Lincoln

Spielberg y Tarantino, antiguos reformadores de la narrativa – Segunda parte

Recapitulemos. Como ya dije en el inicio de la crítica de Django Desencadenado, la llegada a nuestro país de Lincoln y el último trabajo de Tarantino supone el estreno de dos cintas de contexto parecido abordadas con estilos claramente opuestos. Y el caso es que las distintas formas en que una y otra película se posicionan en el mismo bando anti-esclavista pueden verse como reflejo de los estilos narrativos de dos directores de cine que en su momento replantearon el lenguaje cinematográfico de formas muy diferentes. Centrémonos ahora en el caso de Spielberg.

Steven Spielberg y George Lucas son dos de los directores a los que a menudo se atribuye la reinvención del cine comercial, algo que ocurriría en la década de los 70 cuando presentaron las célebres piezas de aventuras Tiburón y La guerra de las galaxias. En aquel entonces, el público que veinte años atrás se maravillaba con las aventuras de La reina de África, Río Bravo o Con la muerte en los talones había crecido, y la gran extensión de critérios acompañada por la aparición del espectador adolescente pedía a gritos una actualización del entretenimiento cinematográfico. La respuesta llegó con el estreno de las películas mencionadas, sin duda dos piezas que marcaron un antes y un después logrando ser el referente de la mayor parte de producciones comerciales rodadas hasta hace poco tiempo. Se trataba, en definitiva, de un redescubrimiento del espectáculo cinematográfico dirigido a toda la familia. 

Guardémonos de mencionar el caso Lucas, aquello creó en la autoría de Spielberg un insaciable deseo de innovar, tanto en el campo narrativo como en el tecnológico. Primero llegaría la reivindicación del arqueólogo aventurero, más tarde la introducción en el cine de las imágenes generadas por ordenador y, finalmente y como última aportación importante, la actualización del estilo bélico en el cine contemporáneo. Lo que sigue en la carrera del director son constantes altibajos en lo que podría resumirse como un permanente intento fallido de innovación innecesaria. Tómense como ejemplo el intento fracasado de revisionar La guerra de los mundos, la innecesaria cuarta entrega de la saga Indiana Jones inundada de infografía o la más reciente adaptación de Tintín, nuevo intento de innovación tecnológica del que resultaría un vacío y saturado festival de malabarismos visuales.

Pero lo cierto es que esta vez Spielberg ha hecho un buen trabajo. Todo la hiperactividad narrativa que convertía a sus piezas anteriores en una exagerada exaltación de formas desprovistas de profundidad se ve aquí sustituida por una contenida dirección, amante de la sencillez al mismo tiempo que atrevida. Nos encontramos ante un espléndido retrato histórico tan profundo como entretenido, que contra todo pronóstico y mediante un excelente uso de los diálogos, centra todo el interés en sus personajes, mucho más que en la espectacularidad, el dramatismo sensiblero o en las filigranas visuales. Da la sensación de que esta vez Spielberg no ha centrado todo su esfuerzo en la innovación, sino en sacar el mayor jugo posible a la interesantísima historia que desarrolla. Los personajes, el contexto social, los acontecimientos políticos y los históricos cambios legislativos no necesitan ningún estímulo formal para crear interés, y el director lo sabe. Pero ello no quiere decir que estemos hablando de un desarrollo narrativo simplista. Todo lo contrario.

Como ya se ha dicho y dirigiendo ahora la mirada hacia el aspecto más obvio, hay que decir que Lincoln logra una excelente reproducción del momento histórico en que se sitúa. Tanto si hablamos de aspectos visuales relacionados con la estética como si nos referimos al apartado social, es incuestionable que la pieza que nos ocupa logra convertirse en esta mágica ventana temporal que debe ser toda buena película de época. Y es que, más allá de los excelentes decorados o del fantástico trabajo realizado por el director de fotografía Janusz Kaminski, director y guionista exponen la ética y los ideales predominantes en la sociedad a la que se refieren sin ocultar el recelo con que esta veía la inminente abolición de la esclavitud. De hecho, en la película, el gran objetivo de Lincoln consiste en presentar la reforma legislativa como medida pragmática para poner fin a la Guerra de Secesión, motivo por el cual esta debe ser votada mientras los soldados aún combaten.

De este modo y aunque vemos muy poco sobre el trato esclavista y las injusticias raciales, queda totalmente plasmada la ética social de la época según la cual los negros eran decididamente inferiores, como en (relativa) menor medida también ocurría con la mujer. Y aquí es donde entran los entramados políticos del presidente Lincoln, que tienen como objetivo camuflar el verdadero carácter humanitario de la abolición para ser presentada como artimaña política con el único fin de acabar con la guerra. Estrategias políticas consistentes en pactos realizados al margen de la ley o malabarismos de palabrería al mas puro estilo del clásico discurso político demagogo son algunos de los métodos utilizados por el partido republicano que Spielberg nos muestra con detallismo, elegancia y sin reparo, todo ello mediante un excelente uso de los diálogos. Y es gracias a ello que podemos disfrutar de una magníficamente desarrollada trama política.

Por lo que respecta a los personajes, es cierto que se presenta a Lincoln como al héroe indiscutible de la política, pero también lo es que terminamos por conocer al sujeto desde un punto de vista absolutamente humano. A ello contribuye considerablemente la triste situación matrimonial en la que se encuentra el protagonista como resultado de la inesperada muerte de un hijo, algo que el presidente no ha sabido afrontar. Recordemos el momento en que este mismo grita a su mujer las duras palabras “debería haberte encerrado en un manicomio.” Es entonces cuando entendemos que Lincoln es una persona como cualquier otra, solo que de ideales firmes y con una decidida confianza hacia la justicia, nacida probablemente como antídoto hacia el profundo dolor derivado de la pérdida. Mención especial merecen también el elenco de personajes que acompañan al protagonista, todos fantásticamente caracterizados con la ayuda de una exquisita interpretación.

Así es como Spielberg no solo recupera su posición de gran director de cine perdida varios años atrás, sino que además presenta un estilo de película nunca visto en su filmografía hasta la fecha. Se trata de un trabajo profundo desprendido de todo tipo de maniqueísmos (como en cierto medo podía suceder con las políticamente correctas – aunque tampoco nada despreciables – La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan), que funciona tanto como documento histórico como reflexión social. Y lo más interesante es que el motivo de tal logro no es otro que la decisión de dejar la innovación tecnológica y los malabarismos narrativos a un lado para contar con toda modestia una historia interesante de por sí.

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Necesidades básicas

Desde mi punto de vista existen tres aspectos narrativos cuya unión conforma la fórmula casi infalible para lograr una buena pieza de acción: humor, control del lenguaje visual y una narración directa que huya de las concesiones (que no deben confundirse con el ritmo pausado, cuyo uso puede dar grandes resultados). Por supuesto, existen excepciones, pero en muchas ocasiones es preferible un trabajo de resultado modesto gracias al uso desenfadado de dichos aspectos a la peligrosa sensación de ridículo que puede llegar a causar  una pretensión fallida de aparentar seriedad, contemplación o profundidad.

Jack Reacher demuestra con un arranque directo y de notable agilidad que posee al menos dos de los tres ingredientes necesarios. Nada más empezar nos encontramos ante un dinámico planteamiento de trama con el que Christopher McQuire sella su propio estilo. Y lo hace con elegancia y seriedad en una lograda combinación entre narrativa detallista expresada con claridad y una descripción acelerada nada reiterativa. Los acontecimientos se entienden con rapidez, facilidad y sin diálogos.

Por lo que respecta al tercer aspecto, este se manifiesta tan pronto como el personaje Jack Reacher entra en escena. Comentarios de humor ácido, elegantes diálogos con “rintintín vacilón”  y las cómicas resoluciones de algunas de las secuencias de acción dotan a la aventura de la comicidad necesaria para salvar del ridículo a una producción que cuenta con un super-hombre como protagonista.

Película sub-comercial: pequeño resurgimiento del blockbuster

Una vez cubiertas las necesidades básicas, todo está listo para que salga del horno una película de acción competente, sin nada que reprocharle y cien por cien disfrutable, si bien fácilmente olvidable (como en mi opinión sucede, por ejemplo, con los casos de Venganza (Pierre Morel, 2008), Desde París con amor (idem, 2010) o Shoot’Em Up (En el punto de mira), (2007, Michael Davis)). Pero el caso es que Christopher McQuarrie se propone ir más allá, convirtiendo su film en la hermana menor de las grandes películas comerciales de nuestra época (a saber, Skyfall, Los Vengadores o El Caballero Oscuro, piezas que también cubren las mencionadas necesidades básicas para luego ir más lejos; y en otro registro comercial, La Vida de Pi y Los Miserables).

En definitiva, la segunda película de McQuarrie cuenta con diversas características de notable interés que la sitúan, como ya entredijimos en la introducción, en la posición de pieza cinematográfica de indudable prestigio, a pesar de no alcanzar la majestuosidad de sus grandes superproducciones contemporáneas. Una de estas características es la condición multigenérica adquirida gracias a la capacidad que presenta para aunar diversos géneros, tales como la acción, el cine policíaco, la investigación detectivesca y el western. Se trata de una mezcla llevada a cabo con sumo cuidado mediante el uso de un incuestionable dominio en cada terreno, como solían hacer los blockbusters.

Está, por una parte, la rivalidad e los dos personajes principales, que supone una clara referencia al cine del oeste, como también sucede con la escena de intercambio de miradas entre protagonista y antagonista intercaladas por el plano detalle de sus manos, una dispuesta a usar la pistola y la otra (dentro de un coche) preparada para hacer un brusco cambio de marcha que le permita huir precipitadamente. También están las rápidas deducciones detectivescas de Jack Reacher, presentadas con elegancia y siempre sugeridoras de una sutil disconformidad social que nos obliga a perdonar su carácter “peliculero”. Y lo mejor de todo es que el efectivo uso de los rasgos característicos de distintos géneros contribuye a dotar de interés y dinamismo cada una de las secuencias, eliminando así la necesidad de saturar la película con escenas de acción.

El buen uso de acción y disparos

Además de lo mencionado, las escenas de acción, presentes al fin y al cabo, reciben el mejor trato imaginable. En primer lugar y lo más importante, se entienden. Recordemos por ejemplo la pelea delante del pub. Sin duda se trata de un lucimiento de artes marciales, pero la coreografía está cuidadosamente planificada para evitar en todo momento el exhibicionismo gratuito y construir una secuencia contenida y con una cuidada continuidad que nos permita seguir la acción sin problemas.

Para poner otro ejemplo, pensemos en la persecución de coches de duración justa para ser disfrutada sin llegar a hacerse aburrida. Los puntos de vista adoptados son decididamente acertados, y a pesar de contar con derrapes y giros de volante bruscos, en ningún momento topamos con nada que nos saque de la acción. En este aspecto, Jack Reacher debe mucho a la “setentera” The French Connection (William Friedkin, 1971). Y para redondearlo, el desenlace de la secuencia, que llega a su punto culminante gracias a un acertado giro cómico, resulta exquisito. Nuevamente se trata de una situación dramática que comprendemos mediante un ágil y efectivo uso del lenguaje visual.

A modo de traca final llega la fantástica secuencia del tiroteo, tratada con seriedad y prescindiendo de los molestos disparos de puntería imposible propios de las películas de acción barata. Otra vez seguimos sin problemas los sucesos, a diferencia de los participes de la peripecia, cuyos disparos rara vez dan en el blanco y son usados para distraer al objetivo más que para cualquier otra cosa. Detalles como este son los que convierten a Jack Reacher en una película que si bien no logra abarcar a un público tan extenso como las piezas del auténtico cine comercial (sobreentiéndase también de calidad) sí consigue hacerse un hueco en el apartado del buen cine de entretenimiento.