Lars y una chica de verdad (de Craig Gilespie)

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Lars y una chica de verdad parte de una premisa tan valiente como arriesgada: un joven e introvertido muchacho decide compartir su vida con una muñeca inchable, objeto que presenta a todos sus conocidos como su pareja. Lo más curioso es que esta situación de apariencia absurda está planteada desde un punto de vista tan sereno que cuesta trabajo decidir si hablamos de un drama o de una comedia. Pero en cualquier caso, el buen resultado de la apuesta es innegable, pues una vez superada la sorpresa inicial, uno acepta las reglas del argumento sin cuestionarse nada del mismo. E igual que los personajes del relato, de repente nos encontramos en medio de una historia de apariencia surrealista planteada con tal seriedad que no nos queda otro remedio que aceptarla y desear lo mejor para el protagonista del film. Y entonces descubrimos que la táctica funciona: Lars, el mencionado joven que llevaba años recluido en su casa y negándose a ver a nadie, de repente se convierte en un personaje simpático e incluso (a ratos) extrovertido, capaz de ganarse el cariño de todo aquel que lo rodea. Y en este hecho se basa la tesis del relato.

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En cierto modo, el trabajo de Craig Gilespie se asemeja bastante a películas como Bienvenido Mr. Chance, Shine o Som voices, películas que reivindican la existencia de una clase de personaje cuya compleja personalidad choca con los estándares de la sociedad contemporánea. Un tipo de personaje que, desde una posición aparentemente grotesca, acaba demostrando poseer una sorprendente fuerza emocional, capaz de alterar (para bien) el contexto que lo rodea. Chance (protagonista de Bienvenido Mr. Chance) lograba replantear las bases de la política estadounidense mediante el uso de una serie de frases inconexas que sus oyentes interpretaban como metáforas; David Helfgott (personaje principal de Shine) descubrió una nueva forma desenfadada de afrontar la vida; Ray (protagonista de Som Voices) logró con su mente desequilibrada sanar heridas familiares enterradas en el pasado… y Lars consigue ganarse el afecto de todo un vecindario movilizándolo para cuidar a un objeto inanimado. Hablamos de personajes que encuentran maneras “anticonvencionales” de aportar serenidad a un terreno removido, personas cuya lógica discrepa con las ideas preestablezidas pero que nos conducen a un futuro placentero.

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Pero hay algo más en la película de Craig Gilespie. Si prestamos atención, observaremos que Lars es un personaje que no solo desprende estímulos que remueven su contexto, sino que también ocurre lo contrario: en cierto modo, él también se muestra receptivo a los estímulos contextuales. En ese aspecto, Lars y una chica de verdad se desvía ligeramente del terreno mencionado para acercarse a un estilo más parecido al de directores como Michael Gondry, Spike Jonze o Wes Anderson; autores que ven a sus protagonistas como seres también poco convencionales pero cuya existencia no condiciona su entorno, sino todo lo contrario. En el caso de la película que nos ocupa, encontraríamos un punto intermedio entre ambas tendencias: Lars intercede en la vida de un amplio conjunto de personas y cambia su rutina, pero es la receptividad que le ofrecen estas personas la que le permite avanzar y superar paso a paso su ostracismo. Algo que podría traducirse con una interesante reflexión: hay ocasiones en que el mejor remedio para la locura es aceptar el juego del supuesto loco.

El resultado de todo ello es una bella historia de superación personal hecha con ternura y severidad a la vez, que nos invita a rediseñar el barómetro con el que decidimos si una persona está o no en su sano juicio. Una elegante forma de reivindicar el respeto que merece el proceso de saneamiento psicológico de cada persona y de recordarnos que, por extraño que pueda parecernos, todos poseemos un rincón en la psique que muchos tacharían de anormal si nos atreviéramos a mostrarlo.

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Cruce de caminos (Derek Cianfrance)

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Con frecuencia me refiero a las películas norteamericano de inicios de siglo XXI como piezas pertenecientes a un cine autoreferencial, únicamente bebedor de si mismo y que ha olvidado por completo la realidad que antaño tuvo como referente. Hablo de títulos como Gladiator, Piratas del Caribe, Una mente maravillosa o Million Dolar Baby: películas cuyos personajes ya no parecen sacados de la realidad, sino de una selección de personajes estereotipados vistos infinidad de veces en la gran pantalla. Pero no es únicamente una cuestión de personajes. Fijémonos, por ejemplo, en el modo en que se desarrolla la acción o la planificación de cada escena. En dichas películas nada de ello se asemeja ya a la realidad, sino que es presentado ante el público mediante códigos narrativos cinematográficos (uso exagerado de la música, fotografía bella cuando se presenta personajes “buenos” y sombría para los personajes “malos”…) que el espectador asocia involuntariamente a un tipo de situación. En pocas palabras, un cine que se tiene a si mismo como único referente.

A menudo hablo también de cómo el Nuevo Cine del Siglo XXI trata de reconciliarse con una narrativa bebedora de múltiples fuentes, planteando un tipo de cine que no tiene como único objetivo mirarse el ombligo. En este apartado encontraríamos títulos como La vida de Pi, Los Vengadores, Los Miserables o Argo, películas que sacan el máximo potencial de su fuente principal (un libro en el caso de La vida de Pi, los cómics con Los vengadores, el famoso musical con Los miserables y un hecho real en la galardonada Argo), casi olvidando los códigos cinematográficos más convencionales. Es como si dichas adaptaciones buscasen la complicidad de sus obras originales para encontrar nuevas fórmulas narrativas. Pues bien, en el caso del título que nos ocupa hablamos de una pieza cinematográfica que en cierto modo se encuentra en el punto medio entre ambas formas narrativas: Cruce de caminos es una película de tintes claramente realistas que no desaprovecha ocasión alguna para evidenciar su condición cinematográfica, algo que hace con secuencias que por momentos resultan encantadoras… y en otros tal vez demasiado cargantes.

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Empezando por lo básico, los personajes que protagonizan el último trabajo de Derek Cianfrance resultan escalofriantemente creíbles. En la primera media hora del metraje, dicho director centra toda su atención en definir al personaje principal y facilitar nuestra familiarización con él, en ocasiones logrando secuencias que rozan la brillantez. Se trata de una presentación totalmente desprovista de clichés que nos muestra sin temor lo mejor y lo peor del mencionado personaje. Y lo cierto es que se trata de una presentación tan bien construida que uno termina por no saber si odiar o compadecerse del que entonces es el protagonista del relato. Además, cabe decir sobre el apartado formal (ciñéndonos todavía a esta primera media hora de la película) que las fórmulas narrativas de Cianfrance están 100 % al servicio del relato: uno presta atención a los acontecimientos que se dan antes que a las filigranas narrativas del director, si bien estas resultan tan agradables de ver como fáciles de identificar (sin duda, un equilibro difícil de lograr).

Con tal eficacia se cierra la primera de las tres historias interrelacionadas que forman la película Cruce de caminos; y es precisamente a partir de este cierre cuando al joven director parece empezar a temblarle el pulso. Y es que el punto culminante del primer capítulo es tan trepidante (atracos a bancos hiperrealistas y persecuciones magistralmente rodadas) que no es de extrañar que Cianfrance afronte los dos capítulos que le siguen con cierto temor a provocar un fuerte desliz argumental, haciendo volar por los aires toda la atención que hasta entonces prestaba el espectador. Algo que, al parecer, intenta compensar mediante un uso exagerado de las formas, uso que en ocasiones, como dijimos, resulta cargante. Así pues, a pesar de que los nuevos personajes son igual de creíbles (e interesantes) que los inicialmente presentados, lo cierto es que hay determinados momentos de las segunda y tercera historia de la película en que el apartado formal adquiere un protagonismo tal vez demasiado exagerado, que provoca exactamente lo que el director parece querer evitar: distracción.

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Para ser más precisos, digamos que no se trata exactamente de un barómetro que vaya subiendo y bajando según la secuencia, sino más bien de una dosis de estilo formalista repartida a partes iguales que no afloja su intensidad cuando la situación lo requiere. Es decir, la intensidad con que se manifiesta el apartado formal es prácticamente la misma en todas las secuencias, algo que, evidentemente, no siempre sienta bien a la película. Dicho en pocas palabras, hablamos de una película claramente manierista que teme perder el interés de su público si en algún momento deja sus filigranas cinematográficas a un lado. De modo que, miren ustedes por donde, nos encontramos ante una película de personajes claramente realistas dotada de un manierismo radicalmente alejada de la realidad. Como si el director pretendiera encontrar un punto medio entre esta imitación de la realidad que es la esencia del cine y esta autoreferencia tan propia de grandes autores cinematográficos tales como Martin Scorsese o Quentin Tarantino.

A pesar de todo, el resultado supera con bastante el aprobado; pues en realidad, si bien es cierto que una vez finalizada la primera historia el filme pierde cierta fuerza, no es menos cierto que el interés del relato no decae en absoluto y que los personajes poseen el interés suficiente como para que deseemos saber más y más sobre ellos. Además, el reto que Cianfrance se plantea a si mismo resulta tan interesante como difícil de llevar a cabo: hacer una cinta de denuncia social sin dejar de plantear un punto de vista en cierto modo optimista. Y lo cierto es que lo hace con tal delicadeza que ambas cosas no contrastan en absoluto, sino que logran una harmonía que dota al filme de un punto de vista relativamente desenfado. En parte es gracias a ello que la larga duración de la película no se hace pesada en ningún momento. En resumen, lo que tenemos ante nosotros es una filigrana bien desarrollada que plasma con toda dignidad un discurso firme y atrevido y que en ningún momento cae en la pretenciosidad. Algo que, al menos en parte, resulta gracias la habilidad con que Derek Cianfrance mezcla esta imitación de la realidad tan propia del Nuevo cine del Siglo XXI con la exagerada autoreferencia tan distintiva del cine de inicios de milenio.

Blue Valentine

Imatge

Història de desamor

Tenint en compte el grapat de títols “romàntics” de cinema escombraries sense contingut al que ens té acostumats la casa Hollywood, és un autèntic plaer que de tant en tant algú ens recordi que una història d’amor pot ser enfocada des d’un punt de vista bell sense que això n’exclogui la seriositat i la maduresa. I és que Blue Valentine és una pel·lícula rodona i segura de sí mateixa (malgrat presentar una estructura narrativa valenta i arriscada) que resulta tan agradable de veure com de recordar hores després de descobrir-la.

El primer treball de Derek Cianfrance destaca sobre tot per ser una d’aquelles pel·lícules de formes tan atractives com fidels al discurs. M’explico. El director desenvolupa el seu relat intercalant imatges del present i el passat dels dos protagonistes per explicar-nos de manera simultània l’inici i el desenllaç d’una història d’amor. Doncs bé, gràcies a aquesta exposició paral·lela d’ambdues històries (en realitat, l’inici i el final de la mateixa) s’estableix un vincle narratiu que ens permet observar l’efecte “causa-conseqüència” dels actes dels dos personatges. És a dir, som testimonis d’aquells detalls de convivència que la parella ha oblidat però que ressonen en el subconscient de les seves discussions. Aquesta esquematització, doncs, no es redueix a una qüestió estètica, sinó que respon a una decisió narrativa al servei de la tesi del relat.

És en part gràcies a aquesta estructura narrativa que entenem que cap dels dos personatges és responsable directe de la seva crisis matrimonial. I és que la situació en la que es troben en realitat no és culpa de ningú, senzillament és el resultat d’una acumulació d’anècdotes desafortunades motivades per la idealització de la parella convencional. De fet, si observem els personatges d’ambdues històries (com hem dit, en realitat inici i desenllaç de la mateixa), ens trobem davant de dues parelles pràcticament diferents: el temps de convivència els ha canviat la personalitat de la mateixa manera que ha malmès la seva relació. En certa manera, aquest plantejament de la relació matrimonial clàssica com la mare dels conflictes de convivència fa pensar en títols com Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967), Closer (Mike Nichols, 2004) o Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008). Parlem d’aquestes pel·lícules tan crues com sinceres en les quals no hi ha ni bons ni dolents i on els valors morals dels protagonistes queden difuminats per la seva experiència personal.

En resum, estem davant d’una pel·lícula tan exquisida com devastadora que desarticula tots els engranatges de la història d’amor superficial del pitjor Hollywood. Però malgrat tot, aquesta duresa del discurs no va més enllà de la tesi, ja que el desenvolupament de la història és tan fluït com fàcil de pair. I és que en realitat Blue Valentine no deixa de ser una història d’amor tan bonica com poètica, potser amb un desenllaç poc convencional, però en qualsevol cas bonica i poètica. En aquest sentit són molt reveladores les imatges que acompanyen els primers crèdits de la pel·lícula: rajos de llum de colors que il·luminen momentàniament els rostres d’ambdós protagonistes, imatge símbol que ens recorda que sovint confonem la recerca de la felicitat amb el desig d’estirar i estirar el plaer momentani causat per una història d’amor efímera.

Gagnster Squad

Lo digo sin ataduras: Gangster Squad es una película superficial, manierista, tópica y prefabricada. Ahora, apreciados críticos, eruditos intelectuales, respetable espectador de culto y reverenciables profetas del cine, con su permiso, y si con este anunciado han quedado satisfechos, empezaremos el verdadero análisis.

Película superficial

Es evidente que los personajes de la última película de Ruben Fleischer no tienen ninguna profundidad, pues su carácter respondea una clara condición referencial hacia los tópicos más convencionales del cine negro. Es decir, conocemos y entendemos a los protagonistas no por su bien definida personalidad, sino gracias a la resonancia popular del tipo de perfil al que cada uno de ellos responde. Todos conocemos, por ejemplo, al temible y feroz mafioso apoderado de la ciudad gracias a una bien empleada política del miedo, o al duro e imbatible policía corrupto dispuesto incluso a perder a su familia para destruir al primero.

Pero el caso es que, en este film, dichos personajes no pretenden resultar creíbles. En realidad, no son otra cosa que las marionetas de una traviesa filigrana consistente en llevar a las máximas consecuencias todos los tópicos noir, lo que acaba por convertirse en el motor de una trepidante aventura de gángsteres y disparos. Todos intuimos cómo terminará esta historia y constantemente anticipamos las situaciones a las que el relato nos acerca; pero aún así resulta casi imposible prever la forma con la que Fleischer nos llevará hasta el punto deseado, y las resoluciones de cada secuencia se desenvuelven con agilidad y bien logrado humor.

Película manierista

E igual que sucede con los personajes, la puesta en escena se preocupa más por acentuar las características genéricas de la pieza que por lograr cualquier tipo de transparencia que convierta a la misma en un testimonio serio de los hechos. Tanto la fotografía como la elección de los escenarios, la dirección de arte o la misma planificación ensalzan al máximo la textura noir hasta eliminar todo tipo de rasgo realista o dramático. Por lo tanto, no encontraremos en Gangster Squad escenas angustiosas o de profunda emotividad como las encontramos en El Padrino, Scarface o Uno de los nuestros; solo puntuales explosiones de malabarismos formales embalsamados de estética.

Pero es que este no es un film histórico, dramático o reflexivo, sino un sencillo tebeo de gángsteres desarrollado con modestia, agilidad y un pulso tan firme como elegante. Gracias a ello, Fleischer encuentra el equilibrio perfecto entre el exagerado manierismo gangsteril y una bien empleada planificación, algo que le sirve para sacar todo el jugo que pueda ofrecer el dispositivo cinematográfico en lo que a secuencias de acción se refiere. De modo que lo que acabamos encontrando es una trepidante cinta de aventuras cuyo ritmo no decae en ningún momento.

Película auto-paródica y madura

Esta exageración manierista que reúne todos los tópicos del género negro convierte a Gangster Squad en una película auto-paródica que, a pesar de todo, no resulta para nada ingenua. Y esto es precisamente lo que la convierte en un perfecto ejemplo de película perteneciente al Nuevo Cine del Siglo XXI. Los personajes son tópicos, sí, pero su carácter es del todo consecuente y no existe temor alguno de que sus acciones acaben con la empatía del espectador. Las secuencias son manieristas y exageradas, es cierto, pero también son imprevisibles y dinámicas, y su lograda planificación sumada a una clara condición auto-paródica las aleja del ridículo.

Cuidado. No estamos ante ninguna revelación cinematográfica. Pero si estamos ante una interesante propuesta de pasatiempo desenfadado que reivindica el género gangsteril como herramienta de distracción. Y lo cierto es que logra su cometido con notable éxito. Larga vida al Nuevo Cine del Siglo XXI.