All is lost (J.C. Chandor)

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No cabe duda de que el principal atractivo de Margin Call es el lucimiento de los actores y la profundidad que emanan los personajes que estos interpretaban. La opera prima de J.C. Chandor nos sorprendió por la naturalidad con que dicho director esbozaba las personalidades que se esconden tras el incomprensible lenguaje de la bolsa estadounidense; según él, un perverso juego de roles con una distribución jerárquica fuertemente atada al grado de frialdad de cada jefe de departamento. De modo que, siendo el primer trabajo de Chandor una película tan fuertemente arraigada a la descripción de personajes, es muy sorprendente que su segundo trabajo constituya todo lo contrario: Cuando todo está perdido presenta una puesta en escena dotada de un único personaje, desprovista de diálogos y totalmente reacia a ofrecer ningún tipo de información acerca de dicho personaje. Una apuesta din duda muy arriesgada, pues el director de Margin Call ha apostado por llevar al extremo el concepto de “narrar con imágenes”, depositando toda su confianza en que las imágenes expuestas y el rompecabezas que estas componen posean la fuerza suficiente para enganchar al espectador. Y lo cierto es que Chandor ha logrado su cometido.

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Lo comentado hasta el momento basta para comprender que la película que nos ocupa pertenece a la corriente contemporánea del Nuevo Cine del Siglo XXI: una película de supervivencia que centra su atención en el contexto antes que en las heroicidades de su protagonista, que opta por una narrativa realista en vez de la construcción esquemática del manido filme de aventuras. Pero hay algo más que nos induce a situar Cuando todo está perdido en este col·lectivo fílmico. En primer lugar, está la completa ausencia de efectos especiales generados por ordenador; algo que contribuye notablemente a añadir verosimilitud al relato, evidenciando de algún modo que en esta aventura no hay espacio para las concesiones. En segundo lugar, está este tratamiento de imagen en donde la cámara jamás se aleja más de un metro del protagonista, como si su misión fuese demostrar que todo lo que le sucede queda registrado, sin espacio para peligrosas elipsis que pudieran acudir en socorro de dicho protagonista. Chandor da un salto al vacío obligándose a si mismo a narrar con entera honestidad, anclándose a las fuertes cadenas de la realidad y cortando toda comunicación con recursos de la ficción que pudieran lanzarle un salvavidas.

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Alguien podría reprochar a J.C. Chandor que su protagonista carece de profundidad. Y en cierto modo, se trata de una afirmación del todo cierta. Pero es evidente que este hecho no se debe a ningún descuido, sino a la firme convicción por parte del director de que el protagonista de su historia no necesita una caracterización profunda, sino bien perfilada. Y este es un trabajo que Chandor se toma muy en serio: a pesar de no saber nada de él, las acciones que vemos llevar a cabo a dicho protagonista nos convencen de su firme voluntad por sobrevivir, de su inagotable insistencia en superar cada obstáculo. Y ello basta para situarnos en el contexto deseado y para despertar nuestro interés hacia los hechos relatados. Pues si bien es cierto que dicha profundidad no queda explícita en la película, í se intuye en cada movimiento del personaje, como si este poseyera una fuerte personalidad envuelta por un firme carácter introvertido. Lo que queda es una trepidante película de supervivencia que dinamita fronteras narrativas y abre nuevos caminos para el cine de aventuras contemporáneo, añadiendo su granito de arena en esta sorprendente oleada de films que nos está ofreciendo el Nuevo Cine del Siglo XXI.

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Star Trek: En la oscuridad – Primer Blockbuster veraniego

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El Nuevo Cine del Siglo XXI es una corriente cinematográfica que se caracteriza sobre todo por presentar un estilo narrativo que se aleja del sello “newhollywoodiense setentero”. No obstante, ambas corrientes comparten un rasgo determinado, presente en la mayor parte del cine de alta calidad. Este rasgo no es otro que la autoría. Por ejemplo, tan reivindicable es la personalidad de Ang Lee en su película La vida de Pi como lo es la de William Friedkin en su film de terror El exorcista; y si queremos ser más quisquillosos, igual de visible es la mano de Christopher Nolan en la trilogía de El caballero oscuro que la de Francis Ford Coppola en la trilogía El padrino. Evidentemente, existen grandes títulos cinematográficos de nula autoría, como también hay productos desechables en el terreno del cine de autor. Pero en cualquier caso, es innegable que una personalidad bien definida es capaz de obrar milagros donde un trabajo académico obraría una catástrofe. Y aquí se encuentra, precisamente, lo interesante de los principales blockbusters programados para este verano, una serie de películas de indiscutible autoría que demuestran que el citado Nuevo Cine del Siglo XXI ha empezado su conquista en el campo veraniego.

Sobra decir que Star Trek: En la oscuridad se encuentra dentro de este colectivo. Y lo más interesante es que, si bien es cierto que la personalidad de J.J. Abrams ha logrado convertir en una pequeña joya un proyecto que hecho de otro modo probablemente rozaría el ridículo, también lo es que el creador de Lost ha llevado a cabo un trabajo muy distinto de lo que suele esperarse de un director al que se denomina “autor”. Me explico. El caso es que la mano de J.J. Abrams se percibe en Star Trek: en la oscuridad no como una tendencia introspectiva destinada a convertir la película en un trabajo personal (como sí podría decirse de El caballero Oscuro, Origen e incluso – mal que me pese – de El hombre de acero) sino mas bien como un ejercicio de convertir en apto para todos los públicos un universo que hasta hace poco tiempo casi podía tacharse de elitista (vamos, un mundo solo apto para los trekis). Es decir, si un director como Christopher Nolan personaliza un universo y unos personajes antaño exclusivamente pertenecientes al imaginario colectivo, J.J. Abrams hace exactamente lo contrario. Una apuesta indudablemente atrevida, especialmente teniendo en cuenta el buen resultado.

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Hablamos de algo parecido a un ejercicio de comercialización bien entendida, un acercamiento de la franquicia al gran público que, a diferencia de buena parte de los blockbusters contemporáneos, no toma a este último por analfabeto. Si por ejemplo en los casos de Piratas del Caribe, Las cronicas de Narnia, A todo gas, Tintín y parecidos el objetivo era hipnotizar al gran público mediante los brincos imposibles de una serie de personajes sin alma, en su último trabajo J.J. Abrams vierte un cariño especial a sus protagonistas para lograr una agradable conexión entre estos y su público. Gracias a ello el gancho comercial ya no se encuentra en la magnitud de los efectos especiales ni en la espectacularidad visual de las aventuras (que las hay y muy bien hechas), sino en un bien despertado interés por descubrir adonde llevarán las experiencias de cada uno. Y una vez expuesto su carisma, J.J. Abrams exprime al máximo su potencial, poniendo a prueba su personalidad y sacando a relucir virtudes y defectos de todos ellos. Pues si uno presta atención, se da cuenta de que cada uno de los personajes experimenta y resuelve su propia crisis personal, contribuyendo de forma discreta al desarrollo de la aventura.

Todo ello y una cuidada contención del uso de los efectos especiales y de los tempos narrativos hacen que las escenas de acción y las aventuras espaciales resulten tremendamente apetitosas. En resumen, J.J. Abrams descubre una nueva y bella forma de manifestar su sello personal que puede resumirse de la siguiente forma: un refinado proceso de comercialización que no entiende el producto comercial como la simplificación de lo complejo sino como la exaltación de lo interesante. Con lo cual podemos decir que estamos ante una de esas películas de aventuras comerciales que hacen que uno pueda hablar de buen cine en medio de una conversación de grupo. Y en cualquier caso, siempre resulta agradable poder compartir la gustosa experiencia de descubrir títulos cinematográficos que no entienden la inhibición como un acto de dejar inconsciente de un porrazo la totalidad de nuestro intelecto.

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Nuevo Cine Del Siglo XXI [ 6.7 ]

9 .- Avatar – año 2009

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 Es un hecho probado que una reflexión profunda bien desarrollada puede convertirse una fantástica obra artística. De hecho, existen incontables ejemplos cinematográficos que lo corroboran. Pienso en películas como Persona (Igmar Bergman, 1966), 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrik, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972), Funny Games (Michel Haneke, 1997), El árbol de la vida (Terrence Malik, 2011 – no me cansaré de defenderla- ) o En la casa (François Ozon, 2012). Lo curioso de esta serie de películas es que en su estreno o bien fracasaron comercialmente o bien fueron tildadas de pretenciosas por buena parte de la crítica. En fin, se trata de un hecho trivial que no me molesta en absoluto… si no fuera porque cuando finalmente irrumpió en nuestras pantallas una cinta de aventuras que cumplía su objetivo al pie de la letra rápidamente fue tachada de superficial y vacía. Y entonces un servidor se formuló una inocente pregunta: ¿En que coño quedamos?

Exponer esta pequeña reflexión tiene para mi dos funciones. La primera es purificar mi conciencia tras el duro esfuerzo que me supuso elogiar la película El caballero oscuro. La segunda, y ahora hablando en serio, es la de aproximarnos a un hecho que debemos tener en cuenta si pretendemos comprender qué fue exactamente lo que aportó al cine la llegada de una película (debo admitirlo) poco más profunda que el hueco de una cuchara. Y este hecho es que, en el año 2009, llevábamos infinidad de tiempo sin presenciar el estreno de una película de aventuras decente cuyo formato se redujera al esquema argumental convencional, sin otra pretensión que la de distraer a la familia. Fijemonos en el arranque de milenio. Toda película de aventuras que podamos encontrar de aquel entonces cuenta con un cebo comercial encargado de reciclar seguidores (por ejemplo, el bestseller, como en los casos de El señor de los anillos, Harry Potter y Las crónicas de Narnia), e inmediatamente deriva en un sinfín de secuelas que monopolizaron la taquilla (ídem, Piratas del Caribe).

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En resumen, en aquel entonces no había película de aventuras que se atreviera a destacar por su propia identidad, y casi todas acabaron convirtiéndose en soporíferos espectáculos de infografía gratuita (recuérdese cómo desde que George Lucas y Petter Jacson demostraran de lo que eran capaces los ordenadores las películas de aventuras parecieron olvidarse por completo de la realidad – añádase a este colectivo las dos secuelas de Matrix y 007: Muere otro día -). Y todavía hay un factor más a tener en cuenta: la aparición de la piratería, entonces incrementada por la recién aparecida crisis financiera. Recordémoslo: en aquel entonces, los videoclubes empezaban a extinguirse y los cines comenzaban a sufrir graves sacudidas económicas. La gente, hipnotizada por sus monitores, parecía estar perdiendo el interés hacia la pantalla gigante; y de hecho, antes de la aparición del título que nos ocupa tan solo El caballero Oscuro logró un taquillazo significativo desde que Petter Jackson cerrara su trilogía en 2003.

En tales circunstancias apareció James Cameron con su hipnótico experimento tecnológico. Y a pesar de la dura situación, una vez más demostró su capacidad para orquestar superproducciones de dimensiones inconmensurables, usando como único soporte la estructura convencional de la historieta de aventuras. De repente la gente volvió a correr hacia las salas, el cine recuperó su carácter universal, las películas volvieron a aparecer en las conversaciones triviales… y lo que es más, las familias reencontraron aquella humilde película de aventuras para comentar durante el almuerzo, aquella que años atrás encontraran en Las minas del rey Salomón, La reina de Africa, Indiana Jones o Tras el corazón verde. Todo ello se dio, en gran parte, gracias al hecho de que James Cameron lograra una tremenda innovación al conseguir lo que tantos otros ya habían intentado sin éxito: servirse de los avances tecnológicos para hacer llegar sus personajes a aventuras nunca vistas. Algo muy parecido lograrían más tarde Los vengadores y La vida de Pi.

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Nuevo Cine del Siglo XXI [ 6.5 ]

7 .- Iron Man – año 2008

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Antes de la irrupción en las pantallas de las dos películas Iron Man y El caballero Oscuro la figura del superhéroe llevaba años peleada con el buen cine. Batman y Batman Vuelve a parte, eran poquísimas las películas protagonizadas por personajes superpoderosos que uno podía citar sin ruborizarse. Este hecho que puede atribuirse a dos razones:

1.- Antes de la llegada de joyas como Watchmen, Batman: año uno, El regreso del caballero oscuro o Arkham Asylum el cómic de superhéroes era poco más que un libreto de aventurillas destinado a entretener a los niños. Y esto es precisamente lo que el cine estuvo llevando a la pantalla durante años y años antes de que los verdaderos aficionados al cómic conquistaran parte del terreno cinematográfico. Y desgraciadamente, hasta entonces buena parte de los cinéfilos vivió convencida de que el buen cine y los superhéroes eran incompatibles.

2.- Nos guste o no, los superhéroes acostumbran a necesitar una producción capaz de sacar a relucir sin modestia sus habilidades fantásticas. Y esto no se dio al 100% hasta la aparición de la imagen generada por ordenador, algo que, además, en un primer momento no pareció nada bueno, pues de pronto los directores parecieron volverse locos jugando a descubrir cuanto más era capaz de hacer su nuevo juguete. Algo que, como es de esperar, acabó con toda profundidad de los personajes, que de repente parecieron convertirse en monigotes destinados a dar saltitos de un lado para otro.

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Para entender a qué me refiero, no hay más que ver el boom de películas de superhéroes que prácticamente monopolizaron las taquillas desde inicios de la década del 2000 hasta aproximadamente el año 2008: Blade, X-men, Spiderman, Hulk, Darredevil, Catwoman, La liga de los hombres extraordinarios, Los cuatro fantásticos, Superman Returns y todas las continuaciones respectivas. No es hasta el año 2005 cuando Christopher Nolan demuestra con Batman Begins que existe algo más allá del superhéroe destinado a dar brincos y a luchar maquinalmente en el nombre del bien. Pero ya llegaremos a eso.

Tal vez por la crisis financiera, tal vez por el cansancio del abuso de infografia o tal vez por desgaste propio, en el año 2008, la figura del superhéroe casado con el bien ya no era tan convincente como en sus inicios. De hecho, adaptaciones de cómics de carácter más adulto como la ya citada Batman Begins o la muy respetable Sin City parecían funcionar mucho mejor tanto a nivel económico como en el ámbito crítico. Y dentro de este nuevo terreno encontró un perfecto encaje la divertidísima Iron Man, una película que por primera vez se atrevió a ridiculizar al superhéroe al presentarlo como un alcohólico empedernido cuyos actos respondían únicamente a su egocentrismo.

Este carácter desenfadado, esta voluntad de priorizar la construcción del personaje ante el espectáculo visual y este saludable aspecto cómico que, paradójicamente, aportaría seriedad al trabajo, fueron los elementos que propulsaron hacia el éxito a esta nueva apuesta marveliana, elementos que, además, convertirían el género de superhéroes en el cine de aventuras contemporáneo gracias a las películas Star Trek, Kik-Ass, X-men: First class, Los vengadores y Iron Man 3.

Así se hizo Piratas del Caribe – Crítica para Frikinomikón

Personajes Piratas del Caribe

  • Oye, he pensado que podríamos hacer una de aventuras, como las de antes. Tu sabes, con especialistas y actores buenos…

  • Esto no vende, tío… Habría que ponerle estrellas de cine, de estas que fingen más que actúan.

  • Bueno, vale, pero… ¿y si inventamos algo nuevo? Podríamos hablar de la incomunicación de la sociedad moderna…

  • Calla, calla, que nos arruinas. Mejor métele algún romance, cuanto más previsible mejor.

  • Bueno, está bien… Pero, ¿que te parece si hacemos algo grande? Quiero decir… Con imágenes reales, decorados auténticos y peripecias creíbles…

  • Se me ocurre algo mejor. ¡Un montón de infografía, ordenador por un tubo, con secuencias increíbles y maldiciones eternas!

  • Coño, pues no sé… Al menos podríamos volver a lo de antes, con aventuras de piratas en alta mar…

  • No vende, hombre. Necesitamos algo más…

  • Pues yo que sé, tío… Si te parece ponle zombies, ¿no te jode?

  • … ¿como dices?

Imágenes con valor oculto

Imatge

Determinadas imágenes iniciales que en un primer momento me parecieron tópicas e insustanciales son las que acuden a mí memoria con dulzura cuando pienso ahora en La vida de Pi. Y es que estas tienen una belleza inmaterial tan solo apreciable cuando se comprende, al finalizar el metraje, su verdadero significado. Son esas mismas imágenes que en un primer momento acepté como una concesión molesta y chirriante las que me hicieron derramar lágrimas cuando volvieron a mí mente cargadas de significado al concluir el filme. 

Hay muchos aspectos meritorios en la cuidada dirección que nos ofrece Ang Lee con su último trabajo. Uno de ellos es la suave técnica narrativa con que se desarrolla la aventura, comparable con las mejores narraciones literarias. Me explico. Los escenarios, situaciones y personajes (el que sean animales solo añade aun más mérito al trabajo) son presentados de forma poética y elegante gracias a una puesta en escena medida con tanta precisión y delicadeza (desde la composición fotográfica de los planos hasta los ágiles pero contenidos movimientos de cámara) que todo parece estar rodeado por un aire literario-fabulesco, como si se pretendiera evidenciar que el origen del relato se encuentra en una novela y respetar así su carácter esencial. 

Seguramente, el mérito más evidente de la pieza se encuentra en su condición de película llena de simbolismos, reflexiones y para nada repetitiva cuyo desarrollo se da mayoritariamente en un único escenario y solo con dos personajes (repetimos, uno de ellos animal). Pero centrarse en ello sería quedarse en la superficie. Des de mí punto de vista, el mayor mérito se encuentra en la casi inimaginable harmonía con que conviven espectáculo y profundidad en una película de tales dimensiones. Y es que durante los primeros minutos del metraje, uno tiene la sensación de disponerse a ver una buena película de aventuras; y por ello y con la esperanza de pasar un buen rato, se hace la vista gorda ante ciertos aspectos aparentemente tratados con superficialidad. Nada más lejos.

La película avanza y el espectáculo visual (que sigue allí de forma igualmente deslumbrante) va perdiendo fuerza para ceder terreno al desarrollo personal del protagonista. Cada vez estamos más cerca del personaje y finalmente espectáculo y reflexión coinciden en un mismo punto logrando una fantástica complementación: las escenas deslumbrantes ya no impresionan tan solo por su apariencia, sino que contienen una magnífica carga emocional que conduce el relato hacia un profundo y emotivo desenlace. Son muchos los momentos en que Ang Lee nos deslumbra con movimientos de cámara imposibles y secuencias de pura belleza visual, pero ello no solo no le impide llevar a cabo una preciosa reflexión existencialista, sino que una cosa y otra se complementan a la perfección como solo logran las grandes películas de directores como fuera por ejemplo David Lean (salvando, si uno quiere, las distancias).

Siempre es un placer descubrir joyas sencillas a la vez que profundas dirigidas a todo el público sin miedo a la innovación, joyas que dejan al espectador con aquella hermosa sensación agridulce que solo poseen las películas que nunca pasarán de moda.