El amor es extraño (Ira Sachs)

El amor es extraño

Commoure sense prentendre-ho és una de les fites més difícils d’aconseguir. Parlo de quan allò que veiem ens emociona pel seu significat, sense que les imatges es converteixin en un producte prefabricat. Parlo, per exemple, de quan visionem El amor es extraño, pel·lícula que ens converteix en testimonis d’un afer romàntic que destaca per la seva credibilitat. Empatitzem i simpatitzem amb els dos protagonistes exactament com ho faríem si els coneguéssim en la vida real.

Que la parella sentimental interpretada per John Lithgow i Alfred Molina ens resulti entranyable no es deu a una maniobra sensiblera del guió o de la posada en escena, sinó a la capacitat de Ira Sachs per retratar el cantó més tendre de la realitat. Tant és així que la pel·lícula flueix amb absoluta naturalitat, fent-nos creure que els esdeveniments segueixen el seu ordre natural. I és un gran mèrit aconseguir aquest efecte quan la pel·lícula en qüestió presenta un acabat tan perfecte, tan rodó.

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Mitjançant aquesta fórmula, director i coguionista ens ofereixen una experiència que, a més a més d’emotiva, és una fantàstica radiografia social, valenta i gens conformista. Ira Sachs i Mauricio Zacharias ens parlen de l’amor, però també ens parlen de l’educació i dels conflictes més comuns que s’amaguen darrere de la parella convencional (en contrapunt a la parella protagonista, homosexual, que demostra posseir una gran solidesa cimentada per la complicitat i la sinceritat).

La (deliciosa) sensació que deixa visionar El amor es extraño no es deu tant a un element en concret o a una escena determinada com a un conjunt de fets molt ben explicats que ens fan sortir del cinema sentint que hem après alguna cosa. Estem davant d’una història que ens fa reflexionar, ens entretén i per últim ens emociona. Poc més se li pot demanar a una pel·lícula que parla de tants temes amb tanta naturalitat i que ens commou tan humilment i apel·lant a la senzillesa.

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Llenar el vacío (Rama Burshtein)

Llenar el vacío

La única forma que se me ocurre de abordar Llenar el vacío desde una perspectiva interesante es entender dicha película como un producto sujeto a crear debate: una discusión concerniente a la oposición entre dos conceptos a menudo enfrentados. Hablo de la abstinencia a realizar juicios morales en nombre del respeto hacia una cultura ajena frente a la prevalecencia de ciertos “valores universales” ante determinadas costumbres en cierto modo polémicas. En el caso presente nos encontramos ante aspectos como los matrimonios concertados y la honorabilidad del individuo como consecuencia del acatamiento de unas normas preestablecidas. Está, por ejemplo, el hecho de que el matrimonio de Shiba se convierta en un tema de discusión acerca del cual toda la familia parece tener algo que decir. ¿Es este el caso de una descarada violación de privacidad o sencillamente es una forma distinta de entender las reglas sociales? En esta discusión entrarían en juego debates acerca de la conformidad hacia este hecho por parte de la persona afectada (es decir, Shiba) y, en caso afirmativo, seguramente aparecerían nuevos interrogantes acerca de sus motivos: ¿se trata de una conformidad sincera o únicamente de la aceptación de un rol motivada por la presión de una costumbre soportada por una tradición injusta?

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Probablemente no diga nada nuevo al afirmar que se trata de un debate entre dos bandos difícilmente conciliables. Para bien o para mal, todavía no existe ninguna fórmula universal capaz de fijar cual es el punto exacto en qué una tradición se convierte en maltrato o en qué momento una costumbre pasa a ser una imposición injusta. Tal vez algunos apelarían al tiempo, a una (supuesta) evolución del pensamiento e ideales que tarde o temprano colocará en el la posición debida a cada una de las culturas (en el aire queda cual es esta, así como también la posibilidad de que algunas sociedades hayan logrado ya este hito). Ante dicho debate y centrando ahora toda la atención en la película que nos ocupa, un servidor opta por un tercer posicionamiento: más allá de la posible legitimidad de las acciones que contemplamos en este relato, más allá incluso de la posibilidad de que dichos acontecimientos respondan a una jerarquía social injusta, nada de lo que se nos cuenta en Llenar el vacíodespierta en mí el más mínimo interés. Entiéndase que no me refiero a la cultura en sí ni tampoco al tipo de vivencia del colectivo social al que la película remite, sino que me refiero exclusivamente al insustancial culebrón televisivo que es la opera prima de la directora judía ortodoxa Rama Burshtein.

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Por una parte, el posicionamiento de la narradora enfrente a los hechos que esta nos muestra resulta tan poco comprometido que toda posibilidad de debate queda completamente anulada. Por otra, tanto la estructura del relato como su ejecución formal son tan insustanciales que lo único que nos queda es una película de enredos propios del más convencional culebrón televisivo, solo que ahora trasladados a una cultura algo desconocida por el sector occidental. Es decir, Llenar el vacío no funciona ni como ejercicio reflexivo sobre la moralidad de las costumbres de un colectivo social ni como exposición objetiva de una serie de acontecimientos destinados a despertar nuestro interés (entendiendo esto último como lo mínimo que se espera de cualquier producto cinematográfico). Es por ello que un servidor opta por entender esta película como un periscopio a través del cual podemos observar una cultura que nos es ajena, lo que convierte a Llenar el vacío en un objeto únicamente interesante para aquellos que desconozcan el estilo de vida de determinado sector social. Más allá de este hecho, no encuentro motivo alguno para reivindicar cualidad alguna de este producto, pues su valor artístico me parece absolutamente inexistente.

Al nacer el día (Goran Paskaljevic)

al nacer el dia

La última película de Goran Paskaljevic apela a la memoria histórica como herramienta necesaria para proteger nuestro presente y futuro. Según el director serbio, tan importante es preservar el recuerdo de un drama pasado como ser consciente de los dramas presentes, algunos de ellos ignorados con frecuencia. Ahí es donde Paskaljevic plantea un interesante paralelismo (al menos en apariencia) entre la discriminación judía tenida lugar hace décadas y la marginación gitana que tiene lugar aún en nuestros días. Al nacer el día plantea una especie de limpieza de conciencia a través la concienciación hacia nuestro presente, acaso una suerte de camino hacia la expiación por unos (supuestos) pecados que involuntariamente cometimos con nuestra ignorancia. Bien. Hasta aquí todavía podríamos hacer la vista gorda hacia el aire de condescendencia y moralismo que desprende el discurso del director. Pero cuando la película traza una impostada barrera separatoria entre los santos y los pecadores, se hace imposible librarse del mal olor. A partir de entonces, nos encontramos ante una película de discurso prefabricado y dicotómico.

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No obstante, Al nacer el día contiene ciertos aspectos positivos que merecen ser tenidos en cuenta. Uno de ellos es la elegante puesta en escena con que arranca la película. Se trata de un seguido de imágenes de bello contenido, tanto estético como descriptivo. Con unas ágiles pinceladas, Paskaljevic presenta a su protagonista exponiendo su profesión y estilo de vida, todo ello en apenas unos minutos. Nos describe con eficacia tanto su ingenua personalidad como su afinada sensibilidad hacia la música. Otro aspecto interesante es el cariño con que se nos introduce al terreno musical que rodea a dicho protagonista, cuidando el detalle de mostrarnos a verdaderos músicos tocando hermosas e imperfectas melodías. Estos rasgos contribuyen a crear una atmósfera de alta verosimilitud, poética y evocadora. Desafortunadamente, todo ello acaba convirtiéndose en un pequeño detalle que queda ahogado por un tópico y almibarado discurso, un discurso que, además de no decirnos nada nuevo, va perdiendo forma a medida que el manierismo de la película se convierte en el centro de atención.

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Estamos, pues, ante una película de bello despliegue y pésima resolución, tan interesada en aparentar profundidad que todo su envoltorio inicialmente poético termina por caer en el pozo del olvido. Lo único que nos queda de la película al abandonar la sala es la amarga sensación de haber estado oyendo un manido discurso infantil y muy poco serio. Como si la ingenuidad del protagonista se acabara contagiando a todo el trabajo. No se trata únicamente de un bochornoso discurso moralista que eclipsa todo tipo de belleza estética, sino también de una evidente digresión a lo largo de la cuál la puesta en escena va siendo descuidada en favor de la mencionada tesis, una tesis tópica, poco realista y nada convincente. Hablamos de una transformación que afecta tanto a la dirección como a al resto de departamentos, a saber, la interpretación, el montaje y demás. Como si todo el equipo fuera perdiendo interés por el producto a medida que avanza la acción, acabando todo por convertirse en una marioneta inanimada, sujetada por il·los tan torpes como poco disimulados.

La piedra de la paciencia (de Atiq Rahimi)

la piedra

La piedra de la paciencia es el ejemplo perfecto de cómo la belleza estética no es garantía de buenos resultados ni representa siempre la elección más acertada (al menos en el cine). Recordemos, para citar algunos ejemplos contrarios, los excelentes resultados que obtuvieran en su momento películas como Roma, città aperta o la más reciente Gomorra, todo gracias al despoje de artificios decorativos por el que apostaron. Se trata de un ejercicio consistente en buscar una belleza no visual sino sensorial, algo muy parecido a quitarle el maquillaje a la verdad para que esta quede totalmente al descubierto, permitiendo así que cada uno encuentre en ella lo que sus sentidos le dicten. Pues precisamente esto es todo lo contrario a lo que le sucede, desde mi punto de vista, a la película que nos ocupa: hablamos de un trabajo de impresionante fotografía y de encuadres cuidadísimamente planificados pero que parece haber vendido su alma al diablo a cambio de una bonita estética. Aún así, es justo reconocer el visible esfuerzo que se esconde tras la planificación de La piedra de la paciencia, algo que para algunos tal vez sea suficiente para merecer su visionado.

Pues en un principio, el nuevo trabajo de Atiq Rahimi se despliega como lo harían los primeros esbozos de un elegante cuadro. Cada plano crea hambre del siguiente, aportando pequeñas dosis de información con el acertado propósito de despertar interés hacia lo que se esconde detrás de las imágenes. Todo ello, además, está acompañado por una excelente fotografía y una sutil pero lograda coreografía que marcan con decisión el compás de este logrado despertar. Tampoco debemos olvidar la excelente interpretación de Golshifteh Farahani, capaz de llenar ella sola incontables escenas en las que lo único que vemos es a su persona hablando con su marido inconsciente. Y la verdad es que, en cierto modo, todo este arranque cumple con su función de manera satisfactoria. Pues nos encontramos ante lo que parece una inquietante historia acerca de la pobreza en tiempos de guerra, dibujada con un pulso impecable y un control absoluto en lo que a aspectos técnicos se refiere. De ahí que resulte tan decepcionante descubrir que detrás de todo este planteamiento no nos espera nada más que reiteración y monotonía.

la piedra de la paciencia

En mi opinión, son dos los aspectos que con toda claridad hacen de La piedra de la paciencia una película fallida, ambos más y más visibles a medida que esta avanza. El primero (y tal vez el más evidente) es la rapidez con que una historia que en un principio parece interesante quema todas sus cartas dejando al descubierto la vaciedad de un guión que pretende abarcar mucho más de lo que en realidad abarca. Pues una vez desplegado el planteamiento, el espectador ya ha visto la práctica totalidad de lo que la película se propone relatar (salvo algún que otro suceso cargado de pretensiones y un final que no provoca otra cosa que vergüenza ajena). El segundo es que, cuando uno se ha acostumbrado a la mencionada elegancia de la composición de planos, descubre que esta bonita estética choca fuertemente con los horribles sucesos que se nos muestran. Es decir, da la sensación de que el director, demasiado entretenido en dibujar planos bonitos, olvida la humanidad de sus personajes y termina por dejarlos petrificados en una composición de cuadros que plastifica todo tipo de emoción.

Es cierto que La piedra de la paciencia cuenta con un amplísimo abanico de aspectos formales que hacen de ella un cuidado trabajo visual muy agradable para la vista. Pero también es cierto que hablamos de una belleza puramente estética que no encuentra réplica en el fondo de la historia, a pesar de las visibles pretensiones de esta de ser una pieza reflexiva -tal vez lo peor del film-. Y es que da la sensación de que la belleza de las imágenes no se corresponden con el dramático contenido del relato, motivo por el cual resulta considerablemente difícil empatizar con cada situación. O dicho en otras palabras, parece que el apartado estético del filme tome su propio camino y se aleje del discurso del director (sea cual sea) para convertirse en un ente independiente a los sucesos que se dan en la película. Algo que acaba provocando que todo este conjunto de planos secuencia compuestos de forma exquisita y dotados de una excelente fotografía (que, ciertamente, en un principio despiertan nuestro interés) acaben convirtiéndose en un monótono ejercicio visual demasiado parecido a un repetitivo pase de diapositivas.

Lincoln

Spielberg y Tarantino, antiguos reformadores de la narrativa – Segunda parte

Recapitulemos. Como ya dije en el inicio de la crítica de Django Desencadenado, la llegada a nuestro país de Lincoln y el último trabajo de Tarantino supone el estreno de dos cintas de contexto parecido abordadas con estilos claramente opuestos. Y el caso es que las distintas formas en que una y otra película se posicionan en el mismo bando anti-esclavista pueden verse como reflejo de los estilos narrativos de dos directores de cine que en su momento replantearon el lenguaje cinematográfico de formas muy diferentes. Centrémonos ahora en el caso de Spielberg.

Steven Spielberg y George Lucas son dos de los directores a los que a menudo se atribuye la reinvención del cine comercial, algo que ocurriría en la década de los 70 cuando presentaron las célebres piezas de aventuras Tiburón y La guerra de las galaxias. En aquel entonces, el público que veinte años atrás se maravillaba con las aventuras de La reina de África, Río Bravo o Con la muerte en los talones había crecido, y la gran extensión de critérios acompañada por la aparición del espectador adolescente pedía a gritos una actualización del entretenimiento cinematográfico. La respuesta llegó con el estreno de las películas mencionadas, sin duda dos piezas que marcaron un antes y un después logrando ser el referente de la mayor parte de producciones comerciales rodadas hasta hace poco tiempo. Se trataba, en definitiva, de un redescubrimiento del espectáculo cinematográfico dirigido a toda la familia. 

Guardémonos de mencionar el caso Lucas, aquello creó en la autoría de Spielberg un insaciable deseo de innovar, tanto en el campo narrativo como en el tecnológico. Primero llegaría la reivindicación del arqueólogo aventurero, más tarde la introducción en el cine de las imágenes generadas por ordenador y, finalmente y como última aportación importante, la actualización del estilo bélico en el cine contemporáneo. Lo que sigue en la carrera del director son constantes altibajos en lo que podría resumirse como un permanente intento fallido de innovación innecesaria. Tómense como ejemplo el intento fracasado de revisionar La guerra de los mundos, la innecesaria cuarta entrega de la saga Indiana Jones inundada de infografía o la más reciente adaptación de Tintín, nuevo intento de innovación tecnológica del que resultaría un vacío y saturado festival de malabarismos visuales.

Pero lo cierto es que esta vez Spielberg ha hecho un buen trabajo. Todo la hiperactividad narrativa que convertía a sus piezas anteriores en una exagerada exaltación de formas desprovistas de profundidad se ve aquí sustituida por una contenida dirección, amante de la sencillez al mismo tiempo que atrevida. Nos encontramos ante un espléndido retrato histórico tan profundo como entretenido, que contra todo pronóstico y mediante un excelente uso de los diálogos, centra todo el interés en sus personajes, mucho más que en la espectacularidad, el dramatismo sensiblero o en las filigranas visuales. Da la sensación de que esta vez Spielberg no ha centrado todo su esfuerzo en la innovación, sino en sacar el mayor jugo posible a la interesantísima historia que desarrolla. Los personajes, el contexto social, los acontecimientos políticos y los históricos cambios legislativos no necesitan ningún estímulo formal para crear interés, y el director lo sabe. Pero ello no quiere decir que estemos hablando de un desarrollo narrativo simplista. Todo lo contrario.

Como ya se ha dicho y dirigiendo ahora la mirada hacia el aspecto más obvio, hay que decir que Lincoln logra una excelente reproducción del momento histórico en que se sitúa. Tanto si hablamos de aspectos visuales relacionados con la estética como si nos referimos al apartado social, es incuestionable que la pieza que nos ocupa logra convertirse en esta mágica ventana temporal que debe ser toda buena película de época. Y es que, más allá de los excelentes decorados o del fantástico trabajo realizado por el director de fotografía Janusz Kaminski, director y guionista exponen la ética y los ideales predominantes en la sociedad a la que se refieren sin ocultar el recelo con que esta veía la inminente abolición de la esclavitud. De hecho, en la película, el gran objetivo de Lincoln consiste en presentar la reforma legislativa como medida pragmática para poner fin a la Guerra de Secesión, motivo por el cual esta debe ser votada mientras los soldados aún combaten.

De este modo y aunque vemos muy poco sobre el trato esclavista y las injusticias raciales, queda totalmente plasmada la ética social de la época según la cual los negros eran decididamente inferiores, como en (relativa) menor medida también ocurría con la mujer. Y aquí es donde entran los entramados políticos del presidente Lincoln, que tienen como objetivo camuflar el verdadero carácter humanitario de la abolición para ser presentada como artimaña política con el único fin de acabar con la guerra. Estrategias políticas consistentes en pactos realizados al margen de la ley o malabarismos de palabrería al mas puro estilo del clásico discurso político demagogo son algunos de los métodos utilizados por el partido republicano que Spielberg nos muestra con detallismo, elegancia y sin reparo, todo ello mediante un excelente uso de los diálogos. Y es gracias a ello que podemos disfrutar de una magníficamente desarrollada trama política.

Por lo que respecta a los personajes, es cierto que se presenta a Lincoln como al héroe indiscutible de la política, pero también lo es que terminamos por conocer al sujeto desde un punto de vista absolutamente humano. A ello contribuye considerablemente la triste situación matrimonial en la que se encuentra el protagonista como resultado de la inesperada muerte de un hijo, algo que el presidente no ha sabido afrontar. Recordemos el momento en que este mismo grita a su mujer las duras palabras “debería haberte encerrado en un manicomio.” Es entonces cuando entendemos que Lincoln es una persona como cualquier otra, solo que de ideales firmes y con una decidida confianza hacia la justicia, nacida probablemente como antídoto hacia el profundo dolor derivado de la pérdida. Mención especial merecen también el elenco de personajes que acompañan al protagonista, todos fantásticamente caracterizados con la ayuda de una exquisita interpretación.

Así es como Spielberg no solo recupera su posición de gran director de cine perdida varios años atrás, sino que además presenta un estilo de película nunca visto en su filmografía hasta la fecha. Se trata de un trabajo profundo desprendido de todo tipo de maniqueísmos (como en cierto medo podía suceder con las políticamente correctas – aunque tampoco nada despreciables – La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan), que funciona tanto como documento histórico como reflexión social. Y lo más interesante es que el motivo de tal logro no es otro que la decisión de dejar la innovación tecnológica y los malabarismos narrativos a un lado para contar con toda modestia una historia interesante de por sí.

La belleza de lo sencillo

Imatge
El descubrimiento del sexo es para muchos un sencillo episodio en el camino del crecimiento (lo que, sin embargo, no le resta importancia). Para Mark O’Brian representó un viaje interno que lo conduciría a la propia aceptación. Su experiencia fue algo tan poético como reflexivo y por ello merece ser contada con humildad y respeto, y Ben Lewin ha sabido llevar a término la tarea con éxito. De hecho, la elegante sencillez con que se relata la perdida de virginidad de O’Brian en Las Sesiones permite que surja con naturalidad y fluidez toda la profundidad y trascendencia escondida en la historia de su breve pero intensa experiencia sexual.Lewin tiene muy claro de qué quiere hablar, y para hacerlo sin problemas deja a un lado (sin por ello olvidarlos) todos los tópicos inevitablemente asociables a la tetraplegia que no pertenezcan a su discurso (la dificultad para encajar en la sociedad, la aceptación de una vida inmóvil…). De este modo consigue alejar la discapacidad del tema principal del film, convirtiéndose esta en un medio para despojar de adornos el tema que realmente le interesa: la sexualidad del individuo. Diciéndolo de forma rápida, el que Mark O’Brian sea incapaz de moverse permite al director llevar el sexo a un terreno absolutamente virgen (nunca mejor dicho) para poder hablar de él partiendo de cero.

Así pues, gracias a la sencillez con que se desarrollan los acontecimientos y al mencionado despojo de aquello que no forma parte del tema central, la sexualidad adquiere el protagonismo deseado. De este modo entendemos que lo que se nos pretende mostrar es el sexo como aspecto tan delicado como importante, reflejo de gran parte de nuestros miedos y traumas personales. Por supuesto que O’Brian desea practicar el sexo, pero más allá del puro deseo carnal (evidentemente presente) lo que este busca en realidad es conocerse a si mismo, descubrir su personalidad y aceptar su humanidad. Así lo entendemos en las bellas escenas en las que él y cuidadora exploran mediante el tacto su cuerpo inmóvil, momento en que O’Brian descubre un abanico de sensaciones nuevas para él, es decir, un conjunto de emociones que no se sabia capaz de sentir.

Vale la pena mencionar también el tratamiento que la película da a la religión, que es presentada como un sencillo método de desahogo, una vía de escape si se quiere, o en definitiva, un tipo de vínculo entre persona y felicidad no necesariamente distinto a la amistad o el amor. Por ejemplo, el cura con que O’Brian habla con frecuencia le aconseja no desde la superioridad clerical sino como modesto acompañante del misterioso camino que es la vida, y ante todo, como amigo. No hay que olvidar, por ejemplo, los debates internos que suponen para el capellán aconsejar sobre el sexo a una persona que cabe la posibilidad de que nunca se case, y sobre todo cómo este termina por anteponer el sentido común a las discutibles reglas de la más conservadora iglesia para dar carta blanca a su amigo discapacitado.

No es esta una obra maestra, desde luego, pero si es una digna y remarcable película que nos hace salir de la sala con una sonrisa en la cara sin trucos ni sensiblería. No hay que entenderla como una reflexión sobre la discapacidad, sino como un planteamiento sobre la vida y el papel que nuestra sexualidad tiene en ella, estrechamente vinculada a nuestra paz y serenidad emocional.

Rushmore

Rushmore 1

Wes Anderson, el freak per excel·lència. Es caracteritza per presentar uns personatges extranyíssims, diàlegs plens de situacions incòmodes, un aspecte visual únic i una tria musical que no té res a envejar a Tarantino en el seus millors dies.

Rushmore és exactament això. Es centra en Max Fischer (Jason Schwartzman) un alumne acadèmicament pèssim de la prestigiosa Escola Rushmore. Treu males notes, però de seguida veiem que és extremadament llest. Fa trenta activitats extra-escolars diferents, dirigeix obres de teatre, és president del club de debat… És popular. Els directors de l’Acadèmia, Herman Blume (Bill Murray) i el Dr. Guggenheim (Brian Cox), li plantejen un ultimàtum: o aprova o el fan fora.

Aquest és el punt de partida. No és més que una excusa per passar-nos una hora i mitja veient les desventures d’aquest personatge, que es cimenten sobre el seu amor per una professora, Rosemary Cross, interpretada per Olivia Williams.

El desenvolupament de la història esta ple de joies. Wes Anderson domina perfectament els diàlegs d’una manera enginyosa: fa que els nens parlin com adults; els iguala intel·lectualment. El resultat d’això és molt bo, crea situacions extremadament marcianes. Funciona, tot s’ha de dir, gràcies a un càsting magistral. Bill Murray està on fire, i Jason Schwartzman porta la pel·lícula perfectament.

Visualment sembla un conte. Cada pla sembla pensat al detall, composat de manera que sembli una il·lustració: ajuntant personatges grans amb petits, fent servir molts objectes extranys i vestimentes d’un altre planeta. És realment complicat d’explicar; la foto anterior n’és un exemple: Wes Anderson no intenta ser realista, intenta ser radicalment diferent. Pot sobtar i acabar cansant, però a mi em va fascinar.