Nightcrawler (Dan Gilroy)

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Plantejar una pel·lícula com l’exposició d’una tesi té la seva part bona i la seva part dolenta. La part bona és bàsicament que assegura certa legitimitat envers al producte en tant que “història amb missatge”, a més a més de donar-li una direcció concreta que fa més fàcil el seguiment del relat. La part no tan bona és el risc que es corre de convertir la pel·lícula en una acrobàcia destinada a arribar a un punt concret. És a dir, el perill d’acabar construint una història poc creïble (o fins i tot potser ridícula) en nom de la tesi que es vol exposar.

Nightcrawler és una pel·lícula de tesi, i sens dubte de tesi interessant. Fins i tot podríem definir-la com una pel·lícula de denúncia. A grans trets, es tracta d’una crua reflexió sobre la falta d’escrúpols dels mitjans de comunicació; o potser més aviat sobre la seva curiosa raó de ser. Com una dissecció de tot el que conforma els pilars base de l’apartat informatiu audiovisual; no tan pel que fa al seu caràcter empresarial (i per tant als seus interessos monetaris o polítics) sinó més aviat sobre aquella font (sovint oblidada) que ens proporciona les imatges televisives que consumim diàriament.

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Per això el pes del protagonista és tan important en l’òpera prima de Dan Gilroy: l’objectiu del director és dibuixar un personatge que retrati l’interès (no necessàriament polític o ideològic, sinó més aviat personal) que s’amaga rere les imatges dels informatius. Un interès que passa per manipular escenaris de crims i fins i tot per intervenir (quan no provocacar) en els esdeveniments registrats. Gilroy fica el dit a la llaga al sistema, en aquest cas en l’apartat informatiu, com el seu germà (Tony Gilroy, co-productor de la pel·lícula) ja va fer en l’àmbit polític amb la notable Michael Claiton.

El que tenim, doncs, és una pel·lícula protagonitzada per un personatge interessant, narrada amb subtilesa i deixant que la tesi parli per si sola, sense intervenir massa en els fets com si es volgués crear un contrapunt amb l’actitud del protagonista. Fet que no impedeix cert lluïment de direcció en algunes escenes que així ho requereixen, com en la inquietant seqüència en què són emeses per televisió les imatges d’un territori verge, poblat només per les víctimes del tiroteig que hi ha tingut lloc. O també la seqüència final, brillant-ment desenvolupada si bé el desenllaç trenca una mica l’harmonia que fins aleshores hi havia entre “credibilitat i exposició d’una tesi”.

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El 10º círculo (Juan Carlos Sánchez Martínez)

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La pregunta que más frecuentemente surge en las reflexiones sobre la opera prima de Juan Carlos Sánchez es en realidad una de las preguntas más absurdas que un servidor pueda imaginarse. Hablo de esta insistencia de asignar a un producto un género determinado. ¿Estamos ante un thriller? ¿Una novela de misterio? ¿De aventuras? ¿Un ejercicio que entremezcla diversos géneros? Se me ocurren dos respuestas para este (innecesario) enigma. La primera, dirigida a los partidarios de la simplificación, es que El 10º círculo no es otra cosa que pura fantasía. Olvidemos por un momento esta hiperfracmentación a la que hemos llegado, estas cualificaciones subgenéricas que tan fácilmente nos sacamos de la manga; olvidemos, en fin, esta necesidad de nombrar cada uno de los rasgos que podamos identificar en una obra. Pues la novela de Sánchez no se preocupa por estos detalles: sencillamente pretende ofrecernos una experiencia inolvidable, y lo consigue gracias al hecho de beber de múltiples fuentes (no solo literarias), logrando así su propio sello. En todo caso, estamos ante una obra que parte de una premisa claramente fantástica, y la forma más sincera de definir este hecho es llamarlo “fantasía”. Fin de la discusión.

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La segunda respuesta, dirigida a aquellos cuyo insomnio no dependa de encontrar respuestas reduccionistas, es que El 10º Círculo pertenece a su propio género. Por el simple hecho de que Juan Carlos Sánchez no se casa con nadie. Cuando la situación lo requiere, su novela es cómica, y cuando la escena lo precisa, su narrativa adquiere un tono más trascendente; del mismo modo que cuando la complejidad del argumento aumenta, el estilo del joven escritor se convierte con toda tranquilidad en un festival de múltiples referencias, que aúna terror, romanticismo y acción (por citar unas pocas). Y lo mejor de todo es que este refrito de estilos no obstruye en absoluto la ligereza de su lectura, sino que la dota de una personalidad compacta y de claras intenciones. Vamos, puro entretenimiento; y también (¿por qué no?), pura literatura. De modo que, más que buscar respuestas en todo lo mencionado, sirva ello como una garantía para abrir el libro sin temor, relajarnos y disfrutar de una opera prima que tanto tiene que ofrecernos. Con ello tendremos suficiente.

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Lo que encontraremos entonces será una muy entretenida novela que, a pesar de ser la primera se su autor, desborda seguridad en cada una de las palabras y está dotada de una estructura cuidadosamente esquematizada, así como también de esta clase de fuerza que tan solo encontramos en el autor que verdaderamente tiene algo que contar. Encontraremos también, digámoslo todo, algún que otro bache en el camino, como no podría ser de otro modo teniendo en cuenta que se trata de una ópera prima. Uno de ellos es este posicionamiento a veces demasiado evidente por parte del escritor: en ciertos momentos se tiene la sensación de que todo lo ocurrido responde a una especie justicia universal. Es decir, parece que exista alrededor de los personajes una especie de aura encargada de definir la posición en que estos se encuentran, que solo puede ser una de dos: la de “buenos” o la de “malos”. Un aura que, en definitiva, abala u condena sus acciones en función de la posición en que se encuentren. Se trata, a pesar de todo, de un detalle algo molesto, sí, pero solo en momentos puntuales. Cabe decir, además, que dadas las múltiples virtudes que el libro contiene, no resulta nada difícil hacer una pequeña concesión.

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En cualquier caso, estamos ante una novela de lectura obligada para todo amante de la literatura fantástica o sencillamente de la distracción bien entendida. Pues no hay en El 10º círculo momento que no nos invite a seguir leyendo, capítulo que nos deje indiferente… como no habrá pausa que hagamos una vez empezada la lectura en que no cerremos el libro calculando mentalmente en qué momento podremos volver a abrirlo.

Irregular tercera incursión en la dirección de Tim Blake Nelson

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La primera sensación que transmite el nuevo trabajo de Time Blake Nelson como director es cierta ingenuidad en cuanto a tipoligía de personajes y al planteamiento formal. La película presenta un estilo de narrativa algo manierista que parece querer enfatizar la comicidad de cada situación en lugar de permitir que el potencial cómico de las mismas salga por si solo; como si tratara de alcanzar formalmente aquello que le falta al contenido. Esto es algo que encontramos por igual en la puesta en escena, en el montaje e incluso en las interpretaciones. Recordemos, por ejemplo, la escena en que Bill Kincaid es sorprendido en su despacho en el momento en que una de sus alumnas se abalanza sobre él con intenciones cuando menos éticamente cuestionables. Se trata de una escena nada contenida en la que observamos a tres personajes dos de los cuales parecen más interesados en provocar carcajadas que en resultar creíbles, como sucede también con el estilo narrativo (como dijimos, puesta en escena y montaje) que en ella se emplea. Un estilo narrativo que no pronostica en absoluto el inesperado cambio de rumbo que de repente toma la película.

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Transcurrido el primer acto de la cinta, se producen una serie de acontecimientos relativamente inesperados que transforman lo que hasta entonces parecía una poco inspirada comedia de enredos en un crudo thriller de tintes “coenianos”. Y lo más curioso es que el cambio sienta sorprendentemente bien a la película. Se trata de un radical cambio de registro que no solo borra de un plumazo el torpe estilo narrativo antes mencionado, sino que además logra no desencajar en absoluto con todo lo expuesto hasta entonces. De repente nos encontramos ante situaciones creíbles por la incomodidad que transmiten, como el encuentro entre Bill y su madre o escenas de resolución imprevisible como la reunión entre Brady (hermano gemelo de Bill) y el narcotraficante interpretado por Richard Dreyfus. Es entonces cuando aquello que veíamos como una innecesaria e ingenua comicidad se convierte en un simpático suavizante de la tragedia. Además, los personajes parecen ganar solidez y su interacción con cada situación resulta tan creíble como moralmente dudosa. Una lástima que el desenlace no esté a la altura de todo ello.

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Poco antes de la finalización del tercer acto de la cinta, se da un inesperado enfrentamiento entre determinados personajes que nos brinda la que en mi opinión es la mejor escena de toda la película. La suma de una fantástica interpretación por parte de los actores con una dirección contenida pero segura de si misma logra plantear un inquietante conflicto igualmente bien resuelto. Pero la voluntad del director de llenar huecos en realidad intrascendentes conduce a la película por caminos tan previsibles como (nuevamente) formalmente mal resueltos. Ello acaba por dejar abiertos huecos verdaderamente importantes (¿que sucede con la situación laboral de Bill?) y enfatizar detalles innecesarios (la almibarada redención de Bolger, amigo íntimo de Brady). Así es como la escena que parecía presentarse como el clímax ideal para el desenlace del relato se convierte en el canto de cisne de una película que acaba dejando a medias la explotación de todo su potencial. Desafortunadamente, cuanto más avanza el argumento a partir de entonces más da la sensación de que el narrador no logra encontrar el modo de terminar su discurso.

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A pesar de todo, podemos decir que la película cuenta con suficientes ingredientes interesantes como para merecer su visionado. La interpretación de Edwart Norton, por no ir más lejos, invita a ser disfrutada desde el primero hasta el último minuto. Cabe decir, además, que Hojas de hierba cuenta con ciertos personajes indudablemente interesantes, como por ejemplo la madre de Bill y Brady, interpretada por Susan Sarandon, o el ortodoncista al que conoce Bill en su viaje en avión, interpretado por Josh Pais (recordemos, insisto, la fantástica escena que tiene lugar pocos minutos antes del desenlace). Ambos personajes están tan bien perfilados que verdaderamente da la sensación de que su participación en la película es algo casual. Esta nueva incursión en la dirección de Blake Nelson, pues, no deja de ser un divertido entretenimiento, tal vez algo desigual, pero que en sus mejores momentos nos brinda escenas de cine en estado puro. Sin duda, una película que merecía ser llevada a nuestras carteleras mucho antes que tantas otras en vez de cuatro años después de su estreno en USA.

Stoker

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En sus mejores momentos Park Chan Wook ha demostrado ser uno de los directores contemporáneos que mejor combinan puesta en escena carismática con seriedad; algo logrado en gran parte gracias a la facilidad con que encajan las dos premisas básicas de las que suele partir. La primera es el particular uso que hace de la cámara, tratándola como si fuera un ojo omnipresente que espía a los personajes desde posiciones inimaginables, capaz de recorrer caminos invisibles para aposentarse en el punto deseado. La segunda es la indagación en la psicología humana, una especie de desglose de las emociones más controvertidas del ser humano. La unión de estos dos conceptos dota al cine de Park Chan-Wook (o al menos a parte de él) de una extraña atmósfera teológica dentro de la cuál los personajes son juzgados por sus actos. Pero lo que hace más especial este cine es que los mencionados personajes nunca reciben un juicio convencional según la moral a la que estamos acostumbrados.

La primera incursión en el cine de Hollywood del director coreano es una muestra más de creatividad renovada al servicio de nuevas reflexiones. La película nos da a entender que aquel director que condenaba duramente la aptitud agresiva de sus personajes mediante películas en donde la violencia era un mero trámite (o eso nos hizo creer) es agua pasada. Ahora descubrimos un nuevo director que ve la agresividad como una necesidad biológica e inherente en ciertas personas, un instinto que debe ser manifestado para evitar la autodestrucción. “A veces tenemos que hacer algo malo para evitar hacer algo peor”, dice en una ocasión el padre de India (la protagonista). Lógicamente, este nuevo discurso requiere nuevas fórmulas, pues ahora la violencia ya no es un concepto dañino, sino algo bello, adictivo. Lo que nos trae de vuelta a los mencionados juicios ejercidos hacia los personajes: si en Oldboy el protagonista recibía un retorcido castigo nada parecido a lo que predomina en el imaginario colectivo, en Stoker descubrimos una moral según la cuál toda represión es un acto reprobable, incluso – y tal vez especialmente – la de la violencia.

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En este aspecto, el nuevo trabajo de Park Chan-Wook recuerda enormemente a la obra de Alfred Hitchckock: ambos directores plantean una sociedad fuertemente reprimid en donde la única vía de escape es el asesinato. De hecho, si nos centramos en las películas Extraños en un tren y La sombra de una duda en las tres encontramos a un personaje fuertemente confrontado con su entorno en cuya vida aparece un nuevo personaje (que tanto en Stoker como en La sombra de una duda se llama Charles y es el tío de la protagonista) dispuesto a solucionar sus problemas. Y para este nuevo discurso, decía, Park Chan-Wook se sirve de nuevos recursos narrativos al mismo tiempo que sigue fiel a su propio estilo. Si en la trilogía de la venganza proponía un lenguaje dinámico para mostrar las distintas facetas vengativas de sus personajes, en Stoker emplea un estilo más contemplativo y plagado de imágenes oníricas que dibujan cuidadosamente el esquema psicológico de India. Igual de importante resulta el montaje paralelo, elemento que Park usa majestuosamente para describir la coincidencia de perfiles que se da entre India y su tío Charles.

En resumen, hablamos de un cambio de discurso que consiste en un salto del cuento moral a la presentación de personajes. Pues en realidad Stoker no es otra cosa: el planteamiento, nudo y desenlace del camino recorrido por India en el proceso de desatar su verdadero carácter. En los trabajos anteriores del director encontrábamos a personajes cuyo crecimiento personal nos era descrito en unas pocas pinceladas para centrar toda la atención en su interacción con el entorno. En el film presente, en cambio, somos testigos del nacimiento de una personalidad, del forjamiento de una identidad. Y como ya dije, es asombrosa la facilidad con que Park Chan-Wook reinventa su creatividad en función de un nuevo discurso, siempre manteniendo los rasgos característicos de su autoría, redirigiéndolos al nuevo terreno. Una ejemplo de cine en estado puro, un lección de cómo un director puede reivindicar su presencia prestándose al 100 % a las necesidades de su trabajo.

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El silencio de los corderos

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Prólogo [a mis amigos de Frikinomikon ] 

En la última crítica que escribí para los desvergonzados aspirantes al club de subcinéfilos dirigentes del (supuesto) programa de radio Frikinomikon se me acusó de ser un “gafapasta” (algo motivado por el hecho de poseer un ordenador mac, asociación solo concebible en la mente de los envidiosos de la tecnología apple y defensores de la obsoleta campaña pro-PC) y de escribir artículos que no tienen “chicha” (para los seres humanos conocedores de aquello que algunos llaman literatura, lo que los apreciados amigos de Palau de plegamans pretendieron decir fue “tus críticas carecen de contenido”). Sobre lo primero, no puedo más que sentir lástima hacia el triste desconocimiento de aquellos que todavía hoy se resisten a reconocer la gran utilidad de los ordenadores MacIntosh y cubren el sinsentido de su conservadurismo con burdos insultos como del que hace un par de semanas fue víctima un servidor. Sobre lo segundo, no teman, en seguida lo arreglamos.

Película “multiclasificable”

Aprovechando la ocasión para barrer un poco para casa, El silencio de los corderos posee la virtud de ser catalogable al menos a tres movimientos cinematográficos citados anteriormente por el mismo indeseable que ahora escribe este artículo. El primero y más evidente es el de las cintas post-newhollywood cuyo acto de presencia tubo lugar pocos años después de la aparición del New Hollywood (por si se os escapa, queridos subcinéfilos de Palau, entendemos por new hollywood la quinta de directores aparecida a mediados setenta y formada por sujetos como Steve Spielberg, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, George Lucas y compañía), en ocasiones llamadas películas del “New New Hollywood” como pueden ser Blade RunnerRegreso al FuturoTerminatorLa jungla de cristalEduardo Manos Tijeras o Forest Gump.

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El segundo movimiento es el de películas hechas por directores (frecuentes en los años noventa) cuyo canto de cisne se da de forma aleatoria y prematura con una película que pasa a ser recordado muy por encima del propio director, como los casos de Bailando con lobosCadena PerpetuaBabe, el cerdito valienteBraveheart (ya sé que ustedes, queridos subcinéfilos radiofónicos, a esto último también lo llamáis “película”), PlatoonBlade Runner o El paciente inglés. Y por último, también podemos situar el trabajo de Jonathan Demme al lado de esta serie de películas noventeras reduccionistas que condujeron al cine de antaño hacia la simplificación de trama y personajes (¿quieren hacer el favor de callarse, charlatanes? ¡Ya sé que El silencio de los corderos es una película profunda, de modo que aparten de una vez su pico palomitero de los micrófonos y escuchen!).

El caso es que Jonathan Demme explota estos tres aspectos de forma magistral y logra sacar lo mejor de cada uno de ellos. Veamos. Como cinta post-new hollywood (recuerden, queridos locutores, que la característica más elemental de esta corriente es que tiende a explotar al máximo las posibilidades del dispositivo cinematográfico sin que la verosimilitud sea un obstáculo), la película de Jonathan Demme cuenta con las famosas escenas que solo pueden ser definidas como cine en estado puro y que convirtieron El silencio de los corderos en la pieza de culto que es hoy en día. Me estoy refiriendo, por supuesto, a momentos como la célebre secuencia en la que Hanibal Lecter logra penetrar en la mente de Clarice, el confuso montaje en paralelo durante el clímax final del metraje o la inquietante secuencia de desenlace resuelta de forma tan imprevisible como loable.

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Sobre el segundo aspecto y centrándonos concretamente en los tres últimos ejemplos (PlatoonBlade Runner y El paciente inglés), hablamos de títulos que concentran todo su potencial en la contención, cine de expresividad modesta pero que logra una considerable espectacularidad. Por ejemplo, la cinta que nos ocupa comparte con Blade Runner una atmósfera claustrofóbica que a pesar de imponerse con sutileza logra una presencia más que notable. Se trata (en ambos casos) de un lenguaje que juega con aquello que vemos y aquello que no; un escenario dibujado mediante pequeñas pinceladas que nos conducen a construir con la imaginación lo que no llegamos a ver. En resumen, un aunamiento de pequeñas virtudes con el mismo sello que constituyen un todo casi perfecto como uno de estos Macs secretamente envidiados por determinado sector social.

Hablemos ahora del sello “noventero reduccionista”. Lo sé, queridos “palauenses”, Hanibal Lecter es un asesino que lo es todo menos simple y muy poco menos podemos decir de la fascinante Clarice Starling. Pero en todo caso hablamos de una tipología de personajes facilmente reconocible a simple vista y a los que el film se cuida de dar profundidad posteriormente a su presentación. Es decir, cuando vemos por primera vez a Hanibal identificamos automáticamente su condición de psicopata desquiciado, a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, con los asesinos de films como PsicosisSe7en o Milenium. Un personaje, a fin de cuentas, cuya profundidad no evita su “tópico” perfil de malvado. Y lo mismo sucede con Clarís, un personaje de psicología compleja pero de rasgos claramente identificables que definen sin peros su condición de “joven aprendiz con talento”.

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Estos rasgos tan distinguibles de ambos personajes son los mismos que más adelante serían explotados por otras películas sin el cuidado tratamiento psicológico que ofrece El silencio de los corderos, transformándolos así en simples marionetas de un rompecabezas sin sentido, como son los casos de ScreamCopycat, El coleccionista de huesos o Saw. He aquí la (involuntaria y para nada reprobable) aportación reduccionista de la pieza de Jonathan Demme al cine de los años noventa (e inicios 2000). Pero lo más curioso es que dicho aspecto sienta de maravilla a la película, pues del contraste que se da entre las crueles y amenazantes expresiones faciales de Anthony Hopkins frente el inocente rostro de Jodie Foster nace una (brillante) relación de personajes que no puede definirse de otro modo que fascinante.

El sorprendente resultado de la unión de estas tres categorías sitúa al film en la posición de obras imprescindibles en la historia del cine, al mismo tiempo que lo introduce en otro colectivo solo atribuible a genialidades como PsicosisEl PadrinoTiburón o El club de la lucha: el de las adaptaciones cinematográficas de piezas literarias cuyo prestigio y reconocimiento termina por superar con creces a la obra adaptada. Solo espero que esta vez los queridos amigos de Palau no me comparen esta joya con Se lo que hicisteis el último verano, siendo el caso que la última vez ya me compararon Toy Story con Shreck.

[ http://www.facebook.com/frikinomikon.programa?fref=ts ]

Què veure a Sitges?

Avui comença el Festival de Cinema Fantàstic de Sitges, un dels pocs festivals de renom situats a Catalunya. De fet, diria que és l’únic que té un cert ressò internacional. Sigui com sigui, sempre hi ha un munt de pel·lícules bones per veure. Aquí teniu una llista del que més m’ha cridat l’atenció.

De totes maneres, el millor és no fer-ne massa cas, una de les gràcies dels festivals de cine és disfrutar de l’ambient i entrar a veure pel·lícules sense saber-ne absolutament res. Però pels metòdics i els que us fieu una mica del meu criter:

4:44 Last Day On Earth: Dirigida per Abel Ferrara (King Of New York, Bad Lieutenant) i protagonitzada per Willem Dafoe. Pel·lícula apocalíptica que respon a la pregunta: què passaria si tothom sabés que s’acaba el món? A la crítica especialitzada li ha agradat molt.

Another Earth: Una premissa extremadament interessant: com el seu títol indica, s’ha descobert un duplicat del planeta Terra. Les crítiques diuen que és una pel·lícula emmarcada en el gènere de la ciència-ficció, però l’argument no és especialment científic ni es recolza en respondre preguntes sobre el perquè de l’altra Terra. És a dir, és un drama en clau de ciència-ficció, i aquestes mescles solen sortir bé. Tinc moltes ganes de veure-la.

Arirang: La nova d’en Kim Ki-Duk. Després de veure els dos treballs més coneguts d’aquest cineasta, me’n declaro fan absolut. Tot i això, és una mica decepcionant que es tracti d’un documental que repassa la seva carrera com a director. Em fa una mica de por i ho veig totalment innecessari.

Attack the Block: L’he vist, i crec que és una pel·lícula a reivindicar. Divertida, ben rodada, amb un ritme brutal i uns efectes especials meritoris; amb un punt de partida original: uns aliens ataquen un barri pobre de Londres, i els pandilleros de la zona els hi plantaran cara. Dirigida per Joe Cornish, que participa com a guionista a la pròxima Tintin de Spielberg & Jackson. Visionat obligatori.

Contagion: Steven Soderbergh sempre interessa, i més quan es marca una pel·lícula de ciència-ficció amb un càsting colossal i una història que té una pinta bestial: tracta sobre un virus mortal que es contagia amb una facilitat pasmosa. Moltíssimes ganes de veure-la, tot i que el 14 d’Octubre surt a tots els cinemes.

Drive: Ja sabeu que sóc molt pesat sempre recomanant la Trilogia de Pusher, que retrata l’inframón criminal de Copenhague, dirigida per Nicolas Winding Refn, director que sap filmar acció des d’un punt de vista artístic, fent coses diferents però amb cap i un gran coneixement del gènere. És un dels futurs cracks, i amb Drive la crítica coincideix que ha donat el salt a la fama que tant esperàvem els seus fans. Tracta sobre un stuntman que no és aigua clara, i el càsting fa por. Visionat obligatori, a més no té data d’estrena.

Extraterrestre: De Nacho Vigalondo, freak reputat, gran director de curts i d’una pel·lícula que em va meravellar, Los Cronocrímenes. El punt de partida d’Extraterrestre és genial: normalment, en una invasió extraterrestre, tothom correria i es desesperaria. Però què passa quan la invasió passa de nit, i tu t’has lligat a una noia espectacular. Et despertes i et trobes els carrers buits i el cel ple d’OVNIS. Hi ha ganes de veure-la, el teaser pinta bé.

Hobo With A Shotgun: Pels amants del grindhouse de la vella escola. Sang i fetge per un tub, visualment cuidadíssima i amb un Rutger Hauer excels. Recomanable per anar-hi amb amics i riure en diverses ocasions. És una peli que els anglesos dirien OVER THE TOP (passada de voltes).

Jane Eyre: Pinta dramón dels grossos, però hi surt aquest incipient monstre de l’interpretació anomenat Michael Fassbender.

Melancholia: La nova de l’odiat i estimat Lars Von Trier. Ni el personatge ni el seu cinema em diuen gaire, però he de reconèixer que tant l’argument com l’aspecte visual conviden a veure-la. A més, és una bona oportunitat per veure què tal ho fa Kirsten Dunst de protagonista, una actriu que es diu que té molt talent amagat però mai ha sabut triar projectes per brillar.

Project Nim: Documental esperpèntic dirigit per James Marsh, responsable de l’enorme Man On Wire. Va tenir molt d’èxit a Sundance, i tracta sobre un tema molt interessant: una familia de hippies que als anys 70 van decidir criar un ximpanzè com si fos una persona humana, des que era un nadó. Auguro que l’experiment va sortir malament, però tinc curiositat, i aquest sentiment és el primer que ha de provocar un documental.

Red State: El gir de 180 graus de Kevin Smith, que ha passat de la comèdia a una mena de thriller de terror-acció; extremadament irregular però amb conceptes interessantíssims. Sobretot val la pena pels paperots de Michael Parks & Melissa Leo. No n’espereu molt, però és una bona peli per veure en un festival.

Twixt (3D): Última paranoia de Francis Ford Coppola, que tinc la sensació que s’ha donat un cop al cap i s’ha oblidat de fer res. Aquesta em fa més por que una pedregada, sobretot quan veig que està protagonitzada per Val Kilmer.

Tingueu en compte la secció de clàssics, aquest any s’hi poden veure Wargames, Frankenstein o A. I.: Artificial Intelligence (entre d’altres).

A veure qui s’enduu els premis, auguro teca per Drive i Contagion.