Efectos colaterales del regreso de la calidad

Introducción a la crítica de Jack Reacher

(Tercera parte del artículo Nueva etapa de cine para todos los públicos)

Hace apenas unas semanas presenté un artículo referente a un supuesto y sintomático cambio de dirección en el cine comercial.  En él se citaban a las películas Los Vengadors, La vida de Pi y Los Miserables como posibles piezas de cabecera de un movimiento que abriera las puertas a un nuevo cine de calidad para todos los públicos. Pues bien, el pasado fin de semana tuvieron lugar dos estrenos que tal vez puedan servir para reforzar esta teoría.

En dicho artículo se comparaba el hipotético cambio de direcciones cinematográfico actual con el de los años setenta. Retomo aquí la comparación para recordar cómo en aquel entonces un conjunto de piezas comerciales de notable éxito aportaron un nuevo aire fresco a la industria cinematográfica, algo que no solo nutriría al cine más comercial, sino también a diversos films dirigidos a un público más reducido cuyo reconocimiento vendría más de la crítica que de su éxito financiero. Incluso tuvieron lugar estrenos de grandes obras cinematográficas claramente dirigidas a un espectador minoritario (aunque algunas de ellas lograran un éxito inesperado).

Me estoy refiriendo a películas como pueden ser las inconformistas The French Connection (William Friedkin, 1971) y Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975), las controvertidas Perros de Paja (Sam Pekimpah, 1971) y Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975) o a las más modestas – aunque no por ello peores – Annie Hall y Manhattan (Woody Allen, 1977 y 1979). Son películas de un éxito inferior al de las grandes protagonistas de los años setenta (a saber, El Padrino, Tiburon, Star Wars…) pero sin duda de alto nivel y claramente deudoras del estilo cinematográfico coloquialmente denominado “setentero”. Volviendo al presente, las recién llegadas a nuestras pantallas Amour y Jack Reacher tal vez puedan verse como películas situadas en una posición similar a la posición en que se encuentran las películas acabadas de mencionar.

Recojo aquí mi apunte referente al último film de Haneke según el cual Amour puede definirse como “film de gran profundidad, belleza, poesía y majestuosidad que no solo destaca gracias a dichas características, sino que sobresale ante cualquier pieza cinematográfica sin necesidad de tratarse de una obra comercial”. En esta misma categoría podría colocarse Barry Lyndon, y de hecho, el que la otra haya sido seleccionada recientemente para participar en los Oscars como lo fue en su momento la de Kubrick, fortalece esta afirmación. El caso es que Jack Reacher podría ser una compañera contemporánea de Amour como fueran compañeras contemporáneas  The French Connection y Barry Lyndon en los años 70. En ambos casos hablamos de dos películas de estilos claramente opuestos, pero que forman parte de un mismo movimiento con rasgos propios de este.

Para decirlo en pocas palabras, tal vez nos encontremos ante las primeras consecuencias indirectas de la llegada de un nuevo estilo cinematográfico, que estaría encabezado por películas exitosas de público abundante y respaldado por la calidad menos orientada al público de masas, tal y como sucedió en la década de los 70. Atención a los próximos estrenos.

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El nuevo cine del siglo XXI

Introducción del Top 10

(Segunda parte del artículo Nueva etapa de cine para todos los públicos)

Mi recuento de la cosecha cinematográfica de antaño tiene dos novedades respecto a los anteriores. La primera es que esta vez no cuenta con ninguna producción catalogable como obra maestra. La segunda es que de entre las diez seleccionadas ninguna de ellas es de animación. En un primer momento estas ausencias pueden parecer una pérdida sintomática, pero analizando un poco la diversidad de estilos predominante en las salas de cine de este año (y la notable calidad de su mediana) a uno le invade la sensación de presenciar lo más parecido a resurgimiento o reinvención cinematográfica que hayamos podido ver en los últimos años. De modo que las ausencias mencionadas bien podrían entenderse como un ajuste de posiciones entre las líneas de la brillantez y la mala calidad, una bajando y la otra subiendo para encontrar el punto común en una modesta pero digna posición de buen cine.

Decíamos que la diversidad estilística ha sido uno de los aspectos más remarcables de la cosecha cinematográfica del año. Hemos tenido des de las aventuras desenfadadas de Joss Whedon con sus vengadores hasta el profundo drama familiar de la mano de Alexander Payne con sus descendientes, encontrando por el camino la acción futurista de Rian Johnson con Looper y el disfrutable ataque al capitalismo de Nicholas Jarecki con El Fraude. Todos ellos son productos de calidad al mismo tiempo que comerciales (unos más que otros), conceptos que hace apenas dos años costaba horrores de imaginar unidos con tanta facilidad. Y estos son tan solo unos pocos de los títulos comerciales a reivindicar.

Ello no quiere decir que nos hayan faltado productos independientes de carácter más personal dirigidos a un público más reducido. Dentro de esta categoria encontramos al poético drama romántico de Terence Davis que es The Deep Blue Sea, la reflexión metalingüística de François Ozon con su En la Casa o el bonito relato sobre el auto-perdón y el enfrentamiento a pérdidas familiares de Philippe Falardeau con su Profesor Lazhar. Y de la misma forma que sucedía con los títulos de carácter más taquillero, ninguno de estos últimos alcanza el sobresaliente pero sí llegan todos al notable sin problemas. ¿Pura coincidencia? No lo creo.

Corriendo el riesgo de estar precipitándome anuncio la buena nueva: igual como pasara en la transición de los años 60 a los 70 con la derivación del modernismo europeo al nuevo cine de Hollywood (el conocido New Hollywood protagonizado por Spielberg, Coppola, Scorsese y Lucas entre otros) parece que estamos llegando al fin de una etapa en la que el cine de público reducido actuaba como protagonista de escenario para iluminar nuevos caminos (recordemos el inesperado protagonismo adquirido de repente por Terrence Malick, especialmente con La Delgada Línea Roja y sobre todo su último estreno – nada comercial – El Árbol de la Vida, o la imprevisible presencia en los Oscars de un film tan pesimista como Winter’s Bone, o la aun más incomprensible participación en la academia de Canino y la repentina popularidad de Michael Haneke tras estrenar La Cinta Blanca) para llegar al inicio de una nueva era en la que el cine comercial, provisto de nuevas fórmulas cedidas por su compañero independiente, entra de nuevo en escena. 

El cine comercial parece estar haciendo un viaje, y las películas participantes en él son muchas de las seleccionadas en el TOP 10 de 2012 que me dispongo a presentar. También las hay de carácter más personal, dirigidas a un público más concreto o de ambiciones más personales. Pero todos los títulos que forman mí recopilación dan testimonio de un modo u otro del cambio anunciado. O lo que es lo mismo, todos participan en el viaje de forma directa o indirecta.

Nueva etapa de cine para todos los públicos

Imatge

Tal vez sea cierto que finalmente ha llegado la nueva fórmula. Me hace sospechar que así es el que esta sea la tercera vez en un año que me dispongo a escribir sobre una superproducción de calidad. Pero empecemos por el principio.

Resulta una obviedad decir que el cine nunca ha sido inmune a los cambios. A finales de los años 50 tuvimos la primera muestra de ello: la llegada de la TV, la aparición del público juvenil a causa del baby-boom, el agotamiento de formas hollywoodienses y ciertas sacudidas sociales inesperadas arrojaron al cine de masas a su primera crisis creativa. Añadamos a todo ello el posterior cambio de generación, que entre otras cosas, convirtió la industria cinematográfica en un negocio palomitero manejado por sujetos que poco o nada sabían sobre el séptimo arte.

El resultado fue una década de incertidumbre durante la cual directores y productores estuvieron dando palos de ciego en frustrados intentos de encontrar nuevas fórmulas comerciales. Fue en los años 70 cuando, obviando contados episodios predecesores y los primeros síntomas de cambio, llegó la respuesta esperada con el fenómeno conocido como New Hollywood, que culminó con el estreno de las dos piezas Tiburón y Star Wars. El nuevo cine de masas había llegado. Público y crítica se reconciliaron y se abrieron nuevas puertas estilísticas que nos conducirían a más de una década de remarcables producciones, como la saga Indiana Jones, la trilogía de Regreso al Futuro, las dos primeras Terminator o Jurassic Park.

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Poco después el cine independiente irrumpió en la gran pantalla gracias a la intervención de Miramax, con títulos como El Paciente Inglés, Pulp Fiction o Shakespeare in Love. Fue una inesperada y agradable sorpresa, puesto que de repente parecía existir vida cinematográfica más allá de las paredes de Hollywood. Pero ello no tardó en adquirir su verdadero aspecto: en realidad no se trataba de una alternativa hollywoodiense, sino de una “sub-reinvención” de estilo. A decir verdad, aquello no llegó a ser más que una pequeña prolongación del fenómeno setentero y la fugaz sorpresa fue engullida con rapidez por la gran industria (no hay más que ver en que posición se encuentran ahora los directores responsables del pequeño surgimiento).

El canto de cisne de esta era tuvo lugar a finales de los años noventa con la estrena de los títulos  Titanic y Matrix, últimas superproducciones que lograron captar la atención de público y crítica simultáneamente. Y si mucho apuramos, aún podríamos hablar de los ecos del ciclo con la trilogía El Señor de los Anillos (y de rebote, apurando aún más, la primera entrega de Harry Potter). Desde entonces y hasta hoy todo ha sido incertidumbre (evidentemente, salvo contadas excepciones). Seguramente las dos causas principales de ello hayan sido la llegada de los efectos especiales generados por ordenador y el impresionante fenómeno social que ha sido la aparición de Internet. De este modo llegamos, como sucediera en la década de los 60, a una época de frustrados intentos de reinvención que hasta ahora no parecía encontrar su camino.

Imatge

Hace año y medio escribí la crítica de Super 8, película que me sorprendió gratamente por su capacidad de aunar público y cinefilia. Pero debo decir, a mi pesar, que en el fondo no fue más que una mirada nostálgica hacia una era cinematográfica ya acabada. El trabajo de J.J. Abrams no apuntaba nuevas fórmulas ni suponía ningún tipo de descubrimiento. Era tan solo un pequeño guiño (aunque bien hecho) a los cinéfilos añorados del buen cine destinado a la toda familia. Aun así, podemos decir que su aparición puede verse ahora como una señal premonitoria, o tal vez como un grito de auxilio para recordarnos que la convivencia entre comercialidad y calidad era posible. Bien, pues al parecer logró su cometido. Y es que el gran cine tal vez este resurgiendo.

Tras un largo tiempo de espera parecen haber tenido lugar las primeras muestra de cierta reaparición comercial. Este año, con la llegada de las visionarias superproducciones Los Vengadores, La Vida de Pi y una tercera producción quizás incluso más impresionante, hemos podido recordar qué era entrar en el cine con los amigos y palomitas en mano para disfrutar sin peros de puro espectáculo cinematográfico. Me dispongo ahora a escribir la crítica de dicha tercera producción, al parecer, la pieza que supone la consagración del nuevo cine comercial.