El Gran Gatsby

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Pasado y presente

En Moulin Rouge descubrimos una película que tomaba prestado el esquema del romance imposible de títulos como Los puentes de Madison, El paciente inglés, Titanic o El fin del romance y lo englobaba con el entonces joven descubrimiento de las imágenes generadas por ordenador, usadas a modo de impulsor para dinamizar el tempo, como hicieran las también noventeras Matrix o El club de la lucha. El resultado fue notable. A lo largo del tiempo que transcurre entre el estreno de Moulin Rouge y el siguiente trabajo de Baz Luhrman, películas como El señor de los anillos, Harry Potter, Master and comander, Piratas del caribe, Troya e incluso Million dolar Baby convierten a los personajes cinematográficos en monigotes inanimados cuya personalidad se reduce a un carácter tópico y claramente prefabricado. Es decir, nos encontramos ante una colección de figuras deshumanizadas cuya única razón de ser es lograr un objetivo impuesto por el guión. ¿Y los obstáculos con que topan los objetivos de estos personajes? Sencillamente, todo lo que quepa en las imágenes generadas por ordenador. Todo ello (y mucho peor) está en Australia, la película con que Baz Luhrman regresó a las pantallas siete años después de Moulin Rouge.

En los cinco años que separan Australia y El gran Gatsby llegan a la gran pantalla películas como El curioso caso de Benjamin Button, El lector, En tierra hostil, El luchador, La red social, El discurso del rey o Cisne negro, que devuelven al cine el peso de sus personajes. Se trata de un conjunto de piezas que reivindican la humanidad del protagonista y en ocasiones hasta consiguen su exaltación sin que ello lo deshumanice (casos obvios son El curioso caso de Benjamin Button, El luchador y El discurso del rey). Durante este período incluso tiene lugar la aparición de títulos como Iron man, Avatar o Los vengadores, que por irónico que parezca, ofrecen una lograda reconstrucción del cine épico mediante un nuevo uso de la infografía, ahora 100 % al servicio de la película. Es esta épica bien entendida, esta presentación de personajes algo más complejos que lo establecido por los tópicos, este uso de la imagen generada por ordenador al servicio del relato, e incluso esta magnificación del individuo que no niega la humanidad del mismo lo que encontramos en la agradable sorpresa que es el nuevo trabajo de Baz Luhrman, El gran Gatsby.

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El Gran Baz Luhrman

En su inicio, el nuevo trabajo del director australiano puede causar cierta sensación de mareo e incluso parecer algo exagerado formalmente. Sin embargo, tan pronto como los personajes sacan a relucir su cuidado perfil aprendemos a entender las filigranas narrativas como la plasmación en imágenes de las distintas personalidades que aparecen en esta historia. La frenética puesta en escena del viaje en coche de Nick y Gatsby no es otra cosa que la exposición de dos personalidades radicalmente opuestas; una de ellas desenfrenada, emprendedora e inconsciente y la otra mucho más modesta, precavida y temerosa de la realidad. La histriónica presentación del matrimonio Buchanan no es ni mas ni menos que la exposición de un falso matrimonio feliz en donde los bienes materiales suplen el amor y amortiguan el impacto de las (evidentes) señales de declive, visibles incluso a ojos ajenos de la relación. Al final no solo aceptamos el (aparentemente) exagerado manierismo de Baz Luhrman como un recurso válido, sino que acabamos hasta por amarlo; pues tan pronto como nos acostumbramos a él comprendemos que en realidad no existe una opción mejor para plantear su discurso.

Pero los aspectos interesantes de El gran Gatsby no se reducen únicamente a la interacción entre puesta en escena y personajes. Como sabrán los lectores de la novela homónima de Francis Scott Fitzgerald, la historia romántica entre Gadsby y Daisy tiene como base una potente radiografía social que no deja títere con cabeza, y en ese aspecto podemos decir que Baz Luhrman respeta meticulosamente cada detalle de la obra original (evidentemente, pasándola por el filtro de la hiperactividad, algo que sienta de maravilla a esta película). El director de Love is in the Air construye un interesante discurso sobre el fracaso en el intento de ascensión de clases, algo que en cierto modo recuerda a la magnífica Barry Lyndon de Stanley Kubrick. De hecho, en un curioso ejercicio de exprimir al máximo la reflexión social de Kenedy, Lurman nos ofrece un repaso de la práctica totalidad de la sociedad del siglo XX: lo que contemplamos es la historia de un personaje que da testimonio de las vivencias de la alta sociedad por dentro y por fuera y que, además, presencia personalmente la ascensión y el declive de un pretendido nuevo rico. En realidad esto último es lo que se resume en la magnífica secuencia en que Gatsby y Tom compiten verbalmente para apropiarse del futuro de Daisy.

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El nuevo mainstream

Si hace cinco años el director australiano encontró cabida en la industria cinematográfica gracias a un dibujo mal trazado de la historia romántica aborrecida por todos los públicos, ahora se reincorpora en ella con El Gran Batsby, una magnífica adaptación del anticonformista trabajo literario de Francis Scott Fitzgerald (adaptación muy superior, en mi opinión, a la que Jack Clayton hiciera en los años setenta con Robert Redford y Mia Farrow). Si Australia compartía con su cine contemporáneo la condición de culebrón superficial plagado de aventurillas, El Gran Gatsby se abre camino entre el Nuevo Cine del Siglo XXI presentando una demoledora deconstrucción del sueño americano. En resumen, así como Australia parece un reflejo del espectáculo para masas convencional propio de la primera mitad de la década de los 2000, El gran Gatsby parece reunir los mejores aspectos del cine trascendental del Nuevo Cine del Siglo XXI. A lo largo de la película, la voz en off de Tobey Maguire nos transmite su angustia ante la incapacidad de encontrar a una persona tan honesta como lo fuera en su momento su amigo Gatsby. Pues bien, Baz Luhrman puede estar tranquilo, pues ha logrado uno de los productos más honestos que cualquier minstream nos haya traído en años. 

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Noticias frescas con El gran Gatsby

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Introducción: los tiempos que vivimos

Una de las particularidades de la corriente cinematográfica del Nuevo Cine del Siglo XXI es que está formada por una serie de películas cuyos directores pueden dividirse en dos colectivos: el de los directores debutantes y el de los directores de resurgimiento inesperado. Estos últimos son un conjunto de autores que, tras dar sus primeros frutos, o bien cayeron en el olvido o parecieron agotar prematuramente su creatividad; no obstante, a mediados de la primera década del 2000 reaparecieron convertidos en referentes principales. Son los casos de David O. Russell, que tras su estrepitoso fracaso con Extrañas coincidencias resurgió de las cenizas con El luchador; o Stefen Daldrey, quien regresó a las pantallas con la aclamada El lector tras seis años de inactividad desde Las horas. Otro ejemplo puede ser Danny Boyle, a quien público y crítica casi habían olvidado por culpa de títulos como La playa o Sunshine pero que de un día para el otro conquistó los corazones de la academia con Slumdog Millionair; o Darren Aronofsky, que se deshizo del crucifijo recibido por La fuente de la vida gracias a El luchador y Cisne negro. Habían llegado nuevos tiempos de reinvención.

Los Hermanos Coen reapareciendo con No es país para viejos, Alexander Paine recuperando su prestigio con Los descendientes, David Fincher deshaciéndose del mal gusto de La habitación del pánico con Zodiac y El curioso caso de Benjamin Button, James Cameron regresando a las pantallas con Avatar tras doce años de inactividad… Podemos decir que en la segunda mitad de la primera década del 2000 tuvo lugar un extraño resurgimiento cinematográfico que pareció llenar de inspiración a todo un conjunto de directores que aparentemente habían perdido toda su creatividad. Y lo más curioso es que de este fenómeno brotó una nueva corriente estilística (a la que un servidor ya se ha referido como Nuevo Cine del Siglo XXI) que, entre otras cosas, nutrió de nueva inspiración a directores muy anteriores a los que acabamos de citar; directores cuya aportación creativa dábamos por terminada desde hacia años. Son los casos de Martin Scorsese con La invención de Hugo, Ang Lee con La vida de Pi, Steven Spielberg con Lincoln, Robert Zemekis con El vuelo y el reciente caso de Baz Luhrman con El gran Gatsby.

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Los cuatro jinetes y el llanero solitario 

Hablamos de un conjunto de autores que, como resultado de su fuerte arraigamiento a la industria, acaban por depender de la situación cinematográfica vigente. Por ejemplo, podemos observar cómo a partir del momento en que el cine empieza a magnificar al individuo con títulos de falsa épica como Gladiator o El último Samurai Scorsese parece perder el sentido de las proporciones con sus fallidas Gangs of New York y El aviador. Del mismo modo que cuando irrumpe en las salas de cine la primera oleada de superhéroes, Ang Lee no tarda en hacer su aportación con Hulk; y tan pronto como los efectos especiales generados por ordenador secuestran al cine de espectáculo, Spielberg y Zemeckis se suben al carro con las exageradas I.E. Inteligencia artificial, Minority Report y los títulos de motion-capture Polar Express y Beowulf. Lo que ocurre con Baz Luhrman durante este período es que brilla por su ausencia. Ang Lee da su canto de cisne con La tormenta de hielo, Spielberg con Salvar al soldado Ryan, Scorsese con Al límite, Zemekis con Náufrago y Luhrman con Moulin Rouge. Después de ello, los cuatro primeros empiezan a divagar de formas extrañas y Luhrman sencillamente desaparece.

Poco después de la reaparición del director de Romeo y Julieta con la olvidable Australia (película dotada de todos los tópicos que puedan encontrarse en la corriente cinematográfica habida en la ausencia del director – es decir, desde 2001 hasta 2008 -) tiene lugar la nueva oleada de creatividad mencionada más arriba (de la que es testigo la significativa selección de candidatas a los Oscars 2008). Esta oleada se encarga básicamente de devolver al cine los personajes creíbles y elimina la tendencia a magnificar los acontecimientos, conviertiendo al mismo tiempo a las imágenes generadas por ordenador en un recurso modesto al servicio de la película. Todo ello y mucho más puede apreciarse en la nada convencional El Gran Gatsby, película que, como hicieran las ya mencionadas La invención de Hugo, La vida de Pi, Lincoln o El vuelo se nutre de los mejores frutos del Nuevo Cine del Siglo XXI para convertirse en un trabajo tan deslumbrante como personal.