La cabaña en el bosque (Drew Goddard)

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No es descabellado afirmar que La cabaña en el bosque forma parte del Nuevo Cine del Siglo XXI si apelamos al mismo en tanto que corriente renovadora de géneros y estilos. Recordemos, por ejemplo, los casos de Los vengadores (Joss Whedon, 2012), Les miserables (Tom Hooper, 2012) o Posesión infernal (Evil Dead 2013) (Fede Álvarez, 2013), en donde la corriente mencionada no solamente liberaba a dichas películas del reconocible sello Neoclásico, sino que además nos ofrecía una revisión de género basada en el uso del mismo como mero vehículo. En el caso de Los vengadores, se empleaba una simpática autoparodia del género de superhéroes con el fin de lograr una humorística película de aventuras, en Les miserables, el musical no era sino una excusa para plantear un impresionante drama social, mientras que enPosesión infernal el gore era usado como metáfora del proceso de desintoxicación de una heroinómana. Hablamos de algo parecido a una toma de conciencia, de la asunción por parte de una película de su propia naturaleza genérica y de la reescritura a partir de este punto de sus propias reglas. Algo muy parecido a ello encontramos en la opera prima de Drew Goddard, un hecho nada extraño si tenemos en cuenta que tanto en la producción como en la escritura del guión podemos encontrar a su colega Joss Whedon.

Pero esta vez no nos encontramos ante una revisión genérica empleada como fin para llegar a un punto determinado, sino la revisión es el objetivo en sí. Es decir, Goddard realiza una exposición de todos los clichés y tópicos del género de terror que sencillamente se justifican por su condición cómico-metafísica, o dicho en un lenguaje más vulgar, por cachondearse de sí mismos. Sin desvelar aspectos importantes del argumento, digamos que lo que presenciamos es una especie de juego de espejos en donde se plantea una reflexión sobre la importancia de la participación del público en la aventura, según la cual éste es un elemento imprescindible en la narrativa del terror: el público no es otra cosa que un cómplice que, como ya sucediera con Funny Games (Michael Haneke,  1997), condiciona la aptitud de los personajes y los conduce a un desenlace preestablecido. Se trata de una reflexión que va cobrando forma a medida que la película avanza y el espectador va entendiendo qué es lo que en realidad contempla, y lo más curioso es que, desde mi punto de vista, cuanto más evidente se torna esta reflexión menos interés posee el film. Pues lo mejor de La cabaña en el bosque lo encontramos en su primera mitad, especialmente en su arranque, cuando los personajes no parecen otra cosa que los protagonistas de una película de terror estándar.

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Pues el caso es que, a pesar de su apariencia de cliché, tanto los cinco jóvenes dispuestos a pasar el fin de semana en medio de la montaña (es decir, a convertirse en carne de cañón de una tópica película de terror) como los dos secundarios ajenos a la acción (aunque enigmáticamente relacionados con la aventura) resultan tremendamente interesantes, pues son presentados mediante divertidísimas secuencias dotadas de inspiradísimos diálogos. En resumen, la presentación de personajes es brillante e irlos conociendo supone un verdadero placer (pienso en la gamberra secuencia que es la aparición de Marty o en la divertida conclusión del diálogo entre los tres primeros personajes de la joven pandilla que conocemos –“no llevas pantalones”-). Vamos, que lo que presenciamos es el despliegue de cinco caracteres que, a pesar de ser (conscientemente) tópicos, resultan tremendamente creíbles y nos regalan magníficas secuencias igualmente vinculadas a clichés: recordemos la inquietante – al mismo tiempo que divertida – escena en que la joven pandilla conoce al misterioso y solitario personaje que habita en la gasolinera abandonada. Como entredije, escenas ya vistas en incontables ocasiones pero igualmente excelentemente planteadas.

Y de hecho, en ellas ya existe cierta intención metafísica; es decir, se aprecia en este despliegue de personajes cierta autoconciencia ya dispuesta a parodiarse a sí misma. Por ello no nos sorprende que determinadas secuencias introductorias al “espectáculo terrorífico” estén dotadas de cierto tono cómico, como el descubrimiento del sótano o el inquietante baile de Jules con la cabeza de lobo disecado. De ahí que, desde mi punto de vista, resulte innecesario el giro argumental a partir del cual la “gamberrada metafísica” (no se me ocurren otras palabras para describirlo) se convierte en la principal protagonista del film. Es cierto que a partir de entonces salen a relucir las verdaderas intenciones de Drew Goddard y que su reflexión queda plasmada con toda claridad, pero ello es a costa del interés hacia una historia que hasta entonces estaba logrando excelentes resultados. Aún así, todo hay que decirlo, la película todavía nos depara al menos un par de secuencias tan inesperadas como divertidas, que logran, cuando menos, que el espectador salga sonriendo de la experiencia. Con todo, un descubrimiento entretenido y nada molesto que en cierto modo revisa las normas del género terrorífico; altamente recomendable a todo aquel que se considere fan del mismo.

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Gravity (Alfonso Cuarón)

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La aplastante unanimidad con que público y crítica se han decidido a aclamar el último trabajo de Alfonso Cuarón me tiene algo desconcertado. Sí, mantener al público en permanente tensión en una experiencia donde tan solo aparecen dos personajes es todo un logro. De acuerdo, se trata de una cinta que nos acerca al espacio como ninguna otra lo había hecho hasta ahora. Es más, coincido en opinar que hablamos de una muy buena película. Pero por otra parte ni las secuencias de espectáculo visual me resultaron tan impresionantes ni el fondo de la historia me pareció tan profundo. No se me mal interprete: disfruté desde el primero hasta el último minuto del film; solo que no salí de la sala de cine tan sorprendido como tal vez esperaba. Así pues, dado que no pretendo menospreciar Gravity pero tampoco quiero unirme a este canto de adulación, escribo este artículo tratando de olvidar el increíble bombo que se está dando al nuevo trabajo del director de Hijos de los hombres.

Hay al menos dos aspectos que nos invitan a clasificar la película que nos ocupa como una muestra más del Nuevo Cine del Siglo XXI; y lo cierto es que los dos obran buenos resultados en el trabajo. El primero es el hecho de que hablamos de una película que, a pesar de sus inevitables referencias al clásico de la cienciaficción 2001, una odisea del espacio, explora nuevas fórmulas narrativas dejando a un lado el eterno legado setentero que tanto tiempo ha arrastrado el cine comercial. Es justo decir que la última película de Alfonso Cuarón prescinde casi por completo del estilo que directores como Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, George Lucas o Petter Bogdanovich propusieron hace ya cuatro décadas y que hasta mediados del 2000 casi pareció ser el único recurso narrativo válido. Hablo de este tipo de narrativa reconocible también en el cine de Robert Zemeckis o Peter Jackson, este lenguaje visual que opta por la sencillez antes que la complejidad, por lo reiterativo antes que por la insinuación, por lo evidente antes que por lo ambiguo.

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Por el contrario, Gravity es una película que en ningún momento parece tener como objetivo hacerse entender a cualquier precio. Más bien da la sensación de que sencillamente quiere exponer una modesta historia de supervivencia sacando el máximo provecho a un nuevo estilo narrativo. Sí los mencionados Peter Jackson y Robert Zemeckis usaban la infomrafía como herramienta magnificadora (casos evidentes son El señor de los anillos o Beowlf) Alfonso Cuarón la usa con la máxima sutileza para convertirla en algo casi transparente. De igual modo, así como Steven Spielberg y George Lucas utilizaron los efectos especiales generados por ordenador (podríamos decir que con cierta grandilocuencia) para evidenciar todavía más un estilo narrativo ya de por sí excesivo, Alfonso Cuarón busca diluirse en el relato para dejar al espectador como único testigo de los acontecimientos. Y lo mejor es que para hacerlo recurre a una narrativa visual tan espectacular como contenida.

El segundo aspecto por el cuál podemos decir que Gravity es sin duda una película del Nuevo Cine del Siglo XXI tiene que ver con los personajes. Recordemos cómo el cine comercial derivado del New Hollywood (Spielberg, Lucas, Zemeckis, Jackson y compañía) destacaba entre otras cosas por presentar personajes más bien poco profundos que solían responder a clichés preestablecidos. Es decir, los personajes nunca exponían su personalidad, sino que el público entendía su carácter gracias al mero hecho de reconocer un cliché; y a partir de ahí dicho personaje interactuaba con los acontecimientos respondiendo al mismo (pensemos en casos como Gladiator, Una mente maravillosa, la segunda trilogía de Star Wars, Million Dolar Baby o American Gangster). En cambio, los protagonistas de las pel·lículas del Nuevo Cine del Siglo XXI destacan por su credibilidad. Y esto es lo que sucede con Gravity: vamos descubriendo al personaje principal a medida que observamos sus reacciones ante cada nueva situación. Es decir, a medida que transcurre la película su carácter va desplegándose presentando a la protagonista como un ser humano corriente que no responde a ningún tópico.

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Hace apenas una semana comenté en el artículo concerniente a Rush que la oleada de directores responsables de la corriente llamada Nuevo Cine del Siglo XXI está formada por dos clases de autor: los jóvenes de debut reciente (como J.J. Abrams, Joss Wedon, Tom Hooper o Ben Affleck) y los veteranos que en su momento destacaron tímidamente y que tras un breve tiempo de pausa (o de producción poco destacable) regresan abanderados como líderes del cine contemporáneo. Entre estos segundos encontramos personalidades como Darren Aronofsky, Danni Boyle, David Fincher, David O. Russel, Sam Mendes o al recientemente incorporado Ron Howard. Pues bien, seis años después de la muy respetable Hijos de los hombres Alfonso Cuarón parece haber encontrado el equilibrio definitivo entre el sello personal de Y tu mamá también y el estilo más comercial que ya encontramos en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Así es como Cuarón se suma al conjunto de directores del Nuevo Cine del Siglo XXI dispuestos a romper convenciones y a descubrir nuevos caminos narrativos.

Rush (de Ron Howard)

Rush

Crítica patrocinada por C de còmic

Una de las mayores curiosidades de la ola cinematográfica denominada Nuevo Cine del Siglo XXI es que, a pesar de romper con ciertas costumbres preestablecidas durante largo tiempo, dicha corriente no está compuesta únicamente por directores contemporáneos dispuestos a aportar ideas innovadoras, sino que cuenta con buena parte de los directores que antaño llevaron al cine a la cansina monotonía a la que un día casi nos acostumbramos. Me estoy refiriendo a una serie de autores que recientemente y de forma inesperada resurgieron para replantear las fórmulas narrativas. En la lista se encuentran, entre otros, Danni Boyle (Slumdog millionaire y 127 hours), Kathryn Bigelow (En tierra hostil y La noche más oscura), James Cameron (Avatar), Steven Spielberg (Lincoln) y Robert Zemeckis (El vuelo). Hablo de directores que a lo largo de los años noventa orientaron al cine hacia la simplicidad, algunos mediante la exaltación de los efectos especiales generados por ordenador y otros sencillamente reduciendo al mínimo exponente el argumento. Y de la misma forma, todos ellos regresaron a finales de la primera década de los 2000 con nuevas y refrescantes propuestas para reconciliarse con el buen cine.

El caso es que, al parecer, la nueva película del veterano director Ron Howard viene a reivindicar a este último como nuevo fichaje en la lista de autores resurgidos. Estamos hablando de un cineasta que en su momento colaboró notablemente en la mencionada simplificación narrativa cinematográfica (con títulos como Rescate, Una mente maravillosa, Cinderella Man o El código Da Vinci) pero que hace un par de años ya nos sorprendió con El desafío: Frost contra Nixon y que ahora vuelve para reafirmarse con el título que nos ocupa. Y es que la nueva cinta del director de Apolo XIII posee tantos aciertos como despropósitos podían encontrarse en sus trabajos anteriores. Donde antes había un argumento infantil ahora encontramos una interesante reflexión sobre rivalidades que tiene como soporte una ambigua tesis relacionada con la rivalidad. Allí donde antaño encontramos historias de personajes ficticios cuyas acciones respondían únicamente a estereotipos prefabricados ahora descubrimos una historia profundamente humana que emociona por su credibilidad (no en vano se trata de una historia real). En resumen, allí donde antes había una dirección mediocre ahora encontramos genialidad.

Daniel Brühl as Niki Lauda in Rush: 'Niki is very sharp and honest, he never repeats himself.'

Y es que uno de los atractivos principales de Rush es la atención que Ron Howard dedica a plasmar la personalidad de los protagonistas principales. Es justo decir que, sorprendentemente, nunca da la sensación de que ninguno de los dos pierda el tiempo tratando de caer bien al público: el director sencillamente deja al descubierto sus rasgos más característicos permitiendo que la audiencia se interese por ambos sin ganchos artificiosos. Y la estrategia funciona maravillosamente. Gracias a esa cuidada presentación, el enfrentamiento que nace entre ambas personalidades resulta creíble; y es precisamente ahí donde Ron Howard tira con maestría su gancho. De repente uno se encuentra atrapado en la historia de dos personajes que dificílmente caen bien pero cuya rivalidad despierta una increíble ansiedad por conocer el desenlace de los hechos. Al parecer el director ha descubierto que una elegante presentación de personajes poco deseables es capaz de despertar mucho más interés que un vergonzoso intento de llevar a los mismos al gran público mediante el endulzamiento. En cualquier caso, no deja de ser sorprendente que la historia de dos personajes tan poco entrañables sea capaz de despertar tanto interés.

Un interés que se ve incrementado por la fluidez con que se dan de los hechos, pues Rush está dotada de un perfecto dominio del tempo y también de un gran equilibrio entre acción y atención a los personajes: a pesar de que hablamos de una trepidante película que se despliega ante nosotros a gran velocidad, el director nunca olvida el punto en que se encuentran los protagonistas, prestándoles en cada momento la atención necesaria. Como si se hubiera hecho un cuidado trabajo de medición para lograr un trabajo en que las dosis de adrenalina y seriedad reflexiva estuvieran repartidas a partes iguales. El resultado es una emocionante experiencia a toda velocidad que no deja de sorprender en ningún momento. En definitiva, una hermosa forma de plasmar a la gran pantalla los acontecimientos que en 1976 marcaron un punto y aparte en la historia de F1 y una muestra más de todo lo que le queda por explorar al cine si este se decide a traspasar las fronteras que en los años noventa se auto-impuso. Vamos, una muestra más de la grandiosidad del Nuevo Cine del Siglo XXI.

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El llanero solitario – Tercer Blockbuster Veraniego

El llanero solitario

Lo más llamativo del último trabajo del director de Rango es la contundencia con que la crítica se ha dedicado a destriparlo sin miramientos desde el día de su nacimiento. De acuerdo, El Llanero Solitario no es exactamente lo que llamaríamos una buena película. Pero aún así, no encuentro lógica alguna en el hecho de que el título que nos ocupa sea causa de tan inmenso boicot mientras que una saga tan claramente prefabricada como Piratas del Caribe fuera acogida por el mundo entero como la más inmensa de las innovaciones aventurescas. Pues personalmente, no creo que haya genialidad en ninguno de los dos casos, pero así como en el de las aventuras del ultra-empalagoso Capitán Jack Sparrow mi posicionamiento está más que claro, debo confesar que en el caso de El Llanero Solitario mi corazón se encuentra algo dividido: por una parte estoy de acuerdo en que se trata de una cinta de aventuras ligera e ingenua que no hace otra cosa que narrar la historieta de siempre. Pero por otra, creo que esta película cuenta con determinados ingredientes sorprendentemente bien llevados que dan como resultado trepidantes secuencias que claramente están por encima de la media. Es por esta dicotomía que me dispongo a dividir el artículo en dos apartados.

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Lo que hace de El Llanero Solitario una película repetitiva

Sin duda alguna lo peor de El Llanero Solitario son sus dos personajes principales. Ambos están presentados no como dos personajes determinados de una historia específica sino como la réplica de unos personajes prototípicos ya conocidos por todo el mundo: el uno como el clásico “bueno de película” defensor de la justicia y el otro como el producto comercial standard en que hoy en día se han convertido la mayoría de los papeles de Jonny Depp. No es difícil deducir que de la unión de ambos perfiles no nacerá ninguna interacción interesante ni mucho menos innovadora. Sencillamente tenemos a dos protagonistas que responden a un perfil prefabricado y que parecen haber caído en medio de una historieta convencional más bien poco prometedora. Historieta que, como es previsible, estará dotada de numerosos gags confiados a la sobreactuación de Johnny Depp que rozan el ridículo, y de secuencias de acción saturadas de infografía; padrina oficial de las películas de aventuras contemporáneas dotadas de efectos especiales. Dicho lo cuál, a la única conclusión a la que podemos llegar es que el visionado de El Llanero Solitario no supondrá ningún gran descubrimiento.

Lo que hace de El Llanero Solitario una película entretenida

Lo cierto es que, a pesar de todo lo dicho, Gore Verbinski sabe hacer un buen uso de los decorados y de la exquisita dirección de arte con que cuenta su película. Ambientes como el burdel en el que se encuentra una también repetitiva Helena Bonham Carter o el pueblo de Texas desde el que parte el grupo de Rangers en busca de los forajidos se despliegan en la historia con suma elegancia, creando un escenario tan creíble como apetecible de descubrir, ideal para una película “del oeste”. Y lo mismo sucede con el perfil de personajes que rodean a los dos protagonistas: tanto el grupo de forajidos como los Rangers que cabalgan tras ellos, e incluso el conjunto de políticos (entre los cuales se encuentra un excelente Tom Wilkinson) responden perfectamente a lo que se espera de su tipología de personajes. Y esta vez sí, de la unión de los tres apartados nacen una serie de trepidantes secuencias de pura adrenalina que alternan más de una acción a la vez con suma maestría, tratando con sumo cuidado el tempo y haciendo confluir las tres situaciones en varias explosiones de acción desenfrenada que en ocasiones incluso resulta divertida. Con lo cuál uno llega a olvidar por momentos la mediocridad de los dos personajes principales.

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A lo largo de este verano me he referido a dos películas pertenecientes al subgénero denominado Blockbuster Veraniego. En ambas hablé de la autoría que tan fácilmente podía percibirse en cada una y de cómo esta los convertía en dos trabajos que logran ir algo más allá del mero producto comercial palomitero. El primero es Star Treck: En la oscuridad y el segundo Guerra Mundial Z. Pues bien, esta vez nos encontramos, es cierto, ante el más flojo de los tres Blockbusters Veraniegos que más han dado que hablar este verano. Pero la buena noticia es que, a diferencia de otras ocasiones, esta vez hasta el más flojo de los trabajos cinematogràficos puramente comerciales del verano cuenta con aspectos reivindicables, como por ejemplo este firme tempo narrativo que incluso logra que por momentos disfrutemos de la película sin plantearnos nada más de ella. O dicho en otras palabras, ojalá el mínimo de todas las superproducciones veraniegas sea este. Sin duda, este logro es algo debido a la autoría del director Gore Verbinski. Sin duda, esta es otra conquista del Nuevo Cine del Siglo XXI.

Cruce de caminos (Derek Cianfrance)

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Con frecuencia me refiero a las películas norteamericano de inicios de siglo XXI como piezas pertenecientes a un cine autoreferencial, únicamente bebedor de si mismo y que ha olvidado por completo la realidad que antaño tuvo como referente. Hablo de títulos como Gladiator, Piratas del Caribe, Una mente maravillosa o Million Dolar Baby: películas cuyos personajes ya no parecen sacados de la realidad, sino de una selección de personajes estereotipados vistos infinidad de veces en la gran pantalla. Pero no es únicamente una cuestión de personajes. Fijémonos, por ejemplo, en el modo en que se desarrolla la acción o la planificación de cada escena. En dichas películas nada de ello se asemeja ya a la realidad, sino que es presentado ante el público mediante códigos narrativos cinematográficos (uso exagerado de la música, fotografía bella cuando se presenta personajes “buenos” y sombría para los personajes “malos”…) que el espectador asocia involuntariamente a un tipo de situación. En pocas palabras, un cine que se tiene a si mismo como único referente.

A menudo hablo también de cómo el Nuevo Cine del Siglo XXI trata de reconciliarse con una narrativa bebedora de múltiples fuentes, planteando un tipo de cine que no tiene como único objetivo mirarse el ombligo. En este apartado encontraríamos títulos como La vida de Pi, Los Vengadores, Los Miserables o Argo, películas que sacan el máximo potencial de su fuente principal (un libro en el caso de La vida de Pi, los cómics con Los vengadores, el famoso musical con Los miserables y un hecho real en la galardonada Argo), casi olvidando los códigos cinematográficos más convencionales. Es como si dichas adaptaciones buscasen la complicidad de sus obras originales para encontrar nuevas fórmulas narrativas. Pues bien, en el caso del título que nos ocupa hablamos de una pieza cinematográfica que en cierto modo se encuentra en el punto medio entre ambas formas narrativas: Cruce de caminos es una película de tintes claramente realistas que no desaprovecha ocasión alguna para evidenciar su condición cinematográfica, algo que hace con secuencias que por momentos resultan encantadoras… y en otros tal vez demasiado cargantes.

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Empezando por lo básico, los personajes que protagonizan el último trabajo de Derek Cianfrance resultan escalofriantemente creíbles. En la primera media hora del metraje, dicho director centra toda su atención en definir al personaje principal y facilitar nuestra familiarización con él, en ocasiones logrando secuencias que rozan la brillantez. Se trata de una presentación totalmente desprovista de clichés que nos muestra sin temor lo mejor y lo peor del mencionado personaje. Y lo cierto es que se trata de una presentación tan bien construida que uno termina por no saber si odiar o compadecerse del que entonces es el protagonista del relato. Además, cabe decir sobre el apartado formal (ciñéndonos todavía a esta primera media hora de la película) que las fórmulas narrativas de Cianfrance están 100 % al servicio del relato: uno presta atención a los acontecimientos que se dan antes que a las filigranas narrativas del director, si bien estas resultan tan agradables de ver como fáciles de identificar (sin duda, un equilibro difícil de lograr).

Con tal eficacia se cierra la primera de las tres historias interrelacionadas que forman la película Cruce de caminos; y es precisamente a partir de este cierre cuando al joven director parece empezar a temblarle el pulso. Y es que el punto culminante del primer capítulo es tan trepidante (atracos a bancos hiperrealistas y persecuciones magistralmente rodadas) que no es de extrañar que Cianfrance afronte los dos capítulos que le siguen con cierto temor a provocar un fuerte desliz argumental, haciendo volar por los aires toda la atención que hasta entonces prestaba el espectador. Algo que, al parecer, intenta compensar mediante un uso exagerado de las formas, uso que en ocasiones, como dijimos, resulta cargante. Así pues, a pesar de que los nuevos personajes son igual de creíbles (e interesantes) que los inicialmente presentados, lo cierto es que hay determinados momentos de las segunda y tercera historia de la película en que el apartado formal adquiere un protagonismo tal vez demasiado exagerado, que provoca exactamente lo que el director parece querer evitar: distracción.

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Para ser más precisos, digamos que no se trata exactamente de un barómetro que vaya subiendo y bajando según la secuencia, sino más bien de una dosis de estilo formalista repartida a partes iguales que no afloja su intensidad cuando la situación lo requiere. Es decir, la intensidad con que se manifiesta el apartado formal es prácticamente la misma en todas las secuencias, algo que, evidentemente, no siempre sienta bien a la película. Dicho en pocas palabras, hablamos de una película claramente manierista que teme perder el interés de su público si en algún momento deja sus filigranas cinematográficas a un lado. De modo que, miren ustedes por donde, nos encontramos ante una película de personajes claramente realistas dotada de un manierismo radicalmente alejada de la realidad. Como si el director pretendiera encontrar un punto medio entre esta imitación de la realidad que es la esencia del cine y esta autoreferencia tan propia de grandes autores cinematográficos tales como Martin Scorsese o Quentin Tarantino.

A pesar de todo, el resultado supera con bastante el aprobado; pues en realidad, si bien es cierto que una vez finalizada la primera historia el filme pierde cierta fuerza, no es menos cierto que el interés del relato no decae en absoluto y que los personajes poseen el interés suficiente como para que deseemos saber más y más sobre ellos. Además, el reto que Cianfrance se plantea a si mismo resulta tan interesante como difícil de llevar a cabo: hacer una cinta de denuncia social sin dejar de plantear un punto de vista en cierto modo optimista. Y lo cierto es que lo hace con tal delicadeza que ambas cosas no contrastan en absoluto, sino que logran una harmonía que dota al filme de un punto de vista relativamente desenfado. En parte es gracias a ello que la larga duración de la película no se hace pesada en ningún momento. En resumen, lo que tenemos ante nosotros es una filigrana bien desarrollada que plasma con toda dignidad un discurso firme y atrevido y que en ningún momento cae en la pretenciosidad. Algo que, al menos en parte, resulta gracias la habilidad con que Derek Cianfrance mezcla esta imitación de la realidad tan propia del Nuevo cine del Siglo XXI con la exagerada autoreferencia tan distintiva del cine de inicios de milenio.

Guerra Mundial Z – Segundo Blockbuster veraniego

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Hace apenas unas semanas me referí a Star Treck: En la oscuridad como la primera entrega de una serie de bokbusters veraniegos sorprendentemente prometedora. Y es que como entredije, esta vez no nos encontramos ante un conjunto de superproducciones hollywoodienses que entienden el producto comercial como un objeto desalmado y exclusivamente destinado a vender millones; sino que lo que tenemos ante nosotros es un conjunto de películas cuidadosamente escogidas por sus directores en las que la autoría prevalece por encima del reconocible sello del cine palomitero. Y si en el caso del film de J.J. Abrams hablamos de un trabajo que poseía una sorprendente capacidad para aunar comercialidad y buen perfil de personajes, en el caso de Guerra Mundial Z nos encontramos ante una película que, a pesar de no ser perfecta, logra mantener al espectador pegado a la pantalla lanzándolo ágilmente y sin pausa de un conflicto a otro, evitando de este modo todo tipo de recreación o monotonía.

Vaya por delante, el último trabajo de Marc Foster dista mucho de ser una película profunda o de personajes elaborados. De hecho, en ciertos momentos incluso desprende cierta aroma a moralina familiar americana almibarada, algo que sin duda para algunos resultará insoportable (algo comprensible). Pero sorprendentemente, nada de ello impide que aún así se trate de una película endiabladamente entretenida e incluso hasta cierto punto innovadora. Entonces, ¿donde radica el interés de una película nada profunda y de moralina almibarada que ni siquiera posee personajes elaborados? Pues, en realidad, lo primero con que se gana el respeto el título que nos ocupa es su autoconciencia. Es decir, Guerra Mundial Z jamás toma en serio su propio discurso ni pretende engañar al público inchando a sus personajes de falsa profundidad (a diferencia de títulos como Piratas del CaribeCrepúsculo, Las aventuras de Tintín y compañía). Precisamente, el mérito del nuevo trabajo del director de Descubriendo nunca jamás se encuentra en la valentía con que éste asume el reto de convertir una “película ce zombies” en un blokbuster comercial, jugando elegantemente con las armas del subgénero.

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Es cierto, los personajes de Guerra Mundial Z no son nada profundos; pero si están muy bien perfilados y reaccionan ante los conflictos de forma consecuente y (sobre todo) creíble (recordemos, por ejemplo, la forma instintiva con que actúa Jerry Lane (Brad Pitt) durante el inesperado conflicto del atajo de tráfico inicial; o la rápida reacción del mismo ante el incidente del avión – reacción muy semejante a la que probablemente tendría cualquier ser humano no perteneciente a una película hollywoodiense contemporánea- ). Dicho de otro modo, hablamos de una película cuyos personajes no son estúpidos. Y por lo que respecta a la falta de profundidad del argumento, lo que Marc Foster plantea es un film de entretenimiento suficientemente valiente como para atreverse a admitir su objetivo (lo dicho: entretener) sin falsas reflexiones existenciales o giros dramáticos inesperados. Y sin duda logra lo que pretende de forma tan elegante como sincera y sin rozar el ridículo en ningún momento.

Como ya entredije más arriba, Guerra Mundial Z es innegablemente una película trepidante de inicio a fin. De hecho, da la sensación de que el director que hace cinco años fuera abucheado por el mediocre (aunque en mi opinión infravalorado) resultado de Quantum of Solace demuestra haber aprendido de sus errores convirtiendo el exageradamente frenético tempo del film bondiano en un dinámico pero relajado devenir de conflictos en el film que nos ocupa. Y lo bueno es que tan dinámico resulta el fluir de los acontecimientos como imprevisibles son los caminos por los que estos nos conducen. Algo que, sumado a un buen uso de la infografía (que, lejos de lo que los trailers parecían pronosticar, en ningún momento ensombrece la trayectoria del argumento) despeja de artificios innecesarios el escenario permitiendo identificar la elegante mano de Marc Foster, que guía respetuosamente a su público por los nuevos caminos del terreno comercial.

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Star Trek: En la oscuridad – Primer Blockbuster veraniego

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El Nuevo Cine del Siglo XXI es una corriente cinematográfica que se caracteriza sobre todo por presentar un estilo narrativo que se aleja del sello “newhollywoodiense setentero”. No obstante, ambas corrientes comparten un rasgo determinado, presente en la mayor parte del cine de alta calidad. Este rasgo no es otro que la autoría. Por ejemplo, tan reivindicable es la personalidad de Ang Lee en su película La vida de Pi como lo es la de William Friedkin en su film de terror El exorcista; y si queremos ser más quisquillosos, igual de visible es la mano de Christopher Nolan en la trilogía de El caballero oscuro que la de Francis Ford Coppola en la trilogía El padrino. Evidentemente, existen grandes títulos cinematográficos de nula autoría, como también hay productos desechables en el terreno del cine de autor. Pero en cualquier caso, es innegable que una personalidad bien definida es capaz de obrar milagros donde un trabajo académico obraría una catástrofe. Y aquí se encuentra, precisamente, lo interesante de los principales blockbusters programados para este verano, una serie de películas de indiscutible autoría que demuestran que el citado Nuevo Cine del Siglo XXI ha empezado su conquista en el campo veraniego.

Sobra decir que Star Trek: En la oscuridad se encuentra dentro de este colectivo. Y lo más interesante es que, si bien es cierto que la personalidad de J.J. Abrams ha logrado convertir en una pequeña joya un proyecto que hecho de otro modo probablemente rozaría el ridículo, también lo es que el creador de Lost ha llevado a cabo un trabajo muy distinto de lo que suele esperarse de un director al que se denomina “autor”. Me explico. El caso es que la mano de J.J. Abrams se percibe en Star Trek: en la oscuridad no como una tendencia introspectiva destinada a convertir la película en un trabajo personal (como sí podría decirse de El caballero Oscuro, Origen e incluso – mal que me pese – de El hombre de acero) sino mas bien como un ejercicio de convertir en apto para todos los públicos un universo que hasta hace poco tiempo casi podía tacharse de elitista (vamos, un mundo solo apto para los trekis). Es decir, si un director como Christopher Nolan personaliza un universo y unos personajes antaño exclusivamente pertenecientes al imaginario colectivo, J.J. Abrams hace exactamente lo contrario. Una apuesta indudablemente atrevida, especialmente teniendo en cuenta el buen resultado.

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Hablamos de algo parecido a un ejercicio de comercialización bien entendida, un acercamiento de la franquicia al gran público que, a diferencia de buena parte de los blockbusters contemporáneos, no toma a este último por analfabeto. Si por ejemplo en los casos de Piratas del Caribe, Las cronicas de Narnia, A todo gas, Tintín y parecidos el objetivo era hipnotizar al gran público mediante los brincos imposibles de una serie de personajes sin alma, en su último trabajo J.J. Abrams vierte un cariño especial a sus protagonistas para lograr una agradable conexión entre estos y su público. Gracias a ello el gancho comercial ya no se encuentra en la magnitud de los efectos especiales ni en la espectacularidad visual de las aventuras (que las hay y muy bien hechas), sino en un bien despertado interés por descubrir adonde llevarán las experiencias de cada uno. Y una vez expuesto su carisma, J.J. Abrams exprime al máximo su potencial, poniendo a prueba su personalidad y sacando a relucir virtudes y defectos de todos ellos. Pues si uno presta atención, se da cuenta de que cada uno de los personajes experimenta y resuelve su propia crisis personal, contribuyendo de forma discreta al desarrollo de la aventura.

Todo ello y una cuidada contención del uso de los efectos especiales y de los tempos narrativos hacen que las escenas de acción y las aventuras espaciales resulten tremendamente apetitosas. En resumen, J.J. Abrams descubre una nueva y bella forma de manifestar su sello personal que puede resumirse de la siguiente forma: un refinado proceso de comercialización que no entiende el producto comercial como la simplificación de lo complejo sino como la exaltación de lo interesante. Con lo cual podemos decir que estamos ante una de esas películas de aventuras comerciales que hacen que uno pueda hablar de buen cine en medio de una conversación de grupo. Y en cualquier caso, siempre resulta agradable poder compartir la gustosa experiencia de descubrir títulos cinematográficos que no entienden la inhibición como un acto de dejar inconsciente de un porrazo la totalidad de nuestro intelecto.

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