Whiplash (Damien Chazelle)

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El cine, antes que una expresión artística, herramienta de entretenimiento u medio de comunicación, es un dispositivo discursivo; por el simple hecho de que visionarlo implica convertirse en el receptor de un mensaje muy concreto, tan tajante como incontestable (que no irrebatible). En pocas palabras, no existe en el cine la posibilidad de intervenir en el discurso del que somos oyentes, lo que lo convierte, como ya dije, en un dispositivo puramente discursivo. Este hecho da como resultado que la mayoría de las películas traigan consigo un discurso absolutista, aquello que coloquialmente llamamos “moraleja”. Por eso tienen lugar este tipo de historias tan convencionales y reduccionistas, aquellas según las cuáles uno tiene que luchar por sus sueños, puesto que si lo hace, el éxito está garantizado. Ahí lo tenemos: un discurso claro i conciso, tan sencillo como obtuso. Lo que vengo a decir es que esta condición discursiva (casi podríamos decir dictatorial) del séptimo arte (también existente en otras formas de arte, como por ejemplo en la literatura) habitualmente conduce a los directores a plantear discursos que no admiten ambigüedades, y el caso más claro de este hecho es el clásico género “no te rindas y triunfarás”.

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Por eso es de agradecer que de vez en cuando alguien nos devuelva al mundo terrenal de un guantazo, para recordarnos que en la vida no todo es blanco u negro y que también existen aquellas experiencias de las que uno jamás llega a sacar conclusiones esclarecedoras. Es el caso de Whiplash, una película que además de poner en duda la credibilidad del sueño americano se atreve a presentar un discurso cuya moraleja queda suspendida en el aire, abierta a conclusiones personalizadas. De hecho, da la sensación de que el director juega a poner a prueba la paciencia del espectador, presentando a un personaje cuyo objetivo (convertirse en el mayor baterista del mundo) topará con la aparición de un excéntrico personaje, no se sabe si para bien o para mala; en todo caso provocando una coalición de egos de proporciones bíblicas. En ocasiones creeremos que Fletcher (profesor de batería) tan solo quiere ayudar a Andrew (baterista que protagoniza la función); y en otras que tan solo pretende boicotear su futuro. Del mismo modo, a ratos nos parecerá que Fletcher responde a una firme convicción según la cuál ser blando solo trae malos resultados… pero pasado un rato parecerá que su aptitud tan solo responde a un capricho personal.

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Damien Challeze se propone desarticular esta clase de fórmulas perfectas en las que estamos acostumbrados a creer. Andrew convierte la batería en el centro de su universo, rechazando cualquier tipo de estímulo no relacionado con el mundo del jazz, pues la leyenda cuenta que este es el método correcto para llegar al éxito. Fletcher emplea un tipo de docencia que roza el maltrato con el objetivo (supuestamente) de encontrar al nuevo Charlie Parker, estrella del jazz apodada Bird cuya genialidad floreció como respuesta a una humillación pública sufrida en la juventud. Ambos personajes toman casos aislados, ejemplos concretos, y los convierten en supuestas herramientas perfectas para alcanzar metas. Pero el caso es que Whiplash no pretende invertir el discurso: su director es consciente de que presentar el caso de Andrew como una garantía de fracaso sería caer en otra verdad absoluta. De hecho, tan consciente es el director de la ambigüedad de ciertas cosas, que ni siquiera está interesado en sacar conclusiones de la personalidad de Fletcher: del mismo modo que en cierta ocasión se nos permite intuir en él cierto atisbo de humanidad, le es rotundamente negada la clásica justificación del malo de película que “en el fondo tan solo pretendía ayudar a un alumno”.

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Tal vez algún día Andrew logre alcanzar su meta, como también podría ser que jamás lo consiguiera. Tal vez sea cierto que detrás de los maltratos de Fletcher se esconde un legítimo objetivo, como también podría ser que este objetivo tan solo sea un escudo diseñado para camuflar una caprichosa necesidad de tocar las narices. El caso es que en realidad no existe una única respuesta. Y de esto nos habla Whiplash: de la complejidad de la vida en contraposición a las fórmulas reduccionistas, del sólido muro en que se convierte la realidad cuando pretendemos moldearla mediante convicciones simplistas.

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Sitges 2014 [ 2 ]

 

Sitges sigue sorprendiendo en todos los sentidos. Una de las curiosidades de la edición presente es su predilección por géneros aparentemente poco relacionados con lo fantástico. Estoy pensando concretamente en el western, categoría a la que se acogen como mínimo cuatro de las películas vistas hasta ahora, dos de ellas a competición oficial y una participante en la Secció Oficial Fantàstic Especial. La primera ya fue mencionado en el artículo anterior: Young Ones. Las tres restantes son The rover, El ardor y Wake in Fright. En resumen, cuatro películas que trasladan el género a un escenario totalmente nuevo.

Si Young Ones se proponía reescribir el western mediante trasladando sus cánones principales a un escenario futurista, El ardor hace exactamente lo mismo pero ésta vez en territorio sudamericano. Lo que Pablo Fendrik se propone (y consigue con notable resultado) es realizar un ejercicio puramente cinematográfico, en donde todos los dispositivos están al servicio de la narrativa: planificación, fotografía y personajes, todo ello cuidado al milímetro para proporcionarnos un entretenimiento digno y elegante. Para hacernos una idea (y salvando las distancias), esta película (producida y protagonizada por un mas que correcto Gael Garcia Bernal) puede ser entendida como un “Sergio Leone rueda en la selva Brasileña”.

En The Rover encontramos un trabajo no tan interesado en estética y la exhibición formal como en la deconstrucción de este personaje hoy en día tan idealizado como es el héroe atormentado: en la película de David Michod, ambientada en Australia, encontramos a un protagonista cuyas duras experiencias no han convertido en un trotamundos sabio y solitario, sino en un simple bagabundo (tal y como el título nos indica) destinado a sembrar destrucción y desesperanza. Una película, además, inteligentemente contenida y reticente a la tentación de convertir la violencia en el típico (y ya cansino) circo de tiros.

Por último tenemos Wake in Fright, esta película recientemente reeditada, décadas después de ser apartada de circulación. Este exquisito trabajo de Ted Kotcheff, tambien ambientado en Australia (¿casualidad?), consiste en un profundo ahondamiento en las entrañas de una “subsociedad” en donde el concepto “civilización” es prácticamente inexistente. Se trata de una películara que se sirve de ciertos cánones propios del western (el forastero que llega a una ciudad en la que es visto como un extraño inquilino) para dibujar un escenario de suciedad y salvajismo pocas veces tan bien plasmado. Y una vez hecho el esquema, Kotcheff nos pregunta: ¿que pasaría si esta vez nuestro héroe decidiera convertirse en uno de ellos en lugar de ser fiel a sus principios?

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PEL·LÍCULAS QUE HAN CONQUISTADO AL PÚBLICO

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Como era de esperar, no están faltando sorpresas ni decepciones en la 47 edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya. Sin duda la película que más aplausos ha cosechado hasta ahora ha sido The Guest, último trabajo del realizador Adam Wingard, ya muy apreciado por los fans del slasher gracias a su anterior trabajo, Tú eres el siguiente. En su nueva película encontramos un experimento que mezcla drama familiar, acción y thriller, con puntuales salpicaduras de gore. Una película de guión simplista y compuesta por una elegante dirección, cuyo fondo no pasa del entretenimiento más básico, hecho que para el público funciona las veces como ventaja y desventaja (un servidor toma parte a favor de la segunda opción).

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Tampoco le fue nada mal al segundo trabajo de Jake Paltrow, Young Ones, una película cuyo género es el resultado de una clara intención por parte del director (y no al revés, como a menudo sucede en el género que abarca dicho film). En un futuro no muy lejano, una familia se ve condenada a la pobreza al decidir defender de forma incondicional unas tierras adquiridas por herencia, terreno devastado por la sequía pero prolífico en sus buenos momentos. Esta premisa da como resultado un entretenido western futurista, plagado de aciertos y nada sobrecargado, realizado con honradez, sin pretensiones y claras influencias leonianas y tarantinianas.

LO MEJOR HASTA AHORA

Sin duda, lo mejor que hemos visto por el momento es la película austríaca Goodnight Mommy. Puedo decir sin pensarlo que es la única película de cuya proyección he salido sin encontrarle ningún defecto. Se trata de un trabajo frio y perverso, sin duda heredera de lo mejor de este genio europeo que es Michael Haneke. Tan fría como directa, la película nos narra la historia de una familia compuesta por una madre y sus dos hijos, la primera recién salida de una operación de cirugía estética poco después de vivir la más terrible experiencia imaginable para una madre. La dura situación en que se encuentran lleva a los dos pequeños a empezar a sospechar que la mujer que vive con ellos no es en realidad su madre, hecho que conducirá la película hacia un terreno terrorífico, no tanto por lo que vemos como por el trágico fondo de lo que se nos está contando. Dirigida con maestría y contención, sin ningún momento excesivo y siempre con un crudísimo realismo.

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El nuevo trabajo de Quentin Dupieux es, como siempre, radicalmente personal. El director francés nos invita a una particular comedia de enredos que apela al humor del absurdo y que logra una extraña coherencia en esta caótica incoherencia que es Réalité. Plagada de momentos desternillantes y dirigida con una asombrosa agilidad, esta pequeña joya del cine francés logra un objetivo casi imposible: ser al mismo tiempo un delicioso divertimento y una reflexión personal y trascendente sobre la humanidad y la existencia. Ligera en las formas y densa en el contenido.

Muy reivindicable es también el último trabajo de Jonatham Glazer, Under the Skin, quien ya demostrara su talento diez años atrás con la brillante Reencarnación. Esta vez nos habla de la experiencia de un extraterrestre que se alimenta del alma de los seres humanos, todo ello narrado con solidez, tranquilidad y una elegancia digna del mismísimo Stanley Kubrick. Película de ritmo pausado que apela a la reiteración, que reflexiona sobre la condición humana y plantea un discurso filosófico sobre el existencialismo de una puesta en escena envidiable.

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Tres años después de conquistar el festival con Otra tierra, Mike Cahill vuelve a hablarnos de la superación de las experiencias traumáticas apelando a un acto de fe hacia una esperanza intangible. En I Origins ha escogido uno de las dicotomías más presentes en nuestra sociedad: el debate entre ciencia y teología (que no iglesia). Lejos de mostrarse partidario por uno de los dos campos, el director propone una tercera posibilidad: la comunión entre los dos conceptos, siendo ambos aceptados como algo que escapa a nuestra comprensión pero que en última instancia nos sirven por igual como herramienta metafórica para seguir adelante.

PECULIARIDADES

the voices

Muy interesante resulta la peculiar visión sobre la esquizofrenia que Marjane Satrapi expone en su último trabajo, The Voices. Estamos ante una película de humor negro, realizada como si de una comedia convencional estadounidense se tratara, pero con un mensaje perturbador y provista de sorprendentes escenas de violencia explícita. El acabado es una devastadora tragedia que reescribe la figura del psicokiller, haciéndonos reír y temblar a partes iguales. Una película que se ve con facilidad y que deja al público con un inquietante mal estar.

Muy particular resulta también A girl walks home alone at night, opera prima de la directora iraní Ana Lily Amirpour. Se trata de un trabajo plagado de referencias a otros cineastas, especialmente a Jim Jarmusch y Quentin Tarantino. Tal vez excesivamente pretensiosa, pero envuelta por un amor incondicional hacia el cine, la película supone una experiencia cuando menos interesante, aunque sólo sea por el ejercicio que esta nos invita a hacer: identificar a qué cineasta se rinde homenaje cada secuencia. Veremos si el tiempo la sitúa donde se propone estar: en este terreno de la reescritura del cuento de vampiros, decidida a trasladar el género al terreno del autor, algo que empezó hace unos años con Déjame entrar y que recientemente está siendo continuada por piezas como Byzantium o Sólo los amantes sobreviven.

En el terreno español encontramos la experimental La Distancia, tercer trabajo de Sergio Caballero, amante del campo experimental. Este director tan interesado en las atmósferas y en la capacidad evocadora del cine toma como punto de partida la planificación de un robo, llevada a cabo por tres enanos poseedores de extraños poderes. Film de ritmo pausado y de interesante despegue, pero víctima de cierta redundancia transcurrida su primera mitad.

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Otra película a mencionar, esta vez fuera de concurso, es uno de los últimos trabajos de James Franco en calidad de director, Child of God. Se trata de una adaptación de la novela homonimia de Cormac McCarthy, que si bien no logra la brillantez de las adaptaciones de otras obras del mismo autor (como No es país para viejos o La carretera), sí consigue plasmar con cierta fidelidad sú universo. Una película muy correcta, con momentos (aunque muy puntuales) que rozan la excelencia, guarecida por esta atmósfera sucia y desesperanzadora tan propia del imaginario “mccarciano”.

La primavera (de Christophe Farnarier)

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La primavera plantea un retrato minimalista del estilo de vida de una serie de personajes completamente alejados de la sociedad y del urbanismo, un estilo de vida en contacto directo con la naturaleza practicado por un número de personas cada vez más reducido. Para llevar a cabo dicho retrato, Christophe Farnarier (cineasta especializado en la fotografía) se despoja de todo tipo de material que no le sea del todo imprescindible (focos, trípode, equipo de sonido…) quedando él y su cámara como únicos testigos de las imágenes. Salta a la vista que el director no quiere intervenir en los acontecimientos filmados, ni siquiera orientar la mirada del espectador: tan solo pretende (al menos en apariencia) ejercer la modesta función de vínculo entre los sucesos que tienen lugar en las montañas de Serra Cavallera (Ripollès) y su público. Todo lo que vemos, por lo tanto, forma parte de la cotidianidad de los personajes. A través del ojo observador de Farnarier contemplamos la rutina y las costumbres de Carme y su familia sin llegar a participar en ella en ningún momento. Incluso se podría decir que nuestra posición es un tanto distante.

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Farnarier no está interesado en la belleza estética, su única intención es captar la realidad para plasmarla con la máxima fidelidad posible. De hecho, el director de El somni ni siquiera se expresa mediante nada parecido a un lenguaje visual: en lo que respecta a escala y composición de encuadres, el conjunto de planos que forma la película no sigue lógica alguna. Es decir, hablamos de un seguido de imágenes cuyo valor reside únicamente en su significado literal. Y no se trata solamente de una cuestión de imágenes: el retrato que el director nos ofrece no responde a la estructura convencional de los tres actos, de hecho este ni siquiera parece esforzarse en despertar la curiosidad del público. Tampoco nos acercamos a los personajes ni dejamos de contemplarlos nunca como un complemento más del paisaje. La primavera sencillamente se limita a plasmar en imágenes el día a día de un pequeño grupo de personas que viven en los Pirineos. Farnarier pretende desvelar la belleza que se esconde en la realidad observada. Pero parece haber olvidado que la realidad nunca es objetiva cuando uno la retrata.

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Pues el hecho de que la película esté desprovista de focos, edición de sonido y todo tipo de elementos que no sean la cámara acaba por hacer más evidente la presencia de la misma. El caso es que al no existir hilo argumental alguno ni conflicto tangible con el que identificarse resulta difícil no darse cuenta de los saltos de luz y del temblor de la cámara en mano. Y es que Farnarier no parece asumir el hecho de que que a partir el momento en que uno se decide a filmar desde un ángulo en lugar de otro o se decanta por un plano determinado la verdad se convierte en algo subjetivo. Teniendo en cuenta esta premisa, mi opinión es que el director no sale victorioso de la misión de hacer transparente su presencia. Pues no debemos olvidar que la realidad que ven nuestros ojos no es la misma que la que muestra la imagen digital, con lo cual si se prescinde tanto de elementos narrativos que distraigan nuestra atención como de elementos plásticos que suavicen lo captado por la cámara la presencia del director resulta evidente. Algo que acaba por convertir en aburrido el visionado de todo un estilo de vida en realidad harto interesante.

Una casa en Córcega (de Pierre Duculot)

Una casa en Córcega

Lo que convierte Una casa en Córcega en una película preciosa no es ni su fotografía, ni su tipología de planos ni nada referente a este tipo de tecnicismos. Pues este es un trabajo que propone un estilo de narrativa que construye tranquilamente pero con paso firme una historia que se gana la atención del espectador por el propio interés de su tesis. Pues en realidad la sencillez es una pieza clave en este relato, ya éste que viene a plantearnos un ejercicio de despoje de lo innecesario, un desprendimiento de todo tipo de elementos sobrantes que nos ayude a encontrar la felicidad en nosotros mismos. De ahí que el tratamiento visual del segundo trabajo de Pierre Duculot sea tan modesto; algo que a su vez ayuda a desnudar a sus personajes, permitiéndonos descubrir la insospechada complejidad que se esconde en ellos. Es esta complejidad y la mano firme del director lo que nos hace sospechar desde el primer fotograma que Una casa en Córcega esconde algo interesante, algo que nos invita a querer saber más sobre la película y que convierte en placentero todo su visionado.

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Un placer que va acompañado por unas hermosas vistas montañosas que aparecen tímidamente al principio y con todo su esplendor más adelante; como imitando el avance de la joven protagonista que paso a paso descubre el placer de construir su propia vida. Y es que la sencillez de la que hablábamos anteriormente no impide al director mostrar la inmensa belleza de los paisajes de Córcega, algo que hace sin convertir su película en una postal ni en un panfleto turístico. Sencillamente se trata de un hermoso descubrimiento que la protagonista comparte con nosotros, algo que puede incluso entenderse como una alegoría de la belleza interior del personaje que va aflorando poco poco. Como si con un cuentagotas se nos fueran dando pequeñas dosis de belleza que actúan como imagen metafórica de la situación espiritual de la mencionada protagonista, en definitiva, hermosas imágenes paisajísticas que aumentan o disminuyen su tamaño según la situación del mismo. Un hermoso trabajo de fotografía realizado, nuevamente, con toda modestia y sin ninguna necesidad de resaltar.

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Y mientras el paisaje inunda con ternura el fluir de los acontecimientos, los personajes actúan de forma autónoma, desplegando su personalidad y logrando transmitir la sensación de que cuando los vemos tan solo descubrimos puntuales momentos de una inmensa vida que únicamente les pertenece a ellos. Es decir, nunca tenemos la sensación de que los personajes cumplan con un papel diseñado para el guión, sino que siempre parecen actuar de acuerdo con sus propias necesidades (pensemos, por ejemplo, en Pascal, el personaje interpretado por François Vincentelli). De ello nacen interesantes situaciones conflictivas en que uno, por extraño que parezca, entiende el posicionamiento de ambas partes e incluso simpatiza con ellas (nuevamente, recordemos a Pascal y su reencuentro con Christina). Sin duda, se trata de un excelente trabajo que logra embellecer una sencilla historia de superación que, contada de otro modo, probablemente carecería de interés. Una hermosa forma de recordarnos que a menudo la sencillez es la mejor herramienta para plasmar la pureza, y de que cuando uno tiene algo que decir, la modestia es uno de los recursos más fiables.

Una canción para Marion (de Paul Andrew Williams)

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Una canción para Marion empieza como una bella película minimalista centrada en los detalles vivenciales de una anciana pareja obligada a aceptar la enfermedad terminal de uno de ellos. Inicialmente, el film se despliega con una planificación modesta pero elegante que nos ayuda a identificarnos con la vida de dichas personas, así como también con el contexto que las rodea y el carácter de cada una de ellas. Él, un viejo cascarrabias enfadado con el mundo, a la vez que un atento marido siempre al servicio de las necesidades de su mujer. Ella, una mujer de la tercera edad humilde y elegante decidida a vivir los últimos momentos de su existencia con energía y entusiasmo. Una elegante presentación que puede resumirse como un interesante planteamiento de espacio y personajes decorado con bien medidos toques de humor (tal vez un poco demasiado políticamente correctos) que despiertan nuestra curiosidad y crean interés hacia las vidas de cada personaje. El problema se da cuando el director trata sin éxito de compensar el dramatismo de los acontecimientos con giros argumentales algo chapuceros, más interesados en producir carcajadas que en encajar con su historia.

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Y es que al principio del relato uno tiene la sensación de encontrarse ante la historia de dos protagonistas cuyo interés reside en su creíble personalidad, es decir, en su complejidad como seres humanos, en ese característico contraste que existe entre la serie de virtudes y defectos que definen a una misma personalidad. Pero dichos protagonistas pronto se convierten en caricaturas estandarizadas, en esta clase de personajes ya vistos en incontables películas que únicamente despiertan empatía gracias a la ternura que tan fácilmente transmite una pareja anciana (todo lo contrarío a lo que sucedía, por ejemplo, con la magnífica Amour de Michael Haneke). Digámoslo todo, hay momentos puntuales en que las magníficas interpretaciones de Vanessa Redgrave y Terence Stamp logran llevar a dichos personajes un poco más allá del mero protagonista standard. Y es que en realidad posiblemente sea precisamente el alto nivel interpretativo de los actores lo que hace que en un principio tengamos la sensación de disponernos a contemplar una verdadera película de personajes: ambos actores se toman tan seriamente su papel que sus acciones realmente trascienden lo que está escrito en el guión.

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Pero como dijimos, transcurridos unos minutos el bello arco argumental inicialmente desplegado se ve bruscamente interrumpido por una serie de twists narrativos provistos de una clara intención de enternecer una historia que muy bien podría resultar conmovedora sin ninguna clase de artificio. Y de todo ello resulta un argumento que pasa de largo de la ternura sincera para sumergirse en un baño de superficial sensiblería almibarada. La verdad sea dicha, aún así cabe decir que Una canción para Marion cuenta con determinadas secuencias que (a pesar de su adulcuramiento) logran traspasar nuestra piel para penetrar en el apartado emocional. Lástima que tal logro sea a costa de sacrificar el plácido realismo que acompañaba los primeros instantes del metraje; algo que se traduce en un hecho sin duda revelador: nos encontramos ante una película que conecta con nuestras emociones durante su visionado pero que nos abandona nada más salir de su sala de proyección. Vamos, una de aquellas películas de lágrima fácil que tan bien responden a los antojos sensibleros pero que no logran ningún tipo de trascendencia. Una lástima, si tenemos en cuenta el ancho potencial que ofrecía una historia como la que nos ocupa.

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Guerra Mundial Z – Segundo Blockbuster veraniego

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Hace apenas unas semanas me referí a Star Treck: En la oscuridad como la primera entrega de una serie de bokbusters veraniegos sorprendentemente prometedora. Y es que como entredije, esta vez no nos encontramos ante un conjunto de superproducciones hollywoodienses que entienden el producto comercial como un objeto desalmado y exclusivamente destinado a vender millones; sino que lo que tenemos ante nosotros es un conjunto de películas cuidadosamente escogidas por sus directores en las que la autoría prevalece por encima del reconocible sello del cine palomitero. Y si en el caso del film de J.J. Abrams hablamos de un trabajo que poseía una sorprendente capacidad para aunar comercialidad y buen perfil de personajes, en el caso de Guerra Mundial Z nos encontramos ante una película que, a pesar de no ser perfecta, logra mantener al espectador pegado a la pantalla lanzándolo ágilmente y sin pausa de un conflicto a otro, evitando de este modo todo tipo de recreación o monotonía.

Vaya por delante, el último trabajo de Marc Foster dista mucho de ser una película profunda o de personajes elaborados. De hecho, en ciertos momentos incluso desprende cierta aroma a moralina familiar americana almibarada, algo que sin duda para algunos resultará insoportable (algo comprensible). Pero sorprendentemente, nada de ello impide que aún así se trate de una película endiabladamente entretenida e incluso hasta cierto punto innovadora. Entonces, ¿donde radica el interés de una película nada profunda y de moralina almibarada que ni siquiera posee personajes elaborados? Pues, en realidad, lo primero con que se gana el respeto el título que nos ocupa es su autoconciencia. Es decir, Guerra Mundial Z jamás toma en serio su propio discurso ni pretende engañar al público inchando a sus personajes de falsa profundidad (a diferencia de títulos como Piratas del CaribeCrepúsculo, Las aventuras de Tintín y compañía). Precisamente, el mérito del nuevo trabajo del director de Descubriendo nunca jamás se encuentra en la valentía con que éste asume el reto de convertir una “película ce zombies” en un blokbuster comercial, jugando elegantemente con las armas del subgénero.

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Es cierto, los personajes de Guerra Mundial Z no son nada profundos; pero si están muy bien perfilados y reaccionan ante los conflictos de forma consecuente y (sobre todo) creíble (recordemos, por ejemplo, la forma instintiva con que actúa Jerry Lane (Brad Pitt) durante el inesperado conflicto del atajo de tráfico inicial; o la rápida reacción del mismo ante el incidente del avión – reacción muy semejante a la que probablemente tendría cualquier ser humano no perteneciente a una película hollywoodiense contemporánea- ). Dicho de otro modo, hablamos de una película cuyos personajes no son estúpidos. Y por lo que respecta a la falta de profundidad del argumento, lo que Marc Foster plantea es un film de entretenimiento suficientemente valiente como para atreverse a admitir su objetivo (lo dicho: entretener) sin falsas reflexiones existenciales o giros dramáticos inesperados. Y sin duda logra lo que pretende de forma tan elegante como sincera y sin rozar el ridículo en ningún momento.

Como ya entredije más arriba, Guerra Mundial Z es innegablemente una película trepidante de inicio a fin. De hecho, da la sensación de que el director que hace cinco años fuera abucheado por el mediocre (aunque en mi opinión infravalorado) resultado de Quantum of Solace demuestra haber aprendido de sus errores convirtiendo el exageradamente frenético tempo del film bondiano en un dinámico pero relajado devenir de conflictos en el film que nos ocupa. Y lo bueno es que tan dinámico resulta el fluir de los acontecimientos como imprevisibles son los caminos por los que estos nos conducen. Algo que, sumado a un buen uso de la infografía (que, lejos de lo que los trailers parecían pronosticar, en ningún momento ensombrece la trayectoria del argumento) despeja de artificios innecesarios el escenario permitiendo identificar la elegante mano de Marc Foster, que guía respetuosamente a su público por los nuevos caminos del terreno comercial.

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