Monsters University (de Dan Scanlon)

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Hace ya un par de años que los estrenos de Pixar llegan desprovistos del aura de acontecimiento sagrado que durante tanto tiempo los acompañó. Pues la verdad es que salta a la vista que desde la llegada a nuestras pantallas de la magnífica Toy Story 3 (ya vista por algunos como el canto de cisne de la compañía) el equipo de Lasseter parece estar chocando por primera vez desde su nacimiento con algún tipo de crisis (desconozco si creativa, financiera o de que tipo) que impide que aflore su genialidad. En cualquier caso, en los últimos años se han dado ciertos acontecimientos que fácilmente pueden relacionarse con la desconcertante situación en que se encuentra actualmente la madre de la animación tridimensional. Entre otros, están el traslado de John Lasseter a la dirección de Walt Disney Studios, la desestabilización de calendarios producida por la cancelación de un estreno (Newt) y la reciente apuesta de la productora en confiar a manos ajenas la escritura del guión de sus trabajos (de lo que resultan títulos como Brave). Y me atrevo a decir que, para los románticos (entre los que me incluyo), todavía queda un hecho más.

En un inicio Pixar no era más que la modesta (aunque asombrosamente efectiva) idea de un grupo de amigos deseosos de saciar su sed creativa, esto es, John Lasseter, Andrew Stanton, Pete Docter y Lee Unkrich. En sus primeros años los cuatro compañeros nos trajeron tales maravillas como Toy Story, Bichos, Monsters Inc. y Buscando a Nemo, cuatro títulos resultantes de una conversación amistosa durante un almuerzo. Años después tendría lugar la consolidación de la productora, marcada sobre todo por dos factores: su absorción por parte de Walt Disney Pictures y la llegada de Brad Bird a la empresa, quien deleitaría a público y crítica con las películas Los Increíbles y Rattatoulie. Esta consolidación supondría un antes y un después para Pixar. Por una parte, brindaría a la productora su edad de oro con películas como Wall-e, Up y las citadas Rattatoulie y Toy Story 3. Por otra, supondría la transformación de una empresa relativamente reducida a un conglomerado de mentes creativas, algo que se manifestaría tanto para lo bueno como para lo malo.

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Y el caso es que lo segundo se manifestó inmediatamente después de la citada edad de oro, con la precipitada cancelación del estreno de Newt. Este hecho desestabilizó todo el calendario de estrenos de la empresa y la obligó a estrenar Cars 2 prácticamente a medio hacerse (vayan ustedes a saber en qué estado se encontraba Brave en el momento de su estreno -película que, por cierto, sufrió un cambio en la dirección debido a discrepancias igualmente creativas-). De hecho, los tres títulos que la productora estrenó desde la mencionada cancelación transmiten cierta sensación de inacabado; es decir, las tres películas parecen quedarse a medio camino de la genialidad… algo que, para los románticos (sigo con la mano alzada como ejemplo) puede atribuirse a esta inevitable dispersión creativa producida por el ensanchamiento de la empresa. En cualquier caso, si comprendemos la situación actual de Pixar desde este punto de vista, es un alivio descubrir que, a pesar de todo, la última producción de la legendaria empresa sí cuenta con determinados rasgos de alto nivel, solo atribuibles a la genialidad de otros tiempos y que un servidor reza para poder entender como el inicio del resurgimiento. 

El mayor problema con que topa este primer trabajo de Dan Scanlon es con el hecho de que hasta hace poco no existiera para Pixar película que pasara el aprobado sin rozar el excelente. Y es que, vaya por delante, en este aspecto cabe reconocer que Monsters University no es una de las genialidades a las que Pixar nos tenía acostumbrados años atrás… pero ello no le impide ser una película tan seria como entretenida que, sin duda, se encuentra por encima de la media. Permítanme ser más concreto. Es cierto que la segunda parte de la aclamada Monsters Inc. no cuenta con genialidades como el hipnótico arranque de Wall-e, los emotivos primeros minutos de Up ni el inmenso contenido emocional de Toy Story 3. Pero también es cierto que el hecho de que la productora de Lasseter nos acostumbrara a continuos estrenos de tan altísimo nivel nos hizo olvidar que aquello era en realidad una liga difícilmente alcanzable. Si estamos de acuerdo con este hecho, tal vez también lo estemos en que Monsters University es el ejemplo perfecto de que no es necesario llegar a la excelencia para lograr un buen trabajo.

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Es cierto que en sus primeros minutos Monsters University plantea unas bases argumentales que parecen aproximarse peligrosamente al tipo de guión convencional que tristemente caracterizó las mediocres Cars 2 y Brave: contamos con un protagonista disconforme con su entorno que tiene por objetivo demostrar su valía. Pero, a diferencia de las dos películas citadas, la de Scanlon avanza en dirección ascendente mediante la presentación de nuevos y logrados personajes y un interesantísimo ejercicio de giros de guión que continuamente despojan al protagonista de toda posibilidad de éxito. Sobre lo primero, caben destacar dos personajes cuya presentación es poco menos que brillante: la terrorífica Decana Hardscrabble y la imponente figura de la bibliotecária del campus. Ambos personajes exprimen al máximo el concepto de “monstruoso” y logran sacar de él todo su potencial, el primero con una elegancia escalofriante y el segundo de una forma mucho más amorfa. Sobre lo segundo, resaltar la agradable sensación de imprevisibilidad que desprende esta película sin dejar de plantear en ningún momento soluciones tan sorprendentes como creíbles.

Pero lo que definitivamente me convenció de que Monsters University es una película que sin duda logra una puntuación más que respetable es su desenlace. En resumen, tras un impresionante redoble de tambores en donde Pixar despliega todo su arsenal para deleitarnos con la exposición de una auténtica (y magnífica) casa de los horrores, llega un desenlace maduro y nada previsible que rehuye acertadamente el manido tópico de “todo es posible si uno se esfuerza” (en este aspecto, el punto de vista de la película guarda cierto parecido al de Ratattoulie). Y es que, esta vez sí, podemos decir sin miedo que nada tiene que envidiar el magnífico final Monsturos University al de cualquiera de las demás películas de la aclamada productora de animación (exceptuando, obviamente, el de Toy Story 3). Por eso y por la agradable sensación que me produce el recordar el descubrimiento de la universidad de los Monstruos, me siento optimista para pensar que el reencuentro está cerca: el reencuentro con la genialidad de una productora cuya recién sacudida creativa no ha hecho más que recordarnos que, después de todo, el equipo de Pixar también está formado por seres humanos. 

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18 años para Toy Story: El film defiende su mayoría de edad sin problemas

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[ Un pequeño reciclaje con motivo de la mención de Toy Story por parte del programa de rádio Frikinomikon – http://www.facebook.com/frikinomikon.programa?fref=ts – ]

Es un hecho provado que la irrupción de Pixar en el panorama cinematográfico supuso un antes y un después para la historia del cine. Y ello es válido tanto en el campo técnico como en la narrativa. A día de hoy son muy pocas las películas de animación que nada deban a dicha productora, y tanto es así que incluso la “vieja animación” (dibujos animados no realizados por ordenador) parece haber aprendido algo de ella. De igual modo, los mismísimos maestros de la historieta animada, es decir, Walt Disney, parecen haberse convertido en alumnos de su estilo.

Aunque en realidad nada surja del vacío, hay que reconocer la notoria aportación de ciertos productos – superiores a la mediana en lo que a innovación se refiere – a sus respectivos campos. Sin duda, Pixar es responsable de varios trabajos de tales características, empezando por su primera creación, Toy Story. Partiendo de lo básico, el que esta fuera la primera producción realizada íntegramente por ordenador nos obliga a reconocer la necesaria invención lingüística que debió tener lugar. Las percepciones evolucionaron, desde la textura del dibujo hasta el movimiento de la animación, y ello supuso un cambio de dirección en la narrativa. Como hemos dicho, la película de John Lasseter tuvo que cargar con esta responsabilidad y ello comportó que toda producción posterior realizada por ordenador topara con la obligación de tomar determinados caminos abiertos por la misma.

ImatgeEn parte gracias a las nuevas posibilidades que ofrecía el formato en 3D y en parte por la capacidad creativa de John Lasseter, Toy Story renovó la narrativa animada dotándola de agilidad y fluidez. Además, y como en parte ya hiciera Hayao Miyazaki –reconocido ídolo de Lasseter – con sus estudios Ghibli, introdujo el auténtico lenguaje cinematográfico en el campo animado: en Toy Story (y en el resto de films del estudio) las imágenes parecen tomadas por una cámara com si de cine de personas reales se tratara, algo que en su momento aportó seriedad a las historias y contribuyó a eliminar distancias entre animación y realidad.

Al mismo tiempo, Lasseter da la vuelta al descubrimiento mostrando planos y movimientos de cámara imposibles, algo que en su momento produjo un nuevo impacto, puesto que el resultado fue una curiosa sensación de acercamiento a un mundo inexistente. Y lo que determina la importancia de encontrar este doble juego es la facilidad con que se aprecia dicha característica narrativa en la mayoría de las posteriores piezas animadas, incluso en aquellas no realizadas por ordenador.

Además, Toy Story presenta un concepto que el mundo de la animación aplicaría a sus pelícuas desde entonces repetidas veces: la invención de un mundo fantástico regido por reglas sociales (incluso en ocasiones jerárquicas) tomadas del mundo real. En este caso, tenemos la sociedad oculta que son los juguetes del film que nos ocupa, cuyas normas de convivencia y deberes para con los humanos esconden múltiples metáforas y guiños dirigidos a nuestra sociedad (metáfora que sus secuelas ampliarían, llegando incluso a mencionar la dictadura: recuérdese la guardería de Toy Story 3). Tal aspecto marcaría un antes y un después, pudiéndolo encontrar posteriormente en otras piezas de la productora, como por ejemplo el submundo inventado en Monstruos S.A., cuya referencia a la corrupción empresarial remite claramente a la de nuestro mundo. Se trata, en resumen, de la invención de universos inexistentes destinados a divertir a los niños dirigiendo la verdadera tesis a los adultos. Y en eso se resume en realidad (al menos hasta hace pocos años) el cine de Pixar: cine para adultos que entretiene a los niños.

… y con esta van cinco

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Walt Disney nos ha traído cinco películas desde que John Lasseter entrara en dicho estudio. Lo cierto es que en conjunto estas desprenden una clara inestabilidad estilística, pero como películas independientes dan una mediana considerablemente buena.La primera pieza, Conociendo a los Robinson, parecía un modesto experimento que aunaba los rasgos más llamativos de Disney y Pixar. Por parte de la productora veterana teníamos un poético cuento familiar algo almibarado con un final feliz dotado de su pertinente moraleja. Por parte de Pixar descubrimos un mundo fantástico presentado con agilidad aunque de forma contenida, además de un personaje principal cuyo objetivo se topaba con ingeniosos obstáculos a los que la historia daría la vuelta en un elegante desenlace.

Las cuatro películas que la siguieron parecen un juego de malabares en el que tratan de encontrar el equilibrio perfecto entre los dos estilos. Bolt supuso una clara exageración de identidad por parte de ambas productoras (historia sensiblera contada con secuencias y personajes del más puro estilo Pixar, en resumen, una magnificación de la esencia de Conociendo a los Robinson) y Tiana y el sapo fue el regreso al viejo estilo Disney pero con un tratamiento narrativo muy refinado, en el que se reconocía el sello de Lasseter. A continuación llegó la más disneyana de las cinco producciones, un film en donde la identidad pixariana tan solo asomaba la cabeza en contados momentos: Enredados (en ocasiones considerada la más cercana al nuevo estilo Disney). Pues bien, más interesante es que la pieza que nos ocupa, lejos de consolidar dicho nuevo estilo, parece darle la vuelta a la tortilla. Y es que todo aquello que la convierte en una buena obra recuerda inmensamente al estilo de Pixar.

1.- El legado de Pixar: Fantasía cercana a la realidad

En ¡Rompe Ralph! descubrimos un mundo escondido dentro de los videojuegos del que los humanos solo conocen su superficie. Los personajes viven ocultos de la realidad y solo se dejan ver por las personas cuando estas desean jugar con ellos. ¿Les suena de algo? Y además del contexto, la forma de presentar dicha sub-realidad recuerda exageradamente a la fórmula Pixar: un universo surrealista que tiene sus propias reglas, dotado de una curiosa coherencia y con claras similitudes hacia el mundo real. Veamos un ejemplo.

Los personajes sienten un gran temor de que la consola a la que pertenecen sea desconectada. Para evitarlo deben esforzarse en ser divertidos y no quedarse nunca anticuados, algo que podría extrapolarse a nuestro temor al despido (igual que podía extrapolarse a la muerte la figura metafórica del desván en Toy Story). Tenemos, además, la oscura, sugerente y bien escogida imagen de la mano humana depositando el cartel de “Fuera de servicio” en la pantalla del juego, algo que adquiere un carácter simbólico representante de lo más temido por todos los personajes. En resumen, se trata de un refinado universo ficticio que gracias a su contención y proximidad a lo real resulta tremendamente creíble.

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2.- El legado de Pixar: Personajes y emociónCentrémonos ahora en los personajes. Aunque estos no posean una deslumbrante profundidad, están fantásticamente caracterizados y cada uno tiene su propio carácter. El público olvida encontrarse ante un dibujo animado y pasa a ver al personaje más allá de sus rasgos físicos como si de una persona real se tratara. Incluso el antagonista tiene un estudiado carácter que lo desmarca de cualquier villano conocido hasta la fecha. Esto, sin duda, es mérito exclusivo del film, pero su forma de desarrollar la trama paralelamente al crecimiento de los personajes forma parte del experimentado estilo pixariano. Permítanme que me explique.

La película desprende un trepidante dinamismo que, a pesar de no cesar en ningún momento, sabe muy bien cuando aflojar el ritmo para que podamos identificarnos con los protagonistas. En las secuencias realmente importantes no le hacen falta planos ingeniosos ni movimientos de cámara exagerados, puesto que el argumento y los protagonistas tienen fuerza suficiente para arrastrarnos a su mundo. Huelga decir que este medido uso de malabarismos visuales forma parte de la herencia de Pixar.

¿Fin de un ciclo?

Que Pixar fue la descubridora de una nueva y maravillosa forma de contar relatos no es ningún secreto, y Disney lo sabe, pues contra todo pronóstico en este suyo último trabajo ha decidido anteponer la calidad aportada por dicha productora ante el sello de disney, algo, desde luego, honorable. No hay nada escrito sobre los nuevos caminos de los creadores de Aladín y El Rey León, menos aun observando este giro de direcciones. Solo podemos decir que ha quedado demostrado que su supervivencia es posible.

Por lo que respeta a Pixar, tal vez este sea el canto de cisne de una productora que nos ha dado mucho más de lo que cabía esperar y que no solo ha reinventado un lenguaje sino que además ha lanzado al aire renovadoras fórmulas a modo de salva vidas para la nueva animación. Una productora que, a pesar de sostener todavía su prestigio, tal vez esté dando sus últimos coletazos (el cielo quiera que esté equivocado). En cualquier caso, gracias por este obsequio.

El legado de Pixar

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Es un hecho reconocido que la irrupción de Pixar en el panorama cinematográfico supuso un antes y un después para la historia del cine. Y ello es válido tanto en el campo técnico como en la narrativa. A día de hoy son muy pocas las películas de animación que nada deben a dicha productora, y tanto es así que incluso la “vieja animación” (dibujos animados no realizados por ordenador) parece haber aprendido algo de ella. De igual modo, los mismísimos maestros de la historieta animada, es decir, Walt Disney, parecen haberse convertido en alumnos de su estilo. De hecho, el último trabajo de dicha distribuidora da buena prueba de ello, y la llegada del mismo a nuestras pantallas nos da una magnífica oportunidad para hablar del tema.

Creadores de un lenguaje

Aunque en realidad nada surja del vacío, hay que reconocer la notoria aportación de ciertos productos – superiores a la mediana en lo que a innovación se refiere – a sus respectivos campos. Sin duda, Pixar es responsable de varios trabajos de tales características, empezando por su primera creación, Toy Story. Partiendo de lo básico, el que esta fuera la primera producción realizada íntegramente por ordenador nos obliga a reconocer la necesaria invención lingüística que debió tener lugar. Las percepciones evolucionaron, desde la textura del dibujo hasta el movimiento de la animación, y ello supuso un cambio de dirección en la narrativa. Como hemos dicho, la película de John Lasseter tuvo que cargar con esta responsabilidad y ello comportó que toda producción realizada por ordenador posteriormente  topara con la obligación de tomar determinados caminos abiertos por la misma.

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Pero Pixar no se conformó con trasladar la narrativa convencional al nuevo terreno. En parte gracias a las nuevas posibilidades que ofrecía el formato en 3D y en parte por la capacidad creativa de John Lasseter, las películas de la productora renovaron la narrativa animada dotándola de agilidad y fluidez.  Además, y como en parte ya hiciera Hayao Miyazaki –reconocido ídolo de Lasseter –  con sus estudios Ghibli, introdujo el auténtico lenguaje cinematográfico en el campo animado: las imágenes parecían tomadas por una cámara igual que lo parece en el cine de personas, algo que añadía seriedad a las historias y ayudaba a salvar distancias entre animación y realidad.

Al mismo tiempo, Lasseter supo darle la vuelta al descubrimiento mostrando planos y movimientos de cámara en realidad imposibles, algo que produjo un nuevo impacto, puesto que el resultado fue una curiosa sensación de acercamiento a un mundo inexistente. Lo que determina la importancia de encontrar este doble juego es la facilidad con que se aprecia dicha característica narrativa en la mayoría de las posteriores piezas animadas, incluso en aquellas no realizadas por ordenador.

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Introducción de temáticas cinematográficas: hagamos cine

Más allá del tratamiento de la imagen, existen otros dos aspectos renovadores en el cine de Pixar. Uno de ellos es el tratamiento desde la animación de temas profundos y trascendentales, de los que hasta hace poco solo se ocupaba el cine de actores de carne y hueso. Tenemos, por ejemplo, el dilema sobre la eternidad estática frente a la felicidad efímera de Toy Story 2, el  planteamiento sobre si el talento es o no transferible en Ratatouille, la sobreprotección paternal en Buscando a Nemo, el valor de la moral por encima de las leyes legales en Los Increíbles… Incluso si nos quedamos con lo más sencillo, lo máximo a lo que podríamos reducir el argumento de Toy Story es a una bella historia sobre la amistad. A Pixar no le hicieron falta más que 3 películas para demostrar que su trabajo era cine de calidad para todos los públicos, logrando llevar la animación al verdadero terreno cinematográfico.

Inventores de fantasía con lenguaje adulto

El tercer aspecto a mencionar es la invención de mundos fantásticos regidos por reglas sociales (incluso en ocasiones jerárquicas) tomadas del mundo real. Podemos encontrar, por ejemplo, la sociedad oculta que son los juguetes de la saga Toy Story, cuyas normas de convivencia y deberes para con los humanos esconden múltiples metáforas y guiños dirigidos a nuestra sociedad (metáfora en qué encontramos incluso la dictadura: recuérdese la guardería de Toy Story 3). De igual modo está el submundo inventado en Monstruos S.A., cuya referencia a la corrupción empresarial remite claramente a la de nuestro mundo. Se trata, en resumen, de la invención de universos inexistentes destinados a divertir a los niños dirigiendo la verdadera tesis a los adultos.

Pues bien, da la casualidad de que todos los aspectos pixarianos mencionados pueden encontrarse en ¡Rompe, Ralph!, la más reciente producción de la distribuidora Walt Disney. No debemos olvidar que John Lasseter, padre de Pixar y todo su sello, se encuentra a día de hoy en la distribuidora mencionada en calidad de productor, algo que explica las similitudes entre ambas (ya visibles en títulos anteriores como Descubriendo a los Robinson y Volt). A parte de eso y teniendo en cuenta que a pesar de todo ¡Rompe Ralph! es una película que no pertenece a Pixar sino a Walt Disney, he aquí un ejemplo de film no perteneciente a la productora pero claramente bebedora de su estilo.

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El resultado es una película para todos los públicos destinada a entretener con dignidad y prestigio, que dispone de prácticamente todos los aspectos con los que se pueda definir el estilo Pixar (y curiosamente, prácticamente sin “sello Disney”). Pues bien, siendo como parece ser (ahora que la animación por ordenador ya es algo normal en nuestro mundo) que las productoras hijas de la madre creadora (Pixar) van encontrando su camino y que esta última parece estar tocando techo (proceso que nos ha dado hasta ahora nada menos que 13 películas, prueba de lo mucho que tenía por decir), podríamos afirmar que estamos ante la pieza en la que culmina toda su aportación al mundo de la animación.