Líbranos del mal (Scott Derrickson)

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Hace año y medio, con motivo del estreno de Posesión Infernal [2013], hablé de cómo el género de terror se convirtió en una de las víctimas principales de la simplificación argumental que el cine sufrió a lo largo de los años noventa. Esta simplificación consistió, a grandes rasgos, en un proceso de convertir las películas en esquemas reducidos a la mínima esencia, protagonizados por personajes que eran meros monigotes exclusivamente al servicio de una montaña rusa sin pilares. Ahí figuraban los ejemplos de Scream, El último escalón, House on Haunted Hill, Leyenda Urbana o La guarida: películas de escaso argumento y con personajes destinados únicamente a ser desmembrados cuyo único gancho era el gore y los sustos. Lo que Fede Álvarez nos ofreció en su ópera prima, en tanto que película perteneciente al Nuevo Cine del Siglo XXI, fue un producto comercial decidido a recuperar la profundidad del género; devolviendo a los personajes su profundidad y planteando una interesante tesis que ejercía de esqueleto bajo el aparente pasatiempo. Ahora Derrickson nos ofrece, con su nueva película Líbranos del mal, un paso más en este proceso de recuperar la esencia del cine genérico bien entendido, esta vez mediante una hábil mezcla de géneros que abre un nuevo campo de posibilidades en el apartado del terror.

Eric Bana and Joel McHalestar in scene from movie 'Deliver Us From Evil'

Así cómo Posesion Infernal [2013] se proponía recordarnos que la profundidad de personajes y el cine de terror no están reñidos, como tampoco lo están el género comercial y la reflexión trascendental, en Líbranos del mal encontramos una película que da por supuesto lo mencionado y que centra sus esfuerzos en experimentar en el campo formal y plantear una muy particular mezcla de géneros. Es decir, la tesis está ahí, cómo también lo está la atención a los personajes, pero Derrickson se vale con un par de ágiles pinceladas para hacer constar su existencia y servirse de todo ello para dibujar la compleja filigrana que es su nueva película. Lo que encontramos en esta pieza es un curioso cruce entre el cine policíaco y el de terror, con un policía como protagonista que afronta los casos de tendencia paranormal del mismo modo que afrontaría los de un asesino en serie; y en donde las secuencias de persecución o peleas están planteadas igual que lo estarían en una (buena) película de acción. Este detalle contribuye a añadir veracidad a lo relatado, logrando hacer que el espectador olvide cuestionarse hasta que punto es creíble lo visionado. El resultado es una interesantísima película de alta tensión, oscura e inquietante, que nos mantiene pegados en el asiento durante todo su recorrido.

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Como ya dije anteriormente, esta relectura genérica que está llevando a cabo el Nuevo Cine del Siglo XXI no es nada nuevo: lo que encontramos en el cine Hollywoodiense de los años 70 es un conjunto de directores (Martin Scorsese, Steven Pielberg, George Lucas, Peter Bogdanovich, Brian de Palma y compañía) que reinventan el apartado comercial mediante la actualización de diversos géneros (bélico, aventuras, mafia, terror, western…). Una renovación que muy a menudo centraba su punto fuerte en la unión de géneros (como bien demuestra Tiburón, una de las películas pioneras del New Hollywood). Esto es exactamente lo que encontramos en Líbranos del mal: una pieza a todas luces de terror que se sirve de diversos elementos de otros géneros (no solo el policíaco: ahí están también el drama familiar, la cinta de acción y en ocasiones incluso la comedia) para lograr un sólido producto comercial que entretiene y aterroriza a partes iguales. Una película 100% consciente de su propósito que juega con las expectativas del público, y que además sorprende tanto por su valentía en la apuesta como por su habilidad para coger desprevenido al espectador en la mayoría de sus secuencias de tensión (no tanto por la previsibilidad de los sobresaltos como por el modo con que estos son ejecudados).

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X-men: Días del futuro pasado (Bryan Singer)

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Tal vez fuera de esperar que el tiempo convirtiera en productos de calidad indiscutible (especialmente a ojos de los críticos) las primeras entregas de X-Men (a cargo de Brian Singer) y Spiderman (dirigidas por Sam Raimi). Sin embargo, a ojos de un servidor tales títulos siguen siendo a todas luces un mal ejemplo de lo que deben ser las cintas de superheroes. Por eso es de agradecer que hoy en día disfrutemos de las renovadoras miradas de autores (pues se han ganado este calificativo en toda regla) como Joss Whedon, Mathiew Vaungh o Marc Webb; directores cuando menos muy interesados en mostrarse fieles al producto de viñetas en el que se inspiran sus películas. Pues no es ningún secreto que fueron ellos (acompañadas por la efectiva incorporación de Marvel en la empresa cinematográfica) quienes poco más de media década atrás revolucionaron el terreno superheroico con notables producciones como la franquicia Iron Man, X-Men: Primera Generación, The Amazing Spiderman y la obra cumbre hasta la fecha del “género”, Los Vengadores. Es también gracias a la aparición de estos productos que actualmente el cine de superheroes goza de una salud inmejorable, por lo que no es de extrañar que Brian Singer haya aprovechado el momento para redimirse como autor.

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Así pues, en la producción de X-men: Días del futuro pasado encontramos a un director venido a menos (recordemos sus últimos trabajos: Superman Returns, Valkiria y Jack el Cazaguigantes) que aprovecha la saludable situación en que se encuentra el cine de superheroes para situarse en lo más alto del terreno cinematográfico comercial; estrenando una de las cintas superheroicas más esperadas (aprovechando, además, la inmerecida medalla obtenida por sus primeras incursiones en la franquicia a la que el título presente da continuidad). Teniendo en cuenta lo mencionado, el director de Sospechosos Habituales no tenía más que repetir la fórmula de X-men e X-men 2 y confiar en que su nombre en tanto que creador de la franquicia y la buena situación del cine de superheroes hicieran el resto para situarle de nuevo en la posición de director rentable (de ahí la escepticidad con que muchos miramos el proyecto cuando el nombre de Singer fue anunciado como director). Afortunadamente, el visionado de el título que nos ocupa basta para darse cuenta de que Singer ha aceptado con responsabilidad y honestidad su posición, esforzándose en ofrecer un nuevo punto de vista a la franquicia y ante todo confiando en la buena mano de Matthew Vaungh como colaborador en el desarrollo del guión.

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X-men: Días del futuro pasado retoma la tendencia iniciada por su precuela (X-men: Primera generación) de entender las habilidades superheroicas de sus personajes no como una montaña rusa destinada a llenar huecos argumentales (como sí ocurría en las primeras producciones de X-men) sino como un pequeño engranaje usado para construir un parque de atracciones cuyos puntos fuertes son los protagonistas y una trama bien perfilada y desarrollada. Así, la habilidad regeneradora de Lobezno, el poder psíquico de Charles Xavier, el control que Magneto ejerce en el material metálico o la habilidad camaleónica de Raven / Mystique no son más que meras herramientas que fortifican un guión de estructura sólida. Un guión que, dicho sea de paso, encontramos plagado de tópicos que muy fácilmente podían caer en el terreno de lo ridículo de no ser usados debidamente (amistad, viajes en el tiempo, dicotomías morales, búsqueda de la propia identidad…). Pues la película de Brian Synger no se conforma con repetir fórmulas, sino que busca explorar las posibilidades que ofrece el hecho de contar con conceptos únicamente existentes en el terreno de la ficción, como ya en su tiempo hicieron trabajos tan notables como Regreso al futuro, Indiana Jones o la primera trilogía de Star Wars.

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Así es como X-men: Días del futuro pasado se sitúa en la posición de una de las propuestas cinematográficas anuales más interesantes dentro del terreno comercial, sin nada que envidiar a trabajos tan reivindicables como Capitán América: El soldado del invierno u The Amazing Spiderman: El poder de electro. En resumen, Bryan Singer no solo ha dejado atrás sin problemas las fórmulas obsoletas que condujeron al éxito sus anteriores trabajos, sino que además ha conseguido una cinta de aventuras renovadora y sorprendente, destinada a convertirse en el modelo a seguir para futuras producciones comerciales. Una película, en definitiva, que logra despertar interés por una historia de apariencia simplona y que además, por qué no decirlo, arroja una buena ráfaga de aire fresco a este “subjenero” comercial tan manido hoy en día como es la película de viajes en el tiempo. Y para redondear el asunto, Brian Synger y 20 century fox (acompañados en el viaje por Sony y su nueva saga de Spiderman) han fabricado un simpático juguete que constituye una sana (y necesaria) competencia para el (por otra parte elegante) sello que Marvel Productions ha dibujado en el superheroe a lo largo de los últimos años. Podemos decir que el “panorama superheroico” se encuentra, ahora sí, en su primera edad de oro.

All is lost (J.C. Chandor)

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No cabe duda de que el principal atractivo de Margin Call es el lucimiento de los actores y la profundidad que emanan los personajes que estos interpretaban. La opera prima de J.C. Chandor nos sorprendió por la naturalidad con que dicho director esbozaba las personalidades que se esconden tras el incomprensible lenguaje de la bolsa estadounidense; según él, un perverso juego de roles con una distribución jerárquica fuertemente atada al grado de frialdad de cada jefe de departamento. De modo que, siendo el primer trabajo de Chandor una película tan fuertemente arraigada a la descripción de personajes, es muy sorprendente que su segundo trabajo constituya todo lo contrario: Cuando todo está perdido presenta una puesta en escena dotada de un único personaje, desprovista de diálogos y totalmente reacia a ofrecer ningún tipo de información acerca de dicho personaje. Una apuesta din duda muy arriesgada, pues el director de Margin Call ha apostado por llevar al extremo el concepto de “narrar con imágenes”, depositando toda su confianza en que las imágenes expuestas y el rompecabezas que estas componen posean la fuerza suficiente para enganchar al espectador. Y lo cierto es que Chandor ha logrado su cometido.

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Lo comentado hasta el momento basta para comprender que la película que nos ocupa pertenece a la corriente contemporánea del Nuevo Cine del Siglo XXI: una película de supervivencia que centra su atención en el contexto antes que en las heroicidades de su protagonista, que opta por una narrativa realista en vez de la construcción esquemática del manido filme de aventuras. Pero hay algo más que nos induce a situar Cuando todo está perdido en este col·lectivo fílmico. En primer lugar, está la completa ausencia de efectos especiales generados por ordenador; algo que contribuye notablemente a añadir verosimilitud al relato, evidenciando de algún modo que en esta aventura no hay espacio para las concesiones. En segundo lugar, está este tratamiento de imagen en donde la cámara jamás se aleja más de un metro del protagonista, como si su misión fuese demostrar que todo lo que le sucede queda registrado, sin espacio para peligrosas elipsis que pudieran acudir en socorro de dicho protagonista. Chandor da un salto al vacío obligándose a si mismo a narrar con entera honestidad, anclándose a las fuertes cadenas de la realidad y cortando toda comunicación con recursos de la ficción que pudieran lanzarle un salvavidas.

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Alguien podría reprochar a J.C. Chandor que su protagonista carece de profundidad. Y en cierto modo, se trata de una afirmación del todo cierta. Pero es evidente que este hecho no se debe a ningún descuido, sino a la firme convicción por parte del director de que el protagonista de su historia no necesita una caracterización profunda, sino bien perfilada. Y este es un trabajo que Chandor se toma muy en serio: a pesar de no saber nada de él, las acciones que vemos llevar a cabo a dicho protagonista nos convencen de su firme voluntad por sobrevivir, de su inagotable insistencia en superar cada obstáculo. Y ello basta para situarnos en el contexto deseado y para despertar nuestro interés hacia los hechos relatados. Pues si bien es cierto que dicha profundidad no queda explícita en la película, í se intuye en cada movimiento del personaje, como si este poseyera una fuerte personalidad envuelta por un firme carácter introvertido. Lo que queda es una trepidante película de supervivencia que dinamita fronteras narrativas y abre nuevos caminos para el cine de aventuras contemporáneo, añadiendo su granito de arena en esta sorprendente oleada de films que nos está ofreciendo el Nuevo Cine del Siglo XXI.

TOP 10 Cinéfilo del 2013

10.- Rush – Ron Howard [ Nuestro primer encuentro con el mundo ]

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El año pasado abrimos esta misma sección refiriéndonos a Los Vengadores como la película que rescató del olvido al buen cine comercial de entretenimiento. Este año presentamos al último trabajo de ficción firmado por Ron Howard como una de las más importantes producciones hollywoodienses anuales concernientes al Nuevo Cine del Siglo XXI. Como es habitual en la corriente, en Rush encontramos un trabajo dirigido por un cineasta de inesperado resurgimiento tras una larga lista de propuestas poco convincentes. Pero este no es el único hecho que nos conduce a catalogar al film que nos ocupa como una pieza más de la mencionada corriente. Se trata de una película desarrollada con entera seriedad y protagonizada por dos personajes que nada tienen que ver con los característicos títeres prefabricados a los que tan acostumbrados nos tenia Hollywood. En resumen, hablamos de una película protagonizada por seres humanos con sus virtudes y sus defectos.

Ron Howard nos presenta un relato de rivalidades tremendamente bien perfilado, uno en donde encontramos a dos personajes sedientos de victoria que jamás dan ninguna muestra de intentar caer bien. La unión del buen trabajo de Peter Morgan como guionista a un igualmente espléndido trabajo en el montaje ofrecido por Daniel P. Hanley (montador habitual de Howard) se convierten en la receta perfecta para lograr una película de tempo vertiginoso y de increíble agilidad narrativa. Una película que además plasma maravillosamente una enfermiza rivalidad sin tomar partido ni juzgar las acciones de sus personajes. Lo que tenemos ante nosotros es una interesantísima pieza de entretenimiento caracterizada por una frenética agilidad y su buena descripción de personajes. En resumen, la película de Ron Howard, ayudada por el sello característico del Nuevo Cine del Siglo XXI, nos da uno de nuestros primeros aprendizajes de la vida: la competición por destacar; la necesidad de afirmar nuestra identidad y de buscarnos un hueco en el mundo.

9.- Jack Reacher – Christopher McQuarrie [ Nuestra toma de conciencia ]

Efectos colaterales del regreso de la calidad

Si Rush nos dio uno de los primeros aprendizajes vitales de la existencia mediante un entretenido cuento de competiciones, en Jack Reacher nos encontramos ante el duro choque con la realidad: el descubrimiento de las injusticias de la vida y nuestro intento de combatirlas. El protagonista de la última película de Christopher McQuarrie intenta constantemente aunar su pretensión de esquivar las convenciones sociales con su intención de cambiarlas. En pocas palabras, tenemos ante nosotros un reconocible sueño de infancia: el de poseer los poderes necesarios para convertirnos en defensores del bien. Ya no se trata únicamente de reivindicar nuestra posición en el mundo, sino también de manifestar nuestro sentido de la justicia. El trabajo de Ron Howard presentaba a dos personajes cuya lucha podía definirse como un intento constante de construir su entorno, de sacar a relucir las habilidades personales para acercarse al mundo real. Ahora es el mundo real el que se acerca a nosotros obligándonos a dar una respuesta a sus injusticias.

También dijimos sobre Rush que estábamos ante una película cuyo montaje y buen guión lograban un exquisito trabajo de acabado sólido y convincente. En el caso de Jack Reacher encontramos una producción cuya brillantez ya no se encuentra únicamente en su acabado, sino en cada una de las escenas que lo conforman. Los diálogos de los personajes, la construcción de las secuencias, la actuación de los actores (sí, también la de Tom Cruise, por increíble que parezca), la definición de cada personaje… Todo ello está cuidadosamente medido para darnos una espléndida deconstrucción de los rasgos que caracterizan una buena película de acción. Con Rush encontramos los primeros rasgos de un infante que aprende a caminar y a hablar para darnos las primeras muestras de un discurso coherente. Ahora estamos ante la maduración de este infante, su solidificación en tanto que humano pensante y su confirmación como persona entrada a la mayoría de edad. Podemos palpar cada uno de sus músculos e identificar cada rasgo de su definida personalidad.

8.- La caza – Thomas Vinterberg [ Nuestro primer choque con la realidad ]

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Hay ocasiones en las que nuestra indignación hacia ciertas injusticias actúa como motivador para convertirnos en activistas en favor de la justicia, como descubrimos en el caso de Jack Reacher. Sin embargo, también existen casos en los que es este rincón oscuro de la realidad el que viene a nuestro encuentro, e incluso a veces puede poseer la fuerza suficiente para dejarnos fuera de juego. Esto es lo que encontramos en La caza, película de Thomas Vinterverg que convierte la injusticia social que Christopher McQuarrie usaba como contexto en el absoluto protagonista de su película. Como dijimos, Jack Reacher respondía a la injusticia social en señal de desaprobación hacía esta parte oscura de la realidad. Sin embargo, el protagonista de La Caza debe enfrentarse a ella no en señal de desaprobación sino en defensa de su propia existencia; pues ahora nos encontramos por primera vez ante una víctima directa. En Rush reivindicamos nuestra llegada, en Jack Reacher descubrimos la injusticia y en La caza recibimos una dura lección sobre nuestras limitaciones ante la misma.

Si Tom Cruise protagonizaba una película cuidada hasta el último detalle y formada por un seguido de factores que hacían de ella un trabajo de personalidad sólida, Mads Mikkelsen se encuentra en medio de una tormenta de injusticias cimentada por la dura fuerza de la realidad, que desarticula cada uno de los aspectos que tan cuidadosamente fueron colocados para formar dicha personalidad. De ahí que la película de Vinterverg tenga un formato menos sólido y más diluido, más centrado en reflejar el humo contagioso de prejuicios contra el que se enfrenta el protagonista. En Jack Reacher descubrimos a un infante que llegaba a la mayoría de edad. Ahora contemplamos la primera desilusión de este adulto, su primer contacto directo con una de las injusticias a las que anteriormente atacaba de forma indirecta. Ahora estamos ante una persona adulta que ha perdido parte de su solidez, que ha quedado debilitada por causa de su primer enfrentamiento a una injusticia real.

7.- La vida secreta de Wallter Mitty – Ben Stiller [ Pongámonos de pie tras la caída ]

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Aún así, no todo está perdido. Ni siquiera cuando el mundo entero parece conspirar para cerrarnos las puertas hacia la felicidad. Es inevitable topar con situaciones ante las que nada podemos hacer, situaciones que, en definitiva, no estamos capacitados para cambiar. Pero sí podemos cambiar nosotros. Así lo demuestra Ben Stiller en La vida secreta de Wallter Mitty, una película que plantea “el viaje” como una de las soluciones más efectivas que jamás hayan existido para salir de una situación desesperada. Si La caza presentaba un pequeño pueblo como el caldo de cultivo de vibraciones negativas, la nueva película de director de Tropic Thunder presenta el mundo entero como medicina saneadora, como el camino auténtico para realizar un viaje introspectivo capaz de devolvernos las ganas de vivir. Así, Wallter Mitty es un adulto rodeado de agobio, absorbido por un mal colectivo capaz de dilucidar el placer de la existencia. Algo parecido a lo que le sucedía a Lucas en La caza. Pero Stiller plantea una solución tan efectiva como realista: el poner por delante de los problemas col·lectivos el replanteamiento de la propia personalidad, la indagación en nuestro propio ser para crear nuestra felicidad.

En La Caza encontramos una película oscura y claustrofóbica, repleta de estímulos negativos nacidos de una malsana vivencia en clausura. En La vida secreta de Wallter Mitty descubrimos una película bañada por los colores de una vida vivida mucho más allá de nuestras raíces, en donde el conocimiento y las experiencias actúan como gasolina del bienestar. Por este motivo, la nueva película de Ben Stiller vuelve a estar repleta de detalles, de música y de personajes tan curiosos como interesantes, y también de la solidez que caracteriza el acto de recuperar la fe hacia uno mismo, y hacia la vida en general. Tras sentir el agudo dolor provocado por el fuerte impacto de una caída en La Caza, en La vida Secreta de Wallter Mitty experimentamos el agradable placer de volvernos a levantar, el renacimiento de la alegría y de las ganas de dar forma a nuestra existencia. Encontramos, en definitiva, nuestra primera experiencia en el apartado del aprendizaje.

6.- Inside Lewin Davis – Joel y Ethan Coen [ Descubrir nuestro camino ]

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Una vez recuperada la confianza en nosotros mismos, chocamos con una de las importantes necesidades de la vida: decidir el camino a seguir. Hemos manifestado nuestra existencia, nos hemos mostrado contrarios a las injusticias de la vida, hemos chocado contra una de ellas y nos hemos vuelto a levantar. Es hora de emprender nuestro propio camino sin tener garantía alguna de éxito. De esto nos habla, precisamente, Inside Lewin Davis, la nueva película de los hermanos Coen. En ella encontramos a un ordinario personaje decidido a dedicar su vida a la música, capaz de cruzar medio país en auto-stop para presentar su proyecto a un productor musical. Pero, desafortunadamente, ni el talento ni el convencimiento son garantías el éxito. También forma parte de nuestro aprendizaje el descubrir que nuestras intenciones no siempre coinciden con las necesidades del mundo. Y forma parte también de nuestra maduración el asumir que, sin que ello sea motivo de desánimo, no todos los sueños se cumplen (al menos no al cien por cien).

Con todo, estamos ante una película que cuenta con los detalles y estímulos positivos de la vida (los que descubrimos en La vida secreta de Wallter Mitty) pero que también arrastra el peso de la conciencia, el cansancio de la insistencia y la ambigüedad de las conclusiones que no son ni positivas ni negativas. Por este motivo, Inside Lewin Davis cimienta sus pilares en una sólida construcción de personajes que poseen vida propia e intereses personales, claramente independientes a los movimientos y acciones del protagonista. También encontramos en ella, y por el mismo motivo, personajes estrambóticos de carácter imprevisible y extrañas situaciones que rozan el surrealismo; que poco o nada tienen que ver con el camino que pretende trazar el personaje principal. Así pues, una vez el infante se ha recuperado de su primer choque con la realidad, es el momento de emprender su camino particular y de asumir que, le guste o no, habrá ocasiones en las que tendrá éxito y otras en las que no lo tendrá.

5 .- De tal padre, tal hijo – Hirokazu Koreeda [ Cuestionando nuestras raíces ]

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Cuando ya hemos emprendido el camino elegido, llega a nosotros la eterna pregunta: ¿quienes somos en realidad? ¿De donde venimos? Preguntas cuya respuesta conocemos a grandes rasgos, pero que poseen un contenido mucho más complejo de lo que en un principio nos planteamos. ¿Qué había antes de nosotros? ¿En que circunstancias llegamos al mundo y cuales fueron los motivadores de nuestra llegada? ¿Qué importancia tiene la sangre que corre dentro de nuestras venas? ¿Y qué es más determinante, nuestra sangre o el entorno en el que hemos crecido? Todas estas preguntas forman el hilo argumental del último trabajo de Hirokazu Koreeda, De tal padre tal hijo. Dos parejas son informadas de que el hospital en el que dieron a luz cometió un error al entregarles los respectivos recién nacidos: les entregaron un bebe que no era hijo suyo. ¿Hasta que punto un hecho como este puede desdibujar el parentesco que se ha tejido entre padres e hijo a lo largo del crecimiento de estos últimos?

El nuevo trabajo de Koreeda posee un chasis impregnado del colorido formato de La vida secreta de Wallter Mitty, pero también contiene la pesada conciencia de realidad de Inside Lewin Davis. El acabado puede definirse como un suculento contraste entre ambos conceptos, que transmite cierta sensación agridulce. En pocas palabras, De tal padre, tal hijo es una película narrada con ternura y respeto; pero la ligereza con la que se desenvuelve esconde un espeso contenido que el espectador va digiriendo poco a poco, incluso después de finalizar el visionado. En este sentido, el film de Koreeda refleja a la perfección este sentimiento repleto de contradicciones que conforma el amor hacia la familia. La sensación que nos deja es que al personaje que cargaba con el espeso peso de conciencia en Inside Lewin Davis se le ha facilitado un propulsor que se alimenta del amor familiar, algo que ahora le permite desplazarse con facilidad en medio de este territorio espeso. En resumen, una vez el infante ha escogido su propio camino, debe volver la vista hacia atrás en busca de sus propias raíces.

4.- La vida de Adèle – Abdellatif Kechiche [ El amor más allá de la familia ]

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Me parece casi innecesario señalar que el descubrimiento del amor es un importantísimo episodio en el proceso de conocerse a uno mismo; un episodio fuertemente vinculado con uno de los personajes principales de la película Abdellatif Kechiche: el sexo. Una vez explorado el receptáculo en el que se encuentran nuestras raíces, llega el momento de explorarse a uno mismo, de conocer los estímulos corporales y poner a prueba su relación con nuestro apartado psíquico. Es habitual que este acto se traduzca en un intento de reproducir los estímulos experimentados en la infancia con el compañero o compañera de viaje elegido. Y así, la protagonista de La vida de Adèle busca su propia felicidad depositando toda su capacidad de amar en su compañera Emma. Se trata de un curioso juego de equilibrios entre el cariño y la pasión. Hasta que toda su vida queda reducida al pequeño mundo que ambas han construido, cayendo en la clásica trampa de llegar a perder el amor propio en un malentendido acto de amor.

La vida de Adéle contiene el contraste entre ligereza narrativa y espesor dramática que también encontramos en De tal padre, tal hijo, pues ambas películas comparten este aroma agridulce que desprende el amor extremo y sincero. La única diferencia entre ellas es que la película de Koreeda lo muestra en forma de amor paternal y la de Kechiche en forma de amor pasional; este amor que se materializa cuando se da el intento de recuperar la felicidad de infancia con la pareja. Pero si De tal padre, tal hijo presentaba una situación en la que el amor tomaba el aspecto de concepto irrompible, en La vida de Adèle encontramos una experiencia en la que la fuerza de la pasión no es proporcional a su solidez; es decir, a diferencia de la que nos presentó Koreeda, esta experiencia no puede definirse como el amor incondicional. Este es, en realidad, el tema principal de La vida de Adèle: el duro golpe que supone descubrir que, a diferencia del amor incondicional que recibimos de nuestros padres, el amor entre parejas puede romperse.

3.- 12 años de esclavitud – Steve McQueen [ …y llega el momento de defendernos ]

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Cuando ya hemos definido nuestras raíces, decidido el camino a seguir, descubierto el amor pasional y experimentado en primera persona las injusticias sociales, es el momento de armarse con todo lo aprendido para usarlo como escudo ante los momentos más bajos. Al protagonista de 12 años de esclavitud le ha tocado vivir a mitad del siglo XIX siendo un músico de raíces negras. Aún así, Solomon es un hombre libre, felizmente casado y tiene un par de hijas. Sin embargo, la libertad le es arrebatada del día a la mañana cuando inesperadamente es víctima de un secuestro. A partir de este momento, Solomon deberá resignarse a vivir como un esclavo, olvidar su vida en libertad y acostumbrarse a soportar infinidad de injusticias que hasta el momento solo había visto de lejos. Algo que podrá soportar únicamente gracias a la solidez de su personalidad y a los nítidos recuerdos de una vida mejor. Así, para hacer más soportable la situación, Solomon recurrirá a los recuerdos de su familia y al amor que siente hacia la misma, como también a su innato talento musical e incluso a un esporádico arrebato de amor pasional.

Lo que encontramos, pues, es una película protagonizada por un personaje excelentemente construido, provisto de las experiencias a las que también se enfrontaron los personajes anteriormente mencionados. Es por eso que 12 años de esclavitud contiene los fuertes pilares cimentados en la construcción de personajes que caracterizaban Inside Lewin Davis, pero también nos muestra un tierno amor familiar muy parecido al que descubrimos en De tal padre, tal hijo. Del mismo modo comparte con La vida secreta de Wallter Mitty su optimista discurso en favor de la esperanza, igual que coincide con La caza en su crudeza a la hora de presentar una situación tan injusta como difícil de afrontar. El resultado es una película de fuerte personalidad en donde el autor destaca por saber imprimir su reconocible sello en una película impregnada de múltiples sensaciones. Tenemos, pues, a un personaje de edad madura cuya fortaleza interna es puesta a prueba en una brutal experiencia; una experiencia que él sólo deberá superar mediante la puesta en práctica de todo lo aprendido durante su crecimiento. Y a pesar de todas las injusticias (nos dice Steve McQueen) la victoria es posible.

2.- Nymphomaniac (Vol. 1) – Lars von Trier [ Nuestro primer contacto con las tentaciones ]

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Cuando nuestro personaje llega a la madurez, aparece en su vida un nuevo concepto: el de los vicios. Uno de ellos es, como todos sabemos, la adicción al sexo. Una adicción que, a pesar de en ocasiones ser considerada patológica, Lars von Trier nos la presenta como una situación a la que tal vez se haya llegado progresivamente o que tal vez esté en nosotros desde el nacimiento. En la historia que descubrimos en Nymphomaniac planea una pregunta: ¿es posible que sea precisamente al darle nombre cuando la enfermedad cobra vida? Como si nuestro personaje llegara, mediante un seguido de acontecimientos sucesivos, a una situación en la que su vida dependiera exclusivamente del sexo. Es fácil observar cómo todos los acontecimientos que se suceden en la vida de Joe empujan a dicho personaje a buscar su propio refugio en el sexo. Como si después de haber descubierto el sexo (La vida de Adèle), indagado en sus raíces mediante las conversaciones con su padre (De tal padre, tal hijo), inventado una posición social (Inside Lewin Davis) a través de sus (supuestas) cualidades como mujer y tras descubrir el aspecto más oscuro de la vida (12 años de esclavitud) al llegarle la muerte a su padre, el único antídoto posible fuera el sexo.

De ahí que en Nymphomaniac encontremos la frialdad de 12 años de esclavitud (pues en ambos casos hablamos de una vida que choca con injusticias causadas por fuerzas mayores), la ligereza y agilidad argumental que caracterizaba La vida secreta de Wallter Mitty (película con la que comparte la exploración de uno mismo mediante la acumulación de experiencias), los personajes estrambóticos y casi surrealistas que encontramos en Inside Lewin Davis (recordemos que entre el cúmulo de experiencias que conducen a Joe a la ninfomanía está el conocimiento de ciertas personas un tanto indeseables) e incluso el entrañable amor paternal que descubrimos en De tal padre, tal hijo (no olvidemos que la repentina pérdida de su padre representa uno de los importantes acontecimientos que definen la fría personalidad de Joe). De modo que, una vez entrado en la edad madura, a nuestro personaje se le plantea la posibilidad de sucumbir al mundo de los vicios; y el caso es que, por diversos motivos, cae en ellos.

1.- Amour – Michael Haneke [ Y finalmente… ]

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Experiencia tras experiencia, y como es inevitable, nuestro personaje llega a la vejez. Es entonces cuando debe enfrentarse al reto más difícil de todos: afrontar su propia soledad, aceptar todos sus logros y vivencias como parte del pasado y, en muchos casos, topar con la progresiva degradación del propio cuerpo. Salta a la vista que el día a día de los protagonistas de Amour arrastra el peso de toda una vida, provista de incontables experiencias. En sus rostros vemos reflejados todo tipo de acontecimientos, así como también la existencia de una familia que en su momento llenó de amor sus vidas (De tal padre, tal hijo) y la elección de un camino profesional que determinó su estilo de vida (como sucedía en Inside Lewin Davis). También ha habido cabida para los momentos de desolación (La caza) y el descubrimiento del amor entre parejas (La vida de Adèle), y todas estas experiencias son las responsables de su cansado rostro; lleno de recuerdos y de sentimientos ya maduros.

Por eso el último trabajo de Michael Haneke se caracteriza especialmente por la solidez con que está construido, habiendo en él cabida para momentos de ternura, momentos de humor (aunque muy sutil) y, especialmente, momentos dramáticos. Amour posee la fuerte personalidad de La caza (comparte con ella los momentos de impotencia ante situaciones que no dependen de nosotros) y también el desenfado de Inside Lewin Davis (ambas películas tienen en común este objetivo punto de vista hacia los acontecimientos de la vida). También destaca en ella la solida personalidad que ya descubrimos en 12 años de esclavitud; una personalidad capaz de dirigir la historia narrada hacia el terreno deseado, para desplegar con elegancia una tesis que no resulta ni optimista ni pesimista. Pues en realidad, Amour no es otra cosa que la tierna historia de amor entre dos personajes de edad avanzada que logran afrontar una situación tan trágica como inevitable mediante el apoyo que se dan mútuamente. En definitiva, una excelente película que recoge lo mejor del buen cine para lograr una indiscutible obra maestra.

Acercándonos al TOP 10 2013…

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Antes que nada debo reconocer que, a diferencia de lo que sucedió en el 2012, la cosecha de este año ha dado pocos frutos remarcables dentro del terreno del Nuevo Cine del Siglo XXI. Es cierto que a lo largo del 2013 hemos disfrutado de múltiples producciones de indudable prestigio, algunas destinadas a quedar para la posteridad. Pero pocas de ellas forman parte del abanico que caracteriza la corriente mencionada, esto es (a grandes rasgos) trabajos de directores que hoy en día dan sus primeras muestras de talento dentro del terreno comercial. Algunos de los (pocos) ejemplos de lo dicho podrían encontrarse en casos como el de J.J. Abrams con su Star Treck: En la oscuridad o Fede Álvarez con su Posesión infernal. No obstante, sí se ha dado el caso de determinados personajes (cuyo talento parecía haberse desvanecido) que resurgieron inesperadamente con interesantes trabajos merecedores de ser mencionados (y catalogables como piezas del Nuevo Cine del Siglo XXI). Ejemplos de ello son Baz Lurman con El gran Gatsby o Alfonso Cuarón con Gravity. Sea como fuere, habiendo menos o más propuestas asociables a dicha corriente, sí hay mucho que comentar – en lo que a cine se refiere – respecto al año que ahora cerramos.

el gran gatsby

Como último apunte antes de entrar en materia, me gustaría reivindicar un seguido de títulos que merecen ser recordados a pesar de no formar parte del Top 10 que me dispongo a exponer. Dentro del terreno hollywoodiense podemos encontrar destellos de autoría como Lincoln, notable resurgimiento de un autor que parecía haberlo dicho todo; Pacific Rim, película inesperadamente efectiva firmada por un director del que un servidor nunca ha sido fan; Stoker, primera incursión en el terreno americano del muy respetable Park Chan-Wook; Guerra Mundial Z, interesante (aunque desigual) aproximación al universo zombie por parte del cine comercial; y El consejero, película que desde mi punto de vista merece ser catalogada como la mejor película que el director de Blade Runner nos haya traído en décadas. Dentro del mismo continente, pero algo apartadas del mundo de las “majors”, han destacado producciones como Blue Jasmine, indudable reafirmación del incansable Woody Allen; El último concierto, debut en la ficción de un prometedor Yaron Zilberman; y Blue Valentine, elogiado drama romántico de Derek Cianfrance, quien poco tiempo después nos sorprendió con la también destacable Cruce de Caminos.

el ultimo concierto

Desde el otro lado del charco hemos podido presenciar la aparición de tantos otros productos de indudable interés. Entre ellos destacan casos como los acontecidos en territorio inglés, a saber, la confirmación de Martin McDonagh con la muy entretenida Siete Psicópatas o la infravalorada filigrana 360. juego de destinos firmada por Fernando Meirelles. No demasiado lejos de los británicos, los países nórdicos también han reivindicado su existencia con suculentas propuestas cinematográficas, como es la cinta de aventuras noruega Kon-Tiki o el drama histórico danés Un asunto real. Los franceses, a su vez, también han demostrado mantener su frescura con piezas como la entrañable Populaire o el ácido retrato de la “era hippie” Después de Mayo. Algo escasa ha sido la producción animada, terreno en el que ninguna película ha destacado notablemente salvo el caso de Monsters University, producción de la ya consagrada factoría Pixar. Al mismo tiempo, hemos sido obsequiados por nuestra vecina Portugal con el inquietante documental Tierra de Nadie, de Salomé Lamas. Sobre el caso español, nada ha alterado la rutina del cine que se cuece en nuestro país: ni una sola propuesta a destacar (tal vez con una pequeña excepción: el curioso documental de León Siminani llamado Mapa) salvo contados casos que apenas rayan la mediocridad (y que, por respeto a los títulos citados, un servidor se guarda de mencionar).

12 años de esclavitud (Steve McQueen)

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12 años de esclavitud viene a situarse como la más lograda de esta serie de películas acerca de la lucha en contra de la discriminación negra que está teniendo lugar en nuestros días. Hasta ahora y dentro de este campo, habíamos podido disfrutar de un estudio histórico situado en territorio político por parte de Steven Spielberg con su interesante Lincoln; de una revisión sobre el género western desde un crítico y atípico punto de vista gracias a la exageradamente sobrevalorada Django Desencadenado de Quentin Tarantino; y también de un rápido repaso histórico de hechos relativamente recientes en la política norteamericana con la algo desinflada El mayordomo de Lee Daniels. Lo que ahora tenemos (y con previsiones de continuar la serie con la todavía no estrenada Mandela, del mito al hombre) es un testimonio directo de las espeluznantes experiencias que vivieron los afroamericanos durante el oscuro período de la esclavitud, una reproducción magníficamente orquestada no tanto de una época como de las vivencias de cierto col·lectivo social en su momento brutalmente maltratado.

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Salta a la vista que el director afroamericano no está interesado en filmar una película de buenos y malos. Para el, como declaró en la revista Dirigido por… (y como ya demostró en sus dos anteriores trabajos), sus personajes son sencillamente personas; más allá del color de su piel y de su condición social. Su objetivo, como siempre, es indagar en las emociones que experimentaron dichos personajes, explorar sus sentimientos y plasmar minuciosamente las experiencias que estos viven. Y para lograrlo, Steve McQueen los sigue muy de cerca, como si tratara de traspasar el significado literal de lo que vemos para penetrar en su estado emocional. Así, con mucha delicadeza y mediante un acertado contraste entre planos generales descriptivos y primeros planos introspectivos, el director de Shame logra una perfecta conexión entre espectador y protagonistas, haciendo nacer entre ellos una complicidad indescriptible y siendo capaz de plasmar en la pantalla conceptos tan abstractos como son las emociones y los sentimientos.

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12 años de esclavitud logra llegar a nosotros mediante el apartado sensorial, pasando por alto los (inevitables) juicios que previsiblemente hará el espectador sobre las injusticias que este contempla para conectar con él a través de las emociones, evocadas mediante secuencias que más que mostrar transmiten, más que sentenciar sugieren. Tenemos, por ejemplo, la fría secuencia en que contemplamos por primera vez a los esclavos trabajando sin descanso con el acompañamiento de la canción racista sobreexpuesta en las imágenes, cantada por el personaje interpretado por Paul Dano para “darles la bienvenida”; o la igualmente eficaz escena en que vemos cómo Solomon Northup camina con dificultad de puntillas y sin avanzar por encima del barro, éste sujetado por una cuerda atada a su cuello, acompañado por el inquietante sonido de sus pies pisando fango, tratando en vano de encontrar un soporte que le permita estarse quieto. Secuencias que, en definitiva, dan por supuesto nuestro posicionamiento y se centran en hacernos conectar con los personajes más que en despertar nuestra rabia o indignación (cosa que, indirectamente, también consiguen).

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Con todo, 12 años de esclavitud se presenta no solo como la mejor película de la mencionada serie sobre la discriminación negra, sino también como una de las propuestas cinematográficas más interesantes del año; destinada, como incontables veces se ha dicho, a ser la favorita de los Oscar 2014 y a convertirse en uno de esos clásicos indiscutibles como hoy en día son El padrino, La lista de Schinler o la todavía algo reciente El pianista. Porque Steve McQueen logra todo lo mencionado mediante la apertura de nuevos caminos en la narrativa cinematográfica, innovando en el lenguaje visual de este séptimo arte todavía hoy algo puesto en duda y defendiendo su condición artística como pocos directores lo consiguen. 12 años de esclavitud es, en definitiva, una prueba más de la actual reforma que está viviendo el cine para todos los públicos que recupera este posicionamiento nada infantil que en sus mejores momentos nos ha dado el cine y que sitúa a Steve McQueen como uno de los importantes directores del Nuevo Cine del Siglo XXI.

El juego de Ender (Gavin Hood)

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Con su quinta película, Gavin Hood nos ofrece una curiosa incursión en la ciencia ficción que viene a ser algo así como un pequeño resumen de los aciertos y desaciertos de dicho género de nuestros tiempos. No es ningún secreto que en los últimos años la ciencia ficción ha logrado hacerse un hueco en el sector más visible de la cartelera para reivindicar como hacia tiempo que no se hacía su potencial en tanto que producto comercial. El caso más evidente es, sin duda, Avatar (James Cameron, 2009), precedida por la no menos reivindicable Wall-e (Andrew Stanton, 2008) y la exitosa Star Treck (J.J. Abrams, 2008), y seguida, para citar los casos más significativos, por Distrito 13 (Neil Blomkamp 2009), Moon (Dunkan Jones, 2009), Prometheus (Ridley Scott, 2012) y Chronicle (Josh Tank, 2012) o las muy rentables Star Treck: En la oscuridad (J.J. Abrams, 2013), Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) y el título que nos ocupa, El juego de Ender (Gavin Hood, 2013). Este último es, en realidad, un trabajo que reúne tanto los rasgos más característicos del Nuevo cine del Siglo XXI como determinados aspectos claramente pertenecientes al manido estilo reduccionista heredero del New Hollyood.

Al hablar de este último nos referimos al tipo de películas en que el poderío visual pasa por encima de la profundidad argumental y de los personajes, a este tipo de cine en donde abundan los clichés y en que la empatía hacia los personajes no nace por su bien definida personalidad sino por relacionar su actitud con la de otros personajes ya explotados. Casos obvios de ello son Gladiator (Ridley Scott, 2000), Piratas del Caribe (Gore Verbinski, 2003), las sagas El señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003), Harry Potter (2001-2010), Matrix (Andy y Lana Wachowsky, 1999-2003) o la segunda trilogía de Star Wars (George Lucas, 1997- 2005). En resumen, el tipo de película que abundó en las salas de cine durante la primera mitad de la década del 2000. El caso es que la serie de títulos de ciencia ficción mencionados más arriba se encuentra justo en medio de la transición entre este tipo de cine y la llegada del Nuevo Cine del Siglo XXI, motivo por el cuál poseen rasgos de ambos estilos. A modo de repaso rápido, digamos que el Nuevo Cine del Siglo XXI destaca por presentar revisiones de género y emplear el poderío visual únicamente como herramienta narrativa siempre de forma contenida (*).

El juego de Ender

Como dijimos, El juego de Ender se presenta ante nosotros como la principal heredera de todo un conjunto de películas nacidas justo en medio de una transición de estilos. Me explico. Da la sensación de que el último trabajo de Hood emplea todos sus esfuerzos para convencernos de que su condición de superproducción cargada de presupuesto ha sido empleada como motor impulsor de una historia de proporciones épicas, en definitiva, como herramienta facilitadora de recursos, empleada al servicio de un buen guión… pero el caso es que este propósito se queda a medio camino. Es cierto que, gracias a dicho propósito – propio del Nuevo Cine del Siglo XXI – en todo momento tenemos la sensación de recorrer a paso firme un camino forjado con seguridad. Pero se trata de un camino que también desprende una extraña sensación de desaprovechamiento de potencial, como si nunca llegara a desplegar el verdadero interés que posee. El resultado de ello es una inmensa holeada de energía visual (y musical) que queda descompensada por un delgado hilo argumental que o bien no necesitaba tanto impulso o bien ha quedado a medio hacerse. Debido a este hecho, es inevitable atribuir a la película cierta grandilocuencia.

De modo que estamos ante una película que toma del Nuevo Cine del Siglo XXI la iniciativa de dedicar toda su energía en dar forma a un guión y a sus personajes pero que también adquiere del estilo reduccionista heredero del New Hollywood (Piratas del Caribe, Matrix, Las crónicas de Narnia, etc…) este descontrol visual que termina por absorber todo el interés de la trama. De ello nace un curioso experimento que, ciertamente, resulta entretenido y por momentos logra envolvernos de una evocadora atmósfera futurista. Cabe decir, también, que posee determinadas secuencias considerablemente bien resueltas (como la pelea del inicio del film entre Ender y un compañero de su curso, o la introducción en el film del agresivo personaje interpretado por Edrick Browne y la misteriosa – y casi espiritual – aparición de Mazer Rackham, correctamente interpretado por Ben Kingsley…). Pero con todo, se trata de una película que al parecer se cree más trascendente de lo que en realidad es y que no logra ir más allá de la sala de cine. Pues ninguno de sus puntos fuertes (trascendencia, capacidad evocadora y emoción) logran lo que es esperable de una buena película de ciencia ficción.

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* Casos particulares de este estilo son El discurso del rey (Tom Hooper, 2010), Los vengadores (Joss Wedon, 2012), La vida de Pi (Ang Lee, 2012), Los Miserables (Tom Hooper, 2012), Argo (Ben Affleck, 2012), El gran Gatsby (Baz Luhrman, 2012), Posesión infernal 2013 (Fede Álvarez, 2013) o las ya mencionadas Star Treck: En la oscuridad (J.J. Abrams, 2013) y Gravity (Alfonso Cuarón, 2013).