Brasserie Romantic (Joël Vanhoebrouck)

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Se acabó, voy a decirlo. Estoy hasta las narices de esta comedia convencional camuflada de feminismo mal entendido. Que sí, hombre. Que todos la conocemos. Son estas películas que nos abren los ojos, que nos ayudan a entender que los hombres son estúpidos y las mujeres el ejemplo a seguir. Aquellas que nos explican que el feminismo no es otra cosa que aplaudir al género perfecto, al tiempo que el imperfecto se arrodilla rogando clemencia. Y que por supuesto, el machismo está en los hombres. No en el sistema. No en la educación. No en la cultura. No en la publicidad. Nada de esto. El machismo reside exclusivamente en los hombres, que a fin de cuentas son el problema a erradicar. Venga, hombre, a estas alturas ya debe usted saber de qué hablo. Hablo de estas películas gracias a las cuales aprendemos que el machismo terminará el día en que todos aceptemos que el género que está en lo cierto es el femenino. Si es que en el fondo no es tan difícil.

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Está bien, olvidemos por un momento el apartado temático y centrémonos únicamente en el técnico. Brasserie Romantic goza de agilidad y dinamismo. Algo que logra gracias a servirse del clásico juego de los diálogos expuestos como si de un juego de malabares se tratara: un espacio cerrado, un conjunto de personajes y sus respectivas conversaciones que se van intercalando con fluidez. Vamos, que uno apenas tiene tiempo de asimilar el nivel de estupidez de la escena antes de que aparezca una nueva (igualmente estúpida). En este aspecto, nada le podemos reprochar a la película, pues su apartado técnico está suficientemente depurado como para casi lograr que olvidemos su sinsentido… aunque en mi caso nada pudo aligerar esta sensación de pérdida de tiempo. Tal vez haya quien encuentre un pasatiempos en esta todo ello, a lo mejor apelando a esta agilidad y ligereza o a algún que otro gag más o menos afortunado… A mí, personalmente, me resultó imposible pasar por alto todo lo mencionado en el primer párrafo.

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Y volviendo a él, recuperemos el apartado temático. Me parece inaceptable que una película (como la que nos ocupa) plantee su contribución en la lucha contra el sexismo como un pasatiempo cuyo único propósito es ridiculizar al bando “opresor” y ensalzar al reprimido. En primer lugar porqué ello no hace otra cosa que enfatizar todavía más esta imagen de la mujer perfecta que desde antaño han dibujado las princesas disney i demás tópicos sexistas; en vez de presentar al sexo femenino como un ser humano corriente, real, con defectos y virtudes exclusivamente derivados del caso concreto de la persona y no de su condición sexual. Y en segundo lugar, qué carajo, porqué en todo caso hablamos de igualdad y no de superioridad. Porque el sexismo existe y se debe combatir, pero plantear el combate como una lucha de bandos con roles preestablecidos no hará otra cosa que ensanchar aún más el abismo que todavía hoy separa a unos y otros. Pues asignar valores a las personas en función de su sexualidad sigue siendo el germen del sexismo.

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Una vez apuntado este aspecto, decir que el debut de Joël Vanhoebrouck en el campo del largometraje no deja de ser la comedia romántica de siempre. Un conjunto de parejas y solteros cuya felicidad depende exclusivamente del amor, directa o indirectamente; y cuyo crecimiento y desarrollo personal se verá directamente influenciado por el grado de éxito u fracaso que estos obtengan en sus relaciones amorosas (siempre y cuando los hombres no estén ahí para fastidiarlo todo). En fin, tal vez en el fondo tan solo se trate de una comedia más, con el único propósito de entretener y sin ánimo de abrir temas de conversación tan “trascendentales”. Si es así, en mi opinión habla demasiado.

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El lado bueno de las cosas

 Cuestionando convenciones se reinventa el género – Segunda parte

Así como en El luchador David O. Russell nos presentó la clásica familia americana desde el punto de vista opuesto a aquel con el que estamos familiarizados, en El lado bueno de las cosas se ha decidido a desdibujar los rasgos principales de la clásica historieta romántica. En esta película, la convencional pareja feliz surgida del amor a primera vista, o en su defecto el manido proceso mediante el cual dos personas que se odian acaban amándose, se ve aquí sustituida por el encuentro entre dos personajes psicológicamente desequilibrados cuyo principal problema es su desencaje en la sociedad.

Pat (Bradley Coooper) padece las consecuencias de la sacudida emocional que le supuso descubrir la infidelidad de su ex-esposa, y Tiffany (Jennifer Lawrence) se encuentra a medio camino de superar una depresión causada por la muerte de su marido. El clásico “don Juan” juerguista que logra reencaminar su vida gracias al amor es ahora un personaje bipolar obsesionado por recuperar a su ex-esposa; y la bella e inmaculada “Julieta” deseosa de encontrar a su príncipe azul pasa a ser una viuda depresiva atrapada en las garras de la ninfomanía.

El director de Tres Reyes ha decidido renovar el género romántico reivindicando la humanidad de sus personajes, de ahí el exagerado contraste pretendidamente buscado entre la imperfección de sus protagonistas y la pulcritud de los que estamos acostumbrados a encontrar. Para exponer su planteamiento, Russell hace uso de la cámara en mano y del montaje desordenado, a modo de recurso narrativo para reforzar su reflexión sobre al desequilibrio mental. Y el empleo de este sistema, en realidad acorde con su intención, va creando una extraña y confusa sensación de descontrol que – en un principio – ayuda a situar el relato.

Pero a pesar de todo, David O. Russell quiere contarnos una historia de amor. Su intención es reinventar, sí, pero siempre dentro de unos parámetros que respeten los mecanismos básicos del género, algo que hace inevitable que los dos protagonistas acaben juntos en un dulce “happy end”. Y esto no es un problema cuando el carácter mitológico del relato asume tales proporciones que el público se aleja sin darse cuenta del cuestionamiento realista. Pero en este caso se nos ha presentado una situación terriblemente creíble y de difícil resolución, más aún cuando se pretende que el único elemento curativo sea el amor.

De modo que El lado bueno de las cosas acaba pareciendo un ejercicio narrativo consistente en presentar la historia de dos personajes con problemas psicológicos e interrumpirla de repente con un tópico desenlace de cuento de hadas, algo que solo podría funcionar si la totalidad del relato estuviera presentada en acorde con este carácter fantástico que pone fin al conflicto. Lamentablemente, la (valiente) propuesta de Russell, consistente en mezclar el aspecto más crudo del realismo con el carácter más tópico de la género romántico, no encuentra encaje en esta película, ya que el exagerado choque de contrastes acaba por evidenciar los defectos de uno y otro estilo.