y reflexión coinciden en un mismo punto logrando una fantástica complementación: las escenas deslumbrantes ya no impresionan tan solo por su apariencia, sino que contienen una magnífica carga emocional que conduce el relato hacia un profundo y emotivo desenlace. Son muchos los momentos en que Ang Lee nos deslumbra con movimientos de cámara imposibles y secuencias de pura belleza visual, pero ello no solo no le impide llevar a cabo una preciosa reflexión existencialista, sino que una cosa y otra se complementan a la perfección como solo logran las grandes películas de directores como fuera por ejemplo David Lean (salvando, si uno quiere, las distancias).

Siempre es un placer descubrir joyas sencillas a la vez que profundas dirigidas a todo el público sin miedo a la innovación, joyas que dejan al espectador con aquella hermosa sensación agridulce que solo poseen las películas que nunca pasarán de moda.