El bosque – Crítica para Frikinomikon

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Érase una vez un pretencioso director de cine que soñaba en lograr la estafa definitiva. Casi todas las posibilidades parecían ya explotadas, pero el día en que fue padre dio con un plan que a nadie antes se le había ocurrido. Arrancó un cuento popular del recopilatorio de historietas de los Hermanos Grimm que su hija guardaba en su mesita y lo rompió a trizas, de donde consiguió el escenario perfecto para su película: un bosque encantado. A continuación tomó los pedazos de otro cuento de hadas de Hans Christian Andersen que previamente había robado a su hijo mientras éste dormía. También los rompió y de este acto nació una bella doncella que debería viajar por un mundo desconocido para poder salvar la vida a su amado. Tras mezclar los pedazos de ambas fábulas en un pote y dar con él unas cuantas sacudidas procedió a introducir el elemento que tan buen resultado había dado en su único trabajo defendible: una pequeña hoja de papel donde podía leerse la escritura “giro de guión que te cagas”. Pero enseguida pudo notar que faltaba algo… Tenía el contexto, tenía al personaje y tenia el gancho, pero aún así el trabajo estaba incompleto. Por fin cayó en la cuenta. Lo que faltaba era algo terriblemente simple: faltaba él. De modo que trasladó toda su fábula de época al contexto contemporánea y se situó a sí mismo en el punto exacto en qué el espectador fuese consciente del engaño. Vendió la idea a una productora y se convirtió en uno de los autores mejor remunerado del cine actual. Y colorín colorado… este cuento aún no se ha acabado.

Así se hizo Piratas del Caribe – Crítica para Frikinomikón

Personajes Piratas del Caribe

  • Oye, he pensado que podríamos hacer una de aventuras, como las de antes. Tu sabes, con especialistas y actores buenos…

  • Esto no vende, tío… Habría que ponerle estrellas de cine, de estas que fingen más que actúan.

  • Bueno, vale, pero… ¿y si inventamos algo nuevo? Podríamos hablar de la incomunicación de la sociedad moderna…

  • Calla, calla, que nos arruinas. Mejor métele algún romance, cuanto más previsible mejor.

  • Bueno, está bien… Pero, ¿que te parece si hacemos algo grande? Quiero decir… Con imágenes reales, decorados auténticos y peripecias creíbles…

  • Se me ocurre algo mejor. ¡Un montón de infografía, ordenador por un tubo, con secuencias increíbles y maldiciones eternas!

  • Coño, pues no sé… Al menos podríamos volver a lo de antes, con aventuras de piratas en alta mar…

  • No vende, hombre. Necesitamos algo más…

  • Pues yo que sé, tío… Si te parece ponle zombies, ¿no te jode?

  • … ¿como dices?

El dia de la bestia – [ Crítica para Twitter ]

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Este último viernes mis queridos amigos de Frikinomikon comentaron en su programa mi “elocuente” crítica sobre Doce Monos.  Tan solo me gustaría recordar amistosamente cómo tras minutos y minutos de platicar banalmente sobre mi supuesta condición bohemia y exponer incontables asuntos de interés cuando menos cuestionable, un servidor recibió la irónica acusación de escribir “paja y más paja”. Ajá. Hecho el apunte, les dejo con mi crítica. 

Personajes entrañables, guión decente, humor negro en dosis acertadas. Diana de rebote que Don Internauta jamás repitió. Un 7.

P.D: Lo de las caricaturas tal vez la semana que viene…

12 monos: reto superado

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Hace un par de semanas, los apreciados compañeros del programa radiofónico Frikinomikon [`http://frikinomikon.com ] me retaron a escribir una crítica que cupiera en twitter. Pues bien, aprovechando que este viernes es el turno de la insustancial 12 monkeys, respondo a la propuesta de la siguiente forma:

 

Buena atmosfera, secuencias bien rodadas. Personajes vacíos, situaciones nada creíbles. 5 en distracción, 0 en trascendencia.

Aquí lo tienen, pués. Espero sepan sacar del artículo todo el jugo que posee.

Jurassic Park

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Doy por supuesto que la decisión por parte de nuestros queridos amigos de Frikinomikon de introducir Jurasic Park en su lista de clásicos cinematográficos se debe, al menos en parte, a cierta admiración hacia el título. De ser así, entiendo también que dichos sujetos estarán de acuerdo conmigo en que la película de Spielberg puede definirse como un gran trabajo del entretenimiento. A partir de ahí y suponiendo que acierto, no encuentro descabellado dar también por hecho que compartimos opinión sobre la gran elegancia que un servidor encuentra en ciertas secuencias, especialmente en aquella en que el mismísimo T-Rex caminando majestuosamente alrededor de los coches y termina arrojando uno de ellos encima de un árbol. Una escena, en definitiva, en donde las imágenes generadas por ordenador juegan un importantísimo papel y que sin él resultarían imposibles de realizar. Por favor, queridos amigos radiofónicos, hagan el experimento de proponer a cualquier diseñador gráfico (sí, los actuales también cuentan) que hagan dicho trabajo con un PC. Veamos qué responden.

Es conocido por todos que Jurasic Park supuso una importante revelación cinematográfica dentro del campo visual cinematográfico. Durante el año de su estreno los cinéfilos vivieron una especie de ensueño fantasioso mientras que un ancho sector no especializado acudía a las salas de cine para contemplar las criaturas extinguidas, de igual modo que a inicios de siglo XX el ciudadano medio visitaba el zoo para descubrir animales de otro modo impensables de contemplar. Y es que en realidad, la película de Steven Spielberg supone una doble conquista cinematográfica: por una parte está el ya mencionado avance dentro el campo visual; por otra, hablamos de una demostración del gran poder que posee el cine en tanto que herramienta capaz de hacer ofrecimientos pertenecientes a un campo que la realidad no puede abarcar. En este aspecto resulta tremendamente reveladora la secuencia en que los protagonistas contemplan deslumbrados el caminar de los brontosaurios: Spielberg dirige un guiño al espectador mostrando la gran impresión que provoca a los personajes entender lo que ha llegado a ser capaz de hacer el ser humano gracias a la ciencia moderna, a sabiendas de que en aquel momento el espectador se encuentra anonadado al comprender lo que es capaz de hacer el cine gracias a los modernos efectos especiales. 

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Ya en el año de estreno de Jurasic Park otro sector del cine trabajaba en la que sería la primera película de animación realizada íntegramente por ordenador, a saber, Toy Story. Da la casualidad de que una de las anteriores críticas que un servidor escribió para nuestros queridos compañeros de Frikinomikon es, precisamente, sobre el primer trabajo de los estudios Pixar, una película que a decir verdad comparte muchas cualidades con la que nos ocupa. Recordemos cómo en dicho artículo apunté que “la película de John Lasseter tuvo que cargar con la responsabilidad de ser el primer producto que experimentara dentro del terreno tridimensional, y ello comportó que toda producción posterior realizada de este modo topara con la obligación de tomar determinados caminos abiertos por la misma”. Algo parecido sucede con el descubrimiento de Steven Spielberg, una película que abrió camino a un sinfín de efectos especiales que aún a día de hoy toman prestadas fórmulas del mencionado título. Dos cosas quedan claras con éste hecho. La primera, que la inventiva de Spielberg, capaz de imaginar por primera vez en la historia del cine una puesta en escena en la que la imagen tridimensional tuviera un peso tan importante, merece un gran reconocimiento. La segunda, por supuesto, que el agradecimiento que debemos a estas fantásticas computadoras a las que hoy en día llamamos Macintosh es infinito. 

El silencio de los corderos

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Prólogo [a mis amigos de Frikinomikon ] 

En la última crítica que escribí para los desvergonzados aspirantes al club de subcinéfilos dirigentes del (supuesto) programa de radio Frikinomikon se me acusó de ser un “gafapasta” (algo motivado por el hecho de poseer un ordenador mac, asociación solo concebible en la mente de los envidiosos de la tecnología apple y defensores de la obsoleta campaña pro-PC) y de escribir artículos que no tienen “chicha” (para los seres humanos conocedores de aquello que algunos llaman literatura, lo que los apreciados amigos de Palau de plegamans pretendieron decir fue “tus críticas carecen de contenido”). Sobre lo primero, no puedo más que sentir lástima hacia el triste desconocimiento de aquellos que todavía hoy se resisten a reconocer la gran utilidad de los ordenadores MacIntosh y cubren el sinsentido de su conservadurismo con burdos insultos como del que hace un par de semanas fue víctima un servidor. Sobre lo segundo, no teman, en seguida lo arreglamos.

Película “multiclasificable”

Aprovechando la ocasión para barrer un poco para casa, El silencio de los corderos posee la virtud de ser catalogable al menos a tres movimientos cinematográficos citados anteriormente por el mismo indeseable que ahora escribe este artículo. El primero y más evidente es el de las cintas post-newhollywood cuyo acto de presencia tubo lugar pocos años después de la aparición del New Hollywood (por si se os escapa, queridos subcinéfilos de Palau, entendemos por new hollywood la quinta de directores aparecida a mediados setenta y formada por sujetos como Steve Spielberg, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, George Lucas y compañía), en ocasiones llamadas películas del “New New Hollywood” como pueden ser Blade RunnerRegreso al FuturoTerminatorLa jungla de cristalEduardo Manos Tijeras o Forest Gump.

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El segundo movimiento es el de películas hechas por directores (frecuentes en los años noventa) cuyo canto de cisne se da de forma aleatoria y prematura con una película que pasa a ser recordado muy por encima del propio director, como los casos de Bailando con lobosCadena PerpetuaBabe, el cerdito valienteBraveheart (ya sé que ustedes, queridos subcinéfilos radiofónicos, a esto último también lo llamáis “película”), PlatoonBlade Runner o El paciente inglés. Y por último, también podemos situar el trabajo de Jonathan Demme al lado de esta serie de películas noventeras reduccionistas que condujeron al cine de antaño hacia la simplificación de trama y personajes (¿quieren hacer el favor de callarse, charlatanes? ¡Ya sé que El silencio de los corderos es una película profunda, de modo que aparten de una vez su pico palomitero de los micrófonos y escuchen!).

El caso es que Jonathan Demme explota estos tres aspectos de forma magistral y logra sacar lo mejor de cada uno de ellos. Veamos. Como cinta post-new hollywood (recuerden, queridos locutores, que la característica más elemental de esta corriente es que tiende a explotar al máximo las posibilidades del dispositivo cinematográfico sin que la verosimilitud sea un obstáculo), la película de Jonathan Demme cuenta con las famosas escenas que solo pueden ser definidas como cine en estado puro y que convirtieron El silencio de los corderos en la pieza de culto que es hoy en día. Me estoy refiriendo, por supuesto, a momentos como la célebre secuencia en la que Hanibal Lecter logra penetrar en la mente de Clarice, el confuso montaje en paralelo durante el clímax final del metraje o la inquietante secuencia de desenlace resuelta de forma tan imprevisible como loable.

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Sobre el segundo aspecto y centrándonos concretamente en los tres últimos ejemplos (PlatoonBlade Runner y El paciente inglés), hablamos de títulos que concentran todo su potencial en la contención, cine de expresividad modesta pero que logra una considerable espectacularidad. Por ejemplo, la cinta que nos ocupa comparte con Blade Runner una atmósfera claustrofóbica que a pesar de imponerse con sutileza logra una presencia más que notable. Se trata (en ambos casos) de un lenguaje que juega con aquello que vemos y aquello que no; un escenario dibujado mediante pequeñas pinceladas que nos conducen a construir con la imaginación lo que no llegamos a ver. En resumen, un aunamiento de pequeñas virtudes con el mismo sello que constituyen un todo casi perfecto como uno de estos Macs secretamente envidiados por determinado sector social.

Hablemos ahora del sello “noventero reduccionista”. Lo sé, queridos “palauenses”, Hanibal Lecter es un asesino que lo es todo menos simple y muy poco menos podemos decir de la fascinante Clarice Starling. Pero en todo caso hablamos de una tipología de personajes facilmente reconocible a simple vista y a los que el film se cuida de dar profundidad posteriormente a su presentación. Es decir, cuando vemos por primera vez a Hanibal identificamos automáticamente su condición de psicopata desquiciado, a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, con los asesinos de films como PsicosisSe7en o Milenium. Un personaje, a fin de cuentas, cuya profundidad no evita su “tópico” perfil de malvado. Y lo mismo sucede con Clarís, un personaje de psicología compleja pero de rasgos claramente identificables que definen sin peros su condición de “joven aprendiz con talento”.

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Estos rasgos tan distinguibles de ambos personajes son los mismos que más adelante serían explotados por otras películas sin el cuidado tratamiento psicológico que ofrece El silencio de los corderos, transformándolos así en simples marionetas de un rompecabezas sin sentido, como son los casos de ScreamCopycat, El coleccionista de huesos o Saw. He aquí la (involuntaria y para nada reprobable) aportación reduccionista de la pieza de Jonathan Demme al cine de los años noventa (e inicios 2000). Pero lo más curioso es que dicho aspecto sienta de maravilla a la película, pues del contraste que se da entre las crueles y amenazantes expresiones faciales de Anthony Hopkins frente el inocente rostro de Jodie Foster nace una (brillante) relación de personajes que no puede definirse de otro modo que fascinante.

El sorprendente resultado de la unión de estas tres categorías sitúa al film en la posición de obras imprescindibles en la historia del cine, al mismo tiempo que lo introduce en otro colectivo solo atribuible a genialidades como PsicosisEl PadrinoTiburón o El club de la lucha: el de las adaptaciones cinematográficas de piezas literarias cuyo prestigio y reconocimiento termina por superar con creces a la obra adaptada. Solo espero que esta vez los queridos amigos de Palau no me comparen esta joya con Se lo que hicisteis el último verano, siendo el caso que la última vez ya me compararon Toy Story con Shreck.

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