Nuevo Cine del Siglo XXI [ 6.8 ]

10 .- El discurso del rey – año 2010

El discurso del rey

Hasta ahora hemos hablado de películas que planteaban un nuevo enfoque estilístico que más adelante se convertiría en el germen del Nuevo Cine del Siglo XXI. Pero ahora, con esta última película de la selección, ya estamos hablando de cine 100 % perteneciente a dicha corriente. Este segundo trabajo de Tom Hooper supone, además, un cierre de ciclo en dos aspectos. Sobre el primero, recordemos cómo la primera película que comentamos (Buenas noches, y buena suerte) tenia por objetivo exaltar la epicidad de un personaje verídico sin pasar por alto su humanidad. Lo mismo sucede con el trabajo que nos ocupa, de modo que podríamos decir que la reforma empezada en 2005 sugiriendo un nuevo enfoque en el cine biográfico concluyó su operación en 2010 con una película de planteamiento similar pero de rasgos comerciales mucho más personalizados. Por otra parte, está el hecho de que, sin duda, podemos considerar a Tom Hooper como uno de los directores ya pertenecientes a la nueva corriente.

Es decir, las películas de las que se ha hablado hasta ahora o bien pertenecían a viejas glorias que resurgieron inesperadamente (David Fincher, Hermanos Coen, Ang Lee, James Cameron) o bien son los trabajos de determinaos debutantes que, sencillamente, participaron en esta transición de corrientes (Jaison Reitman, Joe Wright y Jon Favreau). En el caso de Tom Hooper, en canvio, sin duda hablamos de un director de una de las primeras películas encabezadoras del Nuevo Cine del Siglo XXI. Me explico. Con la llegada de El discurso del Rey se da un cambio de conceptos en lo concerniente al campo comercial; y para entenderlo nos es muy útil esta comparativa mencionada entre dicho título y el que en 2005 diera origen al cambio, Buenas noches y buena suerte. Fijémonos, sobre todo, cómo el trabajo de George Clooney necesitó despojarse de toda complicidad hacia los personajes para desmarcarse del empalagoso estilo comercial entonces tan de moda gracias a títulos como Una mente maravillosa, Descubriendo Nunca Jamás o Million Dollar Baby.

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Es decir, a inicios de milenio, debido a la ya mencionada tendencia cinematográfica de alejarse de la realidad, se había perdido de vista al protagonista entrañable pero imperfecto. Pero en el caso de El discurso del Rey, el legado de películas como Juno u Avatar (ambas protagonizadas por personajes entrañables pero desperfectos) permitió que Tom Hupper pudiera tratar con cierto cariño a sus protagonistas, sin por ello convertirlos en mártires o héroes americanos. Pues si nos fijamos, en los primeros años del siglo XXI los protagonistas de las películas de hollywood tan solo podían ser buenos, malos o aspirantes a la excelencia. Tomemos como ejemplo los casos de Gladiator, Una mente maravillosa y Million dólar Baby (protagonizadas por el bueno), Chicago y Mistic Riber (protagonizadas por el malo) o El señor de los anillos y Master and Comander (protagonizadas por personajes que evolucionan, es decir, aspirantes a la excelencia). En cualquier caso, no era posible encontrar en hollywood una película en donde el protagonista, a pesar de “bueno”, arrastrara consigo defectos humanos que sencillamente no cambiaran.

El logro de El discurso del rey, por lo tanto, se resume en el hecho de conseguir aunar al personaje simpático pero imperfecto del cine independiente con la narrativa comercial propia de hollywood que lo convierte en una figura épica. Se trata de una exaltación hecha desde los ojos humanos, magnificando al personaje y permitiendo al público cierto encariñamiento hacia él pero sin olvidar en ningún momento que se está hablando de una figura real (algo igualmente aplicable a todos los personajes secundarios). Un trabajo como este, que en un principio podría parecer de poca importancia, hizo posible el resurgimiento de un director de cine a quien ya dábamos por desaparecido en combate. Estoy hablando de la leyenda viviente que es el director Steven Spielbeg, que se reconcilió con el buen cine aplicando mucho de lo mencionado más arriba a su magnífica Lincoln.

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Una corriente, dos generaciones

Empecemos por identificar las principales características que suelen encontrarse en este nuevo cine. En primer lugar tenemos una clara desaparición de ingenuidad y simplismo que da la bienvenida a un cine más profundo y complejo. Si a inicios del milenio la figurita dorada era para un gladiador representante de la justicia que lograba vengar a su familia asesinada (Gladiator, 2000), a finales de la década esta misma estatuilla se entregó a un grupo de marines agresivos, emocionalmente desestructurados y de heroicidad dudosa (En tierra hostil, 2008- 2009).

En segundo lugar encontramos en este cine una evidente tendencia a explotar géneros ya existentes bajo el escudo de la reinvención. Así, si en los primeros años del 2000 Spiderman deslumbraba al público gracias a sus increíbles superpoderes, en estos últimos años la auto-parodia genérica ha salvado al cine de super-héroes de caer  en el ridículo (y de paso nos ha ofrecido un nuevo estilo de cine de aventuras).

En tercer lugar, esta nueva corriente se caracteriza por presentar rasgos claramente comerciales que no tienen nada que ver con el estilo setentero del New Hollywood. Por ejemplo, si el producto comercial que participaba en  los Oscars en inicios del milenio llevaba por título Chocolat, Una mente maravillosa, Descubriendo Nunca Jamás o El pianista (películas cuyos rasgos principales son característicos del cine de masas de finales de los setenta e inicios de los ochenta), en los últimos años de la década encontramos compitiendo entre sí a películas como Juno, El curioso caso de Benjamin Button, El lector o Cisne Negro (cintas comerciales que nada tienen que ver con el mencionado estilo).  

La cuarta característica, y tal vez la más curiosa, es que podemos dividir a los padres de esta nueva ola cinematográfica en dos apartados: los directores contemporáneos cuyas primeras producciones forman parte del Nuevo Cine del Siglo XXI, y los directores de inesperado resurgimiento tras un largo tiempo de permanecer en la sombra. Veamos cada apartado.

En el grupo de los primeros tenemos a un conjunto de directores generalmente surgidos a mediados del 2000 provinentes de la televisión, como Tom Hooper (El discurso del Rey, Los Miserables), Christopher Nolan (El caballero Oscuro, Origen), Joe Wright (Expiación, Hanna), Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland, Gangster Squad), Tony Gilroy (Michael Clayton, El legado de Bourne), Matthew Vaughn (Kik-Ass, X-men: First Class), Bennet Miller (Truman Capote, Moneyball: rompiendo las reglas), Rian Johnson (Looper) o Tomas Alfredson (Déjame entrar, El Topo).

En el segundo apartado encontramos a un seguido de directores que curiosamente antaño fueron vistos como hermanos pequeños de los grandes cineastas de entonces y que hoy, tras un largo tempo de inactividad, regresan como consagrados autores y principales responsables de las tendencias del cine contemporáneo. Entre ellos encontramos a Danny Boyle (Slumdog Millionaire, 127 Hours), Stephen Daldry (El lector), David Fincher (El curioso caso de Benjamin Button, La red social), Ang Lee (Brokeback Mountain, La vida de Pi), Kathryn Bigelow (En tierra hostil, Zero Dark Thirty), los hermanos Coen (No es país para viejos, Valor de ley), Darren Aronofsky (El luchador, Cisne Negro) David O. Russell (The Fichter, El lado bueno de las cosas) o Alexander Payne (Los descendientes).

Evidentemente existen diferencias entre los estilos de los cineastas de uno y otro colectivo, pero sin duda, las películas más significativas de ambos forman parte de una misma corriente: el Nuevo Cine del Siglo XXI.

El regreso de la calidad

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Recuperando terreno

Como ya entredije, este año hemos presenciado la reaparición del buen cine comercial con dos remarcables superproducciones: Los Vengadores y La Vida de Pi. Ambas piezas cubrieron un importante hueco genérico en el campo comercial, existente desde hacia varios años. Siendo igualmente la película que nos ocupa una brillante superproducción genérica comercial, tratemos de buscar el lugar al que corresponde junto a las otras dos. Empecemos por situar a las primeras.Con el trabajo de Whedon descubrimos una nueva fórmula comercial de puro entretenimiento gratuito. Allí estaban sus secuencias de acción, sus gamberradas y sus chistes auto-paródicos. Así fue cómo reconquistamos el espacio del que años atrás fueron expulsadas franquicias como Star Wars o Indiana Jones: personajes poco profundos pero bien caracterizados, trama superficial pero bien construida y una relación cómica, aunque no por ello ingenua, entre película y espectador.

Por lo que respecta a La Vida de Pi, fuimos testigos de un nuevo estilo de “aventura existencial”. La metafísica y la reflexión trascendental volvieron a formar parte de la cartelera comercial, como pasara años atrás gracias a Forrest Gump, Contact o El Paciente Inglés. Bien pues, hemos reencontrado el entretenimiento y la reflexión. ¿Nada más? Pues lo cierto es que aun queda espacio para un estilo comercial perdido, y aquí es donde entra en acción Los Miserables de Tom Hooper. Y no me refiero al género musical.

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Superproducción y personajes

Digámoslo nada más empezar: hacía años que no descubría una superproducción de anchas dimensiones tan cercana a sus personajes como la que nos ocupa. La relación entre estos y su entorno está dibujada con tanta minuciosidad como profunda es su personalidad. A ello contribuye la magnífica puesta en escena, que en cada número musical actúa según lo convenido: increíblemente ágil cuando la situación lo requiere y estática y modesta en los momentos íntimos. En estos últimos, además, Tom Hooper se acerca sin miedo a los protagonistas y nos deleita con su magnifica dirección de actores, que es tan espectacular que las emociones casi adquieren vida propia. Es en parte gracias a ella que la construcción de cada personalidad cubre todos los detalles; desde el carácter y forma de actuar hasta las vivencias personales de cada uno.

Música e imagen

El director de El Discurso del Rey, al parecer más arriesgado de lo que cabía esperar, ha decidido adaptar el musical sin hacer trampa: en su película apenas existen cuatro frases mal contadas que se pronuncien sin cántico alguno. De este modo construye un lenguaje uniforme mediante el cual se expresa toda la narración, salvando así el salto inverosímil del diálogo hablado a la canción, algo que ha traído problemas a más de una película. Además, ello dota a la película de un tempo excepcional perfectamente complementado con la imagen, resultando del experimento un ambiente único y compacto que reinventa el concepto del musical.

La recreación histórica está compuesta por breves pinceladas que aúnan a la perfección dinamismo y caracterización. En definitiva, arte en estado puro. Hooper construye los espacios con soltura y dinamismo, y a pesar de la larga durada de su trabajo este no resulta repetitivo, puesto que todo tiene su función.
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Nueva reconquista

La puesta en escena consigue un grado de realismo sorprendente al mismo tiempo que conserva su condición poética. El montaje desordenado encaja maravillosamente con el caos callejero y las desigualdades sociales que se nos muestran. Pero en esta producción hay sobre todo dos aspectos que, en parte por ir de la mano, destacan como en ninguna otra y la desmarcan de los dos títulos mencionados en el inicio (Los Vengadores y La Vida de Pi): su carácter de superproducción de época y el peso ya mencionado de sus personajes. Estos últimos, como hemos dicho, están cuidados hasta el último detalle y ello incluye su clase social, que es, en el fondo, la que determina su conducta. Y este es el verdadero tema de la película.

Pues ahí lo tenemos. El estreno del último trabajo de Tom Hooper supone la reconquista de un territorio perdido mucho antes que la aventura y la reflexión existencial: el drama social. Gracias a Los Miserables, que hace convivir con perfecta armonía el respeto hacia lo clásico y la introducción de nuevos estilos narrativos (camera en mano constante, mucha proximidad con los actores, montaje desordenado), volvemos a tener en nuestras pantallas una fantástica superproducción profunda y nada conformista dirigida al gran público, como las tuvo nuestra anterior generación gracias a Las Amistades Peligrosas, Amadeus o La Misión.